Florecimiento, espiritualidad, comunidad, derechos, territorio, cultura, identidad y sostenibilidad de la vida son conceptos e ideales expuestos en un dialogo intercontinental sobre Modelos de vida alternativos y enfoques de bienestar en el mundo, organizado por el Gobierno de Canarias en este septiembre del 2026.
Vienen de pueblos ancestrales que han configurado filosofías, cosmovisiones y modos de vida como el Tri Hita Karana, en Indonesia, el Sumak Kawsay andino, el Ubuntu afrocaribeño; pero también de construcciones elaboradas por la confluencia de ancestralidad y actualidad como el Buen Vivir constitucional en Ecuador, el Everyone can flourish de Finlandia o el Bienestar sostenible como forma de hacer vida y política desde la academia venezolana. Aunque estas experiencias tienen historias, contextos y significados diferentes, comparten una preocupación fundamental: cómo construir formas de vida en las que el bien-estar humano no esté separado de la comunidad, el territorio y la naturaleza.
Estas cosmovisiones cuestionan una concepción del bienestar basada exclusivamente en el crecimiento económico, el consumo y la acumulación material. Plantean, en cambio, la necesidad de recuperar dimensiones sociales, culturales, territoriales y ecológicas que han sido desplazadas por una visión predominantemente economicista bajo la centralidad del desarrollo convencional. Desde esta perspectiva, los buenos vivires adquieren una dimensión contemporánea: son una invitación a preguntarnos qué tipo de sociedad queremos construir y qué entendemos realmente por bienestar.
La concurrencia de sentidos existenciales en la diversidad de buenos vivires significa que estos siguen latentes en nuestra conciencia, como gen en el ADN humano que se moviliza y grita por su continuidad y re-existencia dentro de las redes de vida planetarias. Significa que la historia en su lado vital, de evolución progresiva hacia la realización humana tiene un hilo conductor, fragilizado a momentos por su lado obscuro con sus antivalores que organizan la convivencia alrededor de la codicia, la depredación y la guerra contra la vida.
Se evidencia en este resurgir una naciente cruzada por imaginar otros mundos posibles en este pluriverso de voces y culturas donde los pueblos originarios de los cinco continentes establecen sus mandatos: la comunidad es el tejido donde las personas-individuos son; la naturaleza es la madre que nos abraza, somos uno con ella; el territorio es la matriz de la reproducción social y cultural, sin territorio sólo existe vaciedad; la espiritualidad es el nexo que unifica lo sagrado, la familia, la comunidad, los ancestros y todo lo viviente y natural.
Esta necesidad de reconstruirse se sustenta en que sólo cuando un pueblo reencuentra sus raíces milenarias, recupera la capacidad de imaginar y construir su propio futuro, sin imposiciones sobre su modo de vida. No significa volver al pasado; significa recuperar saberes y sentidos para construir, desde la identidad y la historia, otros futuros posibles con eje en la continuidad de las redes de vida.
La guerra contra la vida
La discusión adquiere especial relevancia en un contexto marcado por una profunda crisis ambiental, social y política. La humanidad enfrenta una policrisis en la que convergen problemas ecológicos, desigualdades sociales, conflictos territoriales, guerras y modelos de producción y consumo que ejercen una presión creciente sobre los sistemas naturales que sostienen la vida. Las investigaciones científicas sobre los límites planetarios[2] muestran que varias de las condiciones que permiten la estabilidad de la biosfera han sido sometidas a presiones que comprometen su capacidad de regeneración.
Esta crisis se ha desarrollado bajo la nociva combinación de lo ambiental con lo económico y lo político. Las exigencias del crecimiento económico obligan a una mayor extracción de recursos de la naturaleza, los incrementos de la producción y productividad se encadenan con la expansión de mercados y mayor consumo todo lo cual deviene en pérdida de biodiversidad, degradación de ecosistemas, contaminación de agua y aire, proliferación de desechos y en última instancia en la creciente disminución de la capacidad de la naturaleza para regenerarse.
Políticamente el drama es que los poderes globales que podrían incidir en redireccionar los patrones de producción y consumo insostenibles en la escala mundial tienen preocupaciones contrarias a la sustentabilidad; ellos pugnan por controlar países y territorios donde aún quedan riquezas minerales y petrolíferas para acrecentar su propio desarrollo como potencias, para ellos es colateral sacrificar territorios con sus pueblos y su naturaleza.
