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Los narcos al poder

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Cada vez más el debate presidencial se parece a esos rituales inútiles o vergonzosos que la propia sociedad termina desechando. Como la prisión por deudas, o como la costumbre de tirar globos de agua a los transeúntes en carnaval. Ya ni siquiera se cumple con las expectativas mediáticas de un espectáculo electoral.

El último debate entre Daniel Noboa y Luisa González no escapa a esta condición. Poco queda añadir a lo que ya se ha dicho sobe la insufrible vaciedad de propuestas y reflexiones que marcó la jornada. En resumen, ambos contendores se empecinaron en reforzar el fanatismo de sus adherentes incondicionales, dejando al resto de votantes para las siguientes tres semanas de campaña. Perdió el país.

El libreto fue el mismo de lado y lado: inducir al otro —o a la otra— a cometer el mayor número de tropiezos posible. Desconcertarle, incomodarle, enfurecerle, sacarle de casillas. El absurdo de esta estrategia es que el votante fanatizado solo mira con un ojo: nada le hará cambiar de opinión. Ni siquiera las más descarnadas evidencias. Porque en la era de la posverdad en que vivimos, basta un tuit para alterar los hechos.

Sin embargo, hay un elemento del debate que, al parecer, no fue debidamente ponderado por los estrategas de campaña de ambos candidatos: las mutuas acusaciones de estar vinculados con el narcotráfico. Tanto Noboa como González fueron enfáticos en precisar relaciones o actividades que, supuestamente, demostrarían estos vínculos criminales. Sí, criminales, porque no hay otra palabra para definirlos.

¿Cuánto de verdad hay en estas acusaciones? Si partimos del hecho de que Daniel Noboa es el actual presidente de la república (es decir, ocupa el cargo más importante del país) y Luisa González aspira a lo mismo, tendríamos que aceptar ambas versiones. Porque, en principio, se supone que dos personas que pretenden ocupar la primera magistratura del Estado durante los próximos cuatro años tienen suficiente solvencia, seriedad y responsabilidad como para fundamentar sus declaraciones. A los presidentes de la república, y a los aspirantes a serlo, se les cree mientras no se demuestre lo contrario. En caso contrario estaríamos frente a un estafador, un timador, un demagogo contumaz, un impostor…

Lo que Noboa y González se dijeron en el debate no corresponde al ámbito de las redes sociales, ese universo donde todo puede ser distorsionado o manipulado. Los ecuatorianos lo vimos y lo escuchamos en vivo y en directo, sin filtros.

¿Hasta dónde hay que creer en las acusaciones vertidas? Pues hasta donde cada elector o electora, conscientemente, valore la palabra del candidato de su preferencia. Pero también es válida la opción de creerles a ambos, y concluir que el próximo 13 de abril elegiremos a un narcopresidente o narcopresidenta. Toca prepararse para lo peor.

Marzo 26, 2025

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