Nadie necesita un festival de cine. Se puede vivir perfectamente sin él, como se puede vivir sin teatro, sin orquesta sinfónica o sin ese vecino que insiste en contarle a todo el mundo su versión de los hechos. Y, sin embargo, el Festival Encuentros del Otro Cine, después de 25 años se ha vuelto uno de esos hábitos colectivos que damos por sentados sin preguntarnos bien qué es ni por qué insiste en existir cada septiembre.
Comencemos por el principio: en 2002, un grupo de jóvenes que habían formado la Corporación Cinememoria no solo se propuso organizar una fiesta, sino algo más incómodo: incentivar a filmarnos a nosotros mismos. Conservar el archivo de lo que somos —o de lo que fuimos, que no siempre es lo mismo— y devolverlo en forma de cine, de historia, de ensayo, de punto de vista. En un país donde la memoria audiovisual se pierde con más facilidad de la que se admite (cintas que se degradan en un clóset, negativos que nadie cataloga, testimonios que mueren con quien los cuenta), nosotros queríamos insistir en que valía la pena filmar la realidad y no solo inventarla.
Ahí está la primera confusión que el EDOC vino a aclarar: un documental no es una tarea escolar con voz en off aburrida, ni un reportaje de televisión estirado a 90 minutos. Es cine. Tiene autor, tiene punto de vista, tiene forma. La diferencia con la ficción no es que uno invente y el otro no pues todo cine, incluido el documental, selecciona, encuadra, edita, decide qué mostrar y qué callar, es decir, inventa. La diferencia es que el documental trabaja con lo que existió, con personas reales, con archivos que son materiales de la realidad y muchas veces con documentos que existían antes de que la cámara llegara.
¿Y de qué sirve verlo en pantalla grande, rodeado de desconocidos, en vez del celular a las once de la noche? Porque lo que un festival propone es la oportunidad de tener una conversación pública y, en el caso del EDOC, la oportunidad de que un país se mire a sí mismo, colectivamente, en la misma sala, y después discuta sobre lo que vio. Esa ha sido la esencia del EDOC y cada vez lo es con más fuerza: sostener el cine nacional.
En estos 24 años, más de 344 películas ecuatorianas se han estrenado en el EDOC. Pienso que muchas de esas películas probablemente no se hubieran hecho si no nos hubiéramos inventado este lugar donde mirarlas. Son 344 intentos de contarnos algo que de otro modo nadie más iba a contar. Este año se suman 8 largometrajes y 20 cortometrajes más a esa lista, que ya empieza a parecerse a un mapa bastante completo de las obsesiones, las heridas y los hallazgos del cine ecuatoriano reciente.
Cumplir 25 años es una constatación de buena salud: significa que hubo edición tras edición, un público que volvió, cineastas que confiaron en mostrar ahí su trabajo, y un equipo que sostuvo la estructura de un trabajo nada glamoroso, hecho de logística, gestión de financiamiento nacional e internacional y muchas noches sin dormir, durante un cuarto de siglo. Cumplir 25 años también es, inevitablemente, una promesa: significa que ya se está pensando en la edición 26, y en la 30. Hoy miramos hacia atrás, pero eso es pasajero, lo importante es mirar hacia adelante.
Esta edición conmemorativa de veinticinco años se realiza del 23 de septiembre al 4 de octubre en Quito y del 27 de septiembre al 8 de octubre en Guayaquil. Le precedió una muestra retrospectiva que denominamos Antología EDOC y que organizamos en alianza con la Cinemateca Nacional y el MZ14 de la UArtes. Esta antología, en la que presentamos entre mayo y septiembre 24 películas ecuatorianas, una por cada edición pasada del festival, ha sido, literalmente, como mirarnos en el espejo del tiempo.
La edición de este año contará con la visita del cineasta francés Déni Oumar Pitsaev y el director rumano radicado en Austria Pavel Cuzuioc, quienes nos traen dos hermosas propuestas: “Imago” y “Luz verde”, lo cual recuerda algo que conviene no olvidar: el EDOC nunca fue solo una vitrina de lo local, sino también una ventana hacia cómo el resto del mundo está filmando su propia realidad. Así que la próxima vez que alguien le pregunte para qué sirve un festival de cine documental, la respuesta corta es esta: sirve para que un país tenga memoria de sí mismo en imágenes, y no solo en discursos. Sirve para que 344 historias —y contando— no se queden guardadas en un disco duro. Y sirve, también, para recordarnos que alguien, contra bastante viento en contra, decidió que todo eso valía la pena.

