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Marihuana: entre el bien y el mal

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En los acontecimientos sociales y políticos de estos días, las drogas y en especial la marihuana, ocupan un lugar muy especial. Más aún, se las ha convertido en la causa de gran parte de los crímenes que a diario se cometen en el país y de muchos otros males de la cotidianidad de las nuevas generaciones. Ello justifica la guerra declarada hace rato para eliminarla definitivamente, no solo en nuestro país, sino en el mundo entero. Una guerra sin cuartel y éticamente justificada puesto que se trata de salvar a la humanidad.

A las drogas, en general, y a la marihuana, en particular, se las acusa de ser las culpables de buena parte de los males que viven las nuevas generaciones aquí, entre nosotros, y allá, en otros países, en todo el mundo. ¿Sin este mal, viviríamos más y mejor y seríamos felices? Desde luego que no.

Las aproximaciones a la marihuana en la contemporaneidad se sostienen en el presupuesto de que, sobre ella, ya se ha dicho todo y de que nada la sacará de ese infierno al que ha sido condenada. Y de que sobre ella pesan ancestrales acusaciones y condenas por mala y perniciosa.

Hay preguntas que nadie responde. ¿Por qué a nuestro país se lo ha convertido en la gran bodega desde la cual se distribuye la droga a otros países, especialmente a los europeos? ¿Qué ventajas se ofrecieron a los grandes traficantes? ¿Cómo es que se almacenan cientos de toneladas como si se tratase de arroz o azúcar?

Y todo a vista, paciencia y complicidad de ciertas autoridades, el país ha sido transformado en el gran almacenador de ingentes cantidades de marihuana y otras sustancias destinadas a los países europeos. ¿Cómo sucedió, qué condiciones ofreció el país que los grandes traficantes se apoderasen sin temor alguno?

Hay preguntas que nadie responde. ¿Por qué a nuestro país se lo ha convertido en la gran bodega desde la cual se distribuye la droga a otros países, especialmente a los europeos? ¿Qué ventajas se ofrecieron a los grandes traficantes? ¿Cómo es que se almacenan cientos de toneladas como si se tratase de arroz o azúcar?

De hecho, los discursos sobre la mariguana fueron amalgamados con una férrea moral y un cientificismo deleznable. Al respecto, el país se volvió claramente equivoco. En la década del correísmo, esta equivocidad se hizo absolutamente evidente. Es posible que igual acontezca en toda la política anti drogas, y no solo de nuestro país, sino de todo Occidente.

De esos miles de toneladas, algo queda para el tráfico interno. Pero casi la totalidad se va fuera, a otros lugares en los que existen millones de usadores de marihuana.

Con frecuencia, lo que se hace para controlar su uso, entre nosotros se asemeja a la pelea de Don Quijote con los molinos de viento.

Primero por el fracaso rotundo de esta guerra, a las drogas propuesta e iniciada hace muchos años. Una guerra que careció de principios e ideas. Las guerras, en última instancia, no son más que expresiones del poder. Pero las nuevas generaciones son alérgicas a los poderes omnímodos y a la disminución de sus libertades. 

Por otra parte, es absurdo que lleguen por mar, tierra y aire miles de toneladas de drogas y que nadie vea ni sepa nada. de nada. Parecería que cualquier voz de alarma estría destinada al fracaso porque el sistema droga es mucho más complejo y fuerte de lo que los poderes se imaginan y creen. 

Los poderes no pueden hacerse los sordos y mudos. Saben bien que existe un sistema corrupto y poderoso que facilita estos procesos. De vez en cuando se captura un cargamento que sirve para que las autoridades crean que son eficientes.

Porque es incomprensible que en nuestro territorio se almacenen cientos de toneladas de marihuana. ¿Quiénes son los ciegos, sordos y mudos que permitieron la llegada a nuestros puertos de las incontables toneladas de marihuana?

Finalmente, seguiremos rasgándonos las vestiduras ante los usos de nuestros estudiantes a los que tampoco informamos oportuna y adecuadamente sobre las drogas, no una vez sino constantemente, a lo largo del período escolar.

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