Ecuador: los derechos de la naturaleza como eje del Buen Vivir
En este debate, Ecuador ocupa un lugar particular. El proceso constituyente del 2008 incorporó en la Constitución del Buen Vivir un reconocimiento inédito los derechos de la naturaleza como clave exponencial para el desarrollo de transiciones al plantear en el art. 71: “La naturaleza o Pachamama, donde se reproduce y realiza la vida, tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos”.
La importancia de este enunciado radica no solamente en su formulación jurídica sino en su concepción ecosocial al plantearnos la posibilidad de construir una relación diferente entre territorio, sociedad y naturaleza, en la que la protección de los ecosistemas no dependa exclusivamente de su utilidad económica para los seres humanos.
En la práctica, los derechos de la naturaleza constituyen un instrumento eficaz, legítimo y legal para enfrentar y resistir la arremetida minera que los gobiernos de turno conceden a las gigantes transnacionales para la expansión del extractivismo. Aquí los pueblos amazónicos, comunidades rurales e indígenas de la sierra y hasta ciudades enteras han logrado detener proyectos de esta índole en largos procesos de movilización y litigación jurídica.
Una experiencia que trasciende las fronteras
El reconocimiento de los derechos de la naturaleza se ha derramado más allá de la experiencia ecuatoriana hacia diferentes países que han incorporado, con alcances y mecanismos distintos, principios relacionados con estos derechos.
En algunos casos, el reconocimiento se ha producido mediante normas constitucionales o leyes; en otros, mediante decisiones judiciales que han otorgado protección especial a determinados ecosistemas.
Entre las experiencias más conocidas se encuentran los derechos de la Madre Tierra en Bolivia, el reconocimiento jurídico del río Whanganui en Nueva Zelanda y del Ganges en la India, la protección del río Atrato y Amazonía en Colombia y el reconocimiento de derechos del Mar Menor en España; en Alemania en el 2022, la ONG Red Alemana por los Derechos de la Naturaleza elaboró una propuesta de enmienda de la Constitución para reconocer los Derechos de la Naturaleza; la ciudad de Pittsburg (EU) aprobó la ordenanza que proclama los derechos de la naturaleza; foros internacionales y propuestas de legislación se han desarrollado en más de una veintena de países en varios continentes.
Estos procesos son diferentes entre sí y no constituyen un modelo único. Sin embargo, muestran una transformación significativa: la posibilidad de reconocer jurídicamente que determinados ecosistemas poseen un valor y unos derechos que no dependen exclusivamente de los beneficios que proporcionan a los seres humanos.
En este sentido, los derechos de la naturaleza pueden ser entendidos como una de las expresiones jurídicas de una transformación más profunda, el cuestionamiento de la separación absoluta entre sociedad y naturaleza.
¿Una transición hacia otros futuros posibles?
El desafío actual consiste en determinar si estas experiencias pueden contribuir en la construcción de transiciones hacia sociedades capaces de sostener el equilibrio de las condiciones que sostienen la vida.
Los buenos vivires no ofrecen una receta universal. Tampoco constituyen una fórmula acabada para resolver la complejidad del mundo contemporáneo. Su principal aporte puede encontrarse en otro lugar: nos obligan a preguntar que si aceptamos que la sostenibilidad explica las condiciones de perdurabilidad de un territorio o ecosistema en cualquier escala para mantener y reproducir la vida en todas sus formas, la pregunta clave es ¿qué es lo que deberíamos hacer a nivel local, nacional y global para alcanzarla.?
Vivir bien no significa disponer de más bienes materiales. Implica contar con comunidades capaces de sostenerse, territorios donde sea posible reproducir la vida, culturas que puedan mantener y recrear sus identidades, relaciones de reciprocidad con la naturaleza y condiciones que permitan a las generaciones presentes y futuras desarrollar sus proyectos de vida.
Quizá uno de los mayores aportes de estas experiencias sea recordarnos algo que la modernidad y el desarrollo económico olvidan: la economía existe dentro de la sociedad y la sociedad existe dentro de la naturaleza. No podemos sostener indefinidamente formas de producción y consumo que deterioren las mismas condiciones que hacen posible nuestra existencia.
Por ello, recuperar las raíces no significa mirar hacia atrás. Significa reconocer que la humanidad posee una diversidad de conocimientos, experiencias y formas de relacionarse dentro de entornos naturales que pueden contribuir a imaginar otros futuros.
La iniciativa del Gobierno de Canarias al abrir un espacio para compartir estas experiencias constituye, en este sentido, una oportunidad para preguntarnos nuevamente dónde estamos, hacia dónde queremos avanzar y qué debemos transformar para garantizar la continuidad de