Abriremos un paréntesis para exponer una de las principales realidades planteadas por la humanidad: todo lo hermoso se debe a la capacidad de movernos, pero no desde el movimiento sino desde la consciencia de este, desde su contrario: lo inánime o, si se prefiere, lo muerto, lo que nos da la impresión de que está a punto de resucitar. Pero quizá más allá: lo que merece renacer. En este marco de la inactividad es que surge la forja acertada de la palabra, la frase y la idea. Es un movimiento lento de los labios, la sensualidad del trazo, el ocultar una emoción reprimida cuando lo único que se quiere es exhibirla. No mover un músculo parecería la reacción esencial de lo que nos asusta. Y de ahí, del asombro, pasamos a lo que no se mueve que inspira una suerte de emulación: en la antigüedad, los hombres querían ser estatuas: ese era el futuro anhelado; un remanente de ello son hoy en día los maniquíes.
Cuando un alimento trasciende su misión, que es la de nutrir y satisfacer al cuerpo, adopta otros apelativos mucho más sugerentes: manjar, golosina, ambrosía. La palabra posee el poder transformador que todo demanda. «Te invito un manjar» no es lo mismo que «te invito a comer». Cuando una cosa, sea cual fuere, rebasa su razón de ser, es que empieza a tener un nombre que le da un gusto que se siente o en el paladar o en el olfato o en el destino.
Poderse mover y no hacerlo es la causa antinatural por la cual inventamos las artes y la literatura. Las comunidades se establecen en un sitio. Lo natural es huir o cazar. Lo antinatural es idear una trampa y un refugio inencontrable. En su bellísimo ensayo, El infinito en un junco, Irene Vallejo explica que el neandertal ya sabía que el mundo es demasiado amplio para pretender conocerlo en su integridad. Por ello recurrió a un truco absurdo, el uso de su imaginación. ¿No resulta llamativa la entrañable relación entre imaginación, por lo tanto imagen, e imán? Merced al atributo que es el imaginar, las personas aprendemos a atraer.
El primer autor de una fábula la contó para sosegar a su niño de un llanto irreprimible. Curar bien puede ser una de las causas primordiales del surgimiento del arte. Distraer del dolor. El principio fundamental de la sanación estatuye que un médico debe ser un artista con un elevado don de la palabra que exponga la enfermedad o sus causas con tal tacto que los enfermos, pacientes o incluso deudos, le agradezcan lo que en buen cristiano sería una pésima noticia. El sanador debía aplicarse a la combinación de hierbas, al empleo propicio del tiempo. Y deben saber (esto no está en ningún manual de buenas prácticas) que cuando alguien está ante las puertas del más allá, la más depurada forma de compasión es inventarse una historia. Nos aplacamos al instante y tratamos de perennizarlo en el desahuciado. Quizá sea el momento de una impaciencia completa en la que se nos obliga a brindar paciencia por el que sacamos de honduras ignotas nuestras mayores habilidades narrativas. Mentirle al oído a alguien que su vida fue perfecta o que lo que le espera es majestuoso e infinito, es un guiño a su ángel particular para que medie entre él y el Hacedor. Siento que la belleza radica en ese momento de creación, que además tiene estrechez con el dolor.
