“Estos, Favio, ay dolor, que ves ahora / campos de soledad, mustios collados / fueron un tiempo itálica famosa”.
Eso solo puede darse en países tercermundistas en los que la corrupción juega un papel decisivo porque la ética ya fue expulsada hace mucho, mucho tiempo, del cotidiano, convivir. Aconteció en el momento en el que la ética del bien fue perversamente sustituida por la ética del mal.
Desgraciadamente, no poseemos los indicadores cuantitativos y cualitativos que permitan entender mejor lo que nos acontece.
Sin embargo, se tiene casi la certeza de que entre nosotros existe una suerte de lid en los poderes cuyo objetivo no sería otro que la acumulación de estafas, engaños y mentiras. Finalmente, todos nos convertimos en víctimas sin posibilidad de salvación.
Nos ha invadido una suerte de liviandad moral. Igual es quien vende a justo precio como el que estafa, el que dice lo cierto como el que miente a doble carrillo. A todos ellos los creemos porque, para no herirlos, también son sujetos de derechos que, desde luego, no pueden ser conculcados.
De alguna manera, sus derechos son más importantes que los de los otros. Entonces jugamos un papel de víctimas inocentes y necesarias: somos parte de un juego que debe repetirse una y otra vez, indefinida y necesariamente.
De suyo, y desde hace mucho tiempo, parecería que nos pertenece vivir bajo la égida del engaño. Como si no existiese otra alternativa posible: engañar y ser engañado constante e indefinidamente. En la política se realizaría una suerte de necesaria transfiguración de la verdad para dar paso al engaño.
Nos ha invadido una suerte de liviandad moral. Igual es quien vende a justo precio como el que estafa, el que dice lo cierto como el que miente a doble carrillo. A todos ellos los creemos porque, para no herirlos, también son sujetos de derechos que, desde luego, no pueden ser conculcados.
En tiempo de elecciones, la mentira surge a borbotones en los cuatro costados heridos del país. Tiempo en el que la verdadera verdad, la del viene, es forzada a esconderse necesariamente para no ser definitivamente asesinada por quienes no cesan de ofrecer la salvación. Con ellos en el poder y por arte de magia, el mal desaparecerá de una vez por todas y para siempre. Con ellos en el poder, serán enterradas de una vez y para siempre, todas nuestras ignominias. Con ellos, seremos definitivamente y felizmente redimidos.
No hemos reparado en que, poco a poco, una parte de las antiguas víctimas se ha convertido en evangelistas de esta nueva redención. Se han convencido de que, de hoy en más, lo cierto formará parte de los sublimes anacronismos que sustentan nuestra cultura.
De esta manera, el engaño se convierte en parte fundante de las relaciones, del orden que fuesen. Desde luego, de manera muy particular en la política electorera, se han incrustado casi perversamente los engaños hasta convertirse, al fin, en su verdadera razón de ser.
En estos días, los políticos y los ya se auto calificaron de tales arman sus estrategias para lograr aquellos votos que los conduzcan al poder. Ofertan lo posible y lo imposible mientras caminan abrazando y besando a todos, incluidos los pobres y pordioseros.
Nadie como ellos y ellas para amar al prójimo como se aman a si mismos. Nadie como ellos y ellas en el orden de la honorabilidad y de la honradez. Es preciso escucharlos para dejarlas a tiempo fuera de nuestros deseos y expectativas.

