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¿Por qué se agotó el correísmo?

juan-cuvi

De las cien mil almas que aseguraban congregar en los aniversarios del correísmo de los primeros años, a las diez mil que lograron reunir en el parque de Los Samanes, hay una descomunal diferencia. Tanta como la que media entre el triunfo electoral de 2013 y la derrota de 2014. El agotamiento de la mal llamada revolución ciudadana tiene que ver con una lógica de desgaste que va más allá del simple ejercicio del poder o de la operatividad política.

Si los ensimismados dirigentes de Alianza País se dieran tiempo para reflexionar sobre la posmodernidad, tal vez lograrían entender mejor sus adversidades (deberían leer a Bauman y sus teorías sobre la modernidad líquida). La perpetuidad se convirtió, hoy por hoy, en una aspiración obsoleta, en una condición anacrónica de la vida social. Cualquier proyecto con pretensiones interminables se estrella contra la transitoriedad de la condición humana, a la que nos ha conducido el capitalismo. Más aún aquellos proyectos que tienen que ver con la organización de la vida social, como ocurre con los gobiernos.

Ni los programas de farándula, que poseen una versatilidad envidiable para adaptarse y acomodarse a los cambios, tienen las mismas posibilidades de prolongación que antaño.

El correísmo jugó con la compulsiva impaciencia de la gente. Y hace rato que no tiene nada nuevo que ofrecerle. Luego de arrastrar al pueblo a la vorágine consumista durante varios años, la reincidencia cansina tiene consecuencias catastróficas. Porque si en algo se fundamenta la cultura del consumo es en la renovación permanente e imperecedera de las pulsiones humanas. Nada dura ni permanece, ni siquiera las pasiones. Lo único que se mantiene es el deseo –o la obsesión– por conseguir algo distinto.

En este sentido, el correísmo empezó a morderse la cola desde hace dos años.

Con la decisión de no presentarse como candidato a las próximas elecciones Correa cometió, simultáneamente, un acierto y una equivocación. Atinó en prever su derrota en 2017; se extravió al suponer que puede volver triunfante algún día. Los tiempos ya no están para grandes ausentes ni para reencarnaciones mesiánicas. El último caudillo que bajó de los cielos fue Juan Domingo Perón, y ya sabemos en que terminó esa calenturienta aventura.

Correa ya está de salida, y sus infructuosos esfuerzos por dejar un legado sobresaliente en el campo de la política nacional anticipan un retiro melodramático. Hollywoodense. No el diluvio; simplemente, The End. A la espera de la segunda parte.

Su mayor problema es que, con la crisis que tiene por delante, el epílogo del largometraje podría ser una calamidad. Sin final feliz se sacrifica la expectativa de regreso apoteósico, tal como lo sueña el caudillo y su argolla más íntima. Al contrario, abandonar el barco antes del naufragio puede ser la opción que ronda la angustiada cabeza de sus estrategas políticos. Más vale vivir de la nostalgia que padecer infinitamente el fracaso.

 

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