Mirar un mendrugo de pan antes de comerlo, sentir o aun calcular su peso, que en poco se integrará al propio; prepararse para la sorpresa de su sabor, el faenamiento, para la sensación canina en la dentadura al morder; amenazarlo con los ojos, pero con una mirada firme y piadosa; casi olerlo (lo decía Joseph Roth: «Huele bien quien dibuja en la mente la corporalidad de lo olisqueado»); adivinar cuántas personas no lo comieron, las manos que lo amasaron del panadero que, en gesto artístico, nunca probaría un solo pan hecho por él mismo, como ese tal Vincent que, luego de colorear un lienzo, lo cubría con una tela, ausentándose de la contemplación de lo creado; dejarse abarcar por la sensación clínica de cercenarlo a cuchilladas bajo la certeza de que se lo trozará con los dedos sucios, dedos de una mano adormecida de tanto contemplar el pan, una mano ya insensible, en un ejercicio casi pugilístico de quien ata con tanta ferocidad los cordones de los guantes de box hasta que esas manos no sientan el dolor ajeno. Ese pedazo de pan que no se comerá porque la desgana será determinante. ¡Tanto anhelarlo hasta aprender a repudiarlo! El rechazo hará de esa mezcla precisa de agua, harina y sal, un simple desperdicio, basura, y quien desprecia el pan es un infame. Infame por la carencia de movimiento, sabremos en definitiva que el arte de no comer pan es lo mismo que el arte de tener libros al alcance y no leerlos. Terminamos odiando lo no leído, pero siempre echaremos de menos sus palabras, sus frases, sus ideas, lo que no dice ese libro tan soñado. Como dijera Edmund de Waal, quien transforma «la mirada en posesión y la posesión en conocimiento» aprende a viajar de verdad y quien viaja se vuelve coleccionista por inercia. Es llevado por su fuero interno a reunir y cuidar con celo desde recuerdos hasta el énfasis de las palabras en una conquista sin precedentes. Quien viaja, conquista.
En mi primera biblioteca había un libro. Era astuto. Quiero decir que su mirada era pícara. Me sentía auscultado por su lomo, que para mí era el hombro, por encima del cual se reviraba a echarme una miradita astuta, como quien no quiere la cosa. Era la Comedia, en una edición bilingüe latín español. Lo leía en latín y fingía entenderlo, a tal punto que de verdad algo me quedaba de esa lectura que fue, en gran medida, en voz alta. Me quedaba la verdad de un idioma fuerte y muchas historias que yo creía entender. Fue de lo primero que leí. Lo leí seguro de que hallaría el Nombre de Dios entre sus renglones, en lo que no entendía. Mientras avanzaba ya en español, me sorprendía que el libro fuera tan distinto a lo que había supuesto con anterioridad. A lo largo de los años, he descubierto que eso les pasa a muchas personas. El criterio previo de Cien años de soledad es diferente a la esencia de la obra. Pasa igual cuando no se lee a Chéjov, o a Calvino, o a Munro, o a Pérez Galdós. Mi caso es anecdótico porque al ejemplar que tenía en casa le faltaba la mitad de la tercera parte. Por la inocencia de esos años, que trato de recrear hoy en día, estaba convencido que la obra era inacabada, como debe ser el Paraíso, que si es nunca tendrá fin, siempre estará en proceso de reconstrucción, de corrección, de alegre trabajo en proceso.
Nada importa más que el hombre, no por megalomanía, porque a la naturaleza es lo que más le importa. No coincido con aquella tesis de que la naturaleza nos trata de expulsar con sus manifestaciones. Lo que intenta es espabilarnos. El libro es algo natural, su contenido lo corrompe. Su contenido es la vida. El libro es apenas el mundo. El libro clama por su portador, urge de quien crea en él, como los fantasmas.
Y es entonces cuando el movimiento toma el gran protagonismo que siempre tendrá. Ante la inmovilidad que demanda el acto de la lectura, nadie podrá compararse a aquel que lee mientras vagabundea, en un ejercicio de viaje hacia cualquier sitio, usando “por sombrero su propia sombra”, como le gustaba a Alvaro Cunqueiro. Una persona que camina y lee es la versión actual de quien camina y piensa, y es que pensar y leer da lo mismo.
Bajo esas consignas, el movimiento infinito se lleva a cabo a partir del reposo, del ocio, de tener al mundo entre las manos. Como cuando se carga al hijo amado. Como cuando, por ventura del destino, usamos la mayor de las artimañas (arte magna, para unos; arte engañosa, para otros), olvidamos poner un punto y final

