Un policía inglés declara haber realizado innumerables violaciones a mujeres de todas las edades en Londres. Sin embargo, pese a los horribles crímenes, para sus superiores, su familia y la comunidad, siempre fue honesto y bueno. Incluso recibió los agradecimientos de su comunidad.
Así son los perversos. Saben disfrazarse a la perfección para que nunca aparezca su perfidia. Saben jugar a la perfección a ser héroes. De tal manera que se convierten son dignos del reconocimiento social.
Perverso es aquel que invierte los órdenes sociales y éticos. Aquel que hace el mal, en cualquiera de sus formas, y que, sin embargo, aprendió a disfrazarlo de bien. Entonces, ya disfrazado de justo y bueno, incluso logra que la comunidad de los otros lo felicite y hasta que lo tome como ejemplo del buen vivir.
El país se halla en un proceso electoral. Miles de candidatos de todo orden y origen sin excepción, se presentan como honorables, justos y sabios. Todos son buenos. Todos absolutamente dignos de ser alcaldes, prefectos, concejales y más. Todos merecen la confianza de todos.
Sin embargo, algunos, a lo mejor no pocos, son como aquel policía inglés. Algunos, quizás no pocos, tienen las manos sucias con cualquier podredumbre social y ética. A algunos se los ha encontrado con las manos en la masa. Algunos incluso han ido parar en las cárceles. Otros anduvieron con un grillete en la pierna para que no fuguen. Algunos hablaron de sus grilletes como de hermosas joyas otorgadas por la justicia a la que, previamente, ya calificaron de corrupta.
Así es nuestro hermoso país. Así es nuestra honorable justicia que posee la capacidad de convertir en santos a los criminales y en perversos a los honestos.
Perverso es aquel que invierte los órdenes sociales y éticos. Aquel que hace el mal, en cualquiera de sus formas, y que, sin embargo, aprendió a disfrazarlo de bien. Entonces, ya disfrazado de justo y bueno, incluso logra que la comunidad de los otros lo felicite y hasta que lo tome como ejemplo del buen vivir.
Así es nuestra política que ha perdido su capacidad de avergonzarse de si misma, de ruborizarse. Una sociedad y una justicia que ya no ven más allá de sus propios intereses y que, para lograrlos, son capaces de caminar serenos sobre el lodazal de las ignominias.
Entonces, lo que menos cuenta es el bien cuando de por medio están los intereses particulares. No se busca una alcaldía, por ejemplo, para hacer el bien en la ciudad, sino para menospreciarla mediante la corrupción.
No importa que, un día cualquiera, la justicia los encuentre “en rútilas monedas tazando el bien y e mal”. No importa que antes, hace poco, ya hayan jugado con la salud pública y hayan lucrado con el negocio de las vacunas contra al Covid en el momento más álgido de la pandemia.
¿Por qué y para qué escandalizarse? Cuando se trata del bien personal, todo está permitido y todo es absolutamente lícito. E incluso legítimo ¿Acaso lo mismo no lo hicieron ya antes ilustres y santos presidentes que se alzaron con el santo y la limosna al tiempo que públicamente predicaban el evangelio de la anticorrupción como la gran vía para la salvación de los problemas personales y sociales?
¿Acaso no hay jueces que dejan en liberad declarándolos justos y santos a quienes desempeñaron altas funciones del Estado? ¿Acaso no se ha dicho siempre que es propio de inteligentes el saber robar y no ser atrapados porque de antemano se ha arreglado todo el camino de la verdad y la justicia?
No. No fuimos así. El mal siempre ha estado junto al bien. Pero fue denunciado y castigado. El mal siempre se disfrazó de santidad, pero fue oportunamente desenmascarado, denunciado y castigado. Para ellos se creó el infierno.
Ahora no hay ni infierno ni cielo, ni culpa ni castigo. Tan solo una estúpida y necia tolerancia. También una infame complicidad de ciertos poderes sin la cual sería imposible este nuevo infierno social.

