Hay cierta aprensión entre los sectores democráticos del país por la posible capitalización por parte del correísmo obtuso de los votos por el NO en la consulta popular. Supuestamente, esa sería la manifestación de un voto duro a favor del caudillo, útil para futuras contiendas políticas o electorales.
No obstante, este recelo parece infundado a la luz de algunas consideraciones. En primer lugar, la ambigüedad del voto negativo. Diseccionar el paquete de preguntas entre buenas y malas solo genera confusión y suspicacia en los electores. Al final, los abanderados por el NO tendrán que cargar con la vergüenza de haber avalado la corrupción, los delitos sexuales o la depredación de la naturaleza. Frente a un pueblo que no repara en sutilezas respecto de los contenidos de las preguntas, será fácil endosarles el rechazo integral de las siete preguntas.
En segundo lugar, la paternidad sobre el NO es más compleja y adversa de lo que se supone. No solo porque es la opción perdedora, sino porque no implica una posición afirmativa. No es una adhesión mecánica al correísmo obtuso. En ese conjunto de votantes también constan los indiferentes, los decepcionados con el actual gobierno, los desconfiados, los apolíticos…
Ya vimos situaciones similares en el pasado. Por ejemplo, los sectores de la derecha que se opusieron a la Constitución de 2008 nunca lograron transformar ese aparente alineamiento del electorado en votos partidarios. El 20% de rechazo a la Carta Magna no impidió ni contribuyó para que Jaime Nebot siguiera reinando en Guayaquil. Pero tampoco le proporcionó ninguna proyección presidencial.
Y es que las lógicas del caudillismo populista han variado con la posmodernidad. En general, las fidelidades se han relativizado por efecto del consumismo, sobre todo en los jóvenes. La liquidez de la que habla Z. Bauman también sacude a los liderazgos políticos, peor aún si, como en el caso de Correa, este liderazgo se construyó a partir del marketing más que de las cualidades del personaje. A Correa le va a suceder lo mismo que a Lucio. Su influencia decrecerá al ritmo que cambian los patrones de consumo político de las masas.
En tercer lugar está la inercia del poder político. El imaginario del pueblo se estructura sobre el pragmatismo de la oferta estatal. Sobre todo, luego de diez años de clientelismo ramplón y desbocado. La gente sabe que quien cortará el queso durante los próximos años es Lenín Moreno, y él no ha hecho nada para desmerecer las expectativas populares. No todavía.
En cuarto lugar, el NO exhala un tufo a corrupción inextirpable. Hacerse cargo de esa votación puede quedar asociado con una defensa de la impunidad y con un encubrimiento de los delitos de cuello blanco. La retahíla de escándalos de corrupción que afloran a diario tiene escandalizado el país entero. Los correístas obtusos corren el riesgo de quedar etiquetados como corruptos per saecula saeculorum.

