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Mano tendida

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Escenario: Plaza Grande, bajo un sol tibio a las cuatro de la tarde.

Conflicto: ¿Cómo, sin parecer arrogante o maleducado, evitar dar la mano a un hombre que acaba de orinar contra un árbol de los jardines de la Plaza, y que, obviamente, no se ha lavado las manos?

Sentados en una banca frente al Palacio de Gobierno observamos pasar a la gente. El hombre del árbol, satisfechas sus urgencias, reemprende su camino y, tambaleándose un poco, pasa frente a nosotros. Aunque se encuentra medio borracho todavía, nos somete a una rápida evaluación —física y psicológica al mismo tiempo— y, seguro de que pertenecemos al tipo de culposos sociales que abunda en la clase media de todos los países, se detiene.

Ocurre lo previsible: mirándonos desde arriba, nos pide veinticinco centavos. Yo, que he dejado mis últimas monedas en el sombrero de un cantante de rancheras: el mejor de los espontáneos que han pasado por la Plaza, me veo obligado a decirle que no tengo. No satisfecho con la respuesta, “mírame a los ojos, me dice, y hazme una pregunta. No soy un ignorante. Soy un mago. Pregúntame lo que quieras”. Mientras habla, un delgado hilo de saliva se desliza por su barbilla sin afeitar.

Como no le hago ninguna pregunta e insisto en que no tengo dinero, él rebaja su demanda a diez centavos y en vista de que hago girar la mano derecha hacia dentro y hacia afuera en señal de que sigo sin tener nada, desiste de su empeño. Resignado, el mago inicia los movimientos de retirada y me tiende la mano para que sellemos con un apretón amistoso nuestra despedida. Yo vacilo un segundo, pero inmediatamente me recupero y, para no dejarle con la mano tendida, pues soy un “clase media” culposo que teme herir la susceptibilidad de cualquiera que me recuerde que frente a él soy un privilegiado del sistema, choco mi puño con su palma abierta.

El mago sonríe y se marcha llevándose todas las respuestas a todas las preguntas posibles. Nosotros nos quedamos un rato más haciendo tiempo y viendo a una niña caminar protegiéndose del sol con una sombrilla celeste demasiado grande para ella. En la nueva panadería que han abierto en el barrio nos dijeron que más o menos a las cuatro y media de la tarde debería de llegar el pan que ya dejamos pagado. Cuando nos dirigimos a la panadería a retirarlo, “yo llevo la funda”, me advierte mi mujer, siempre preocupada por las cuestiones higiénicas.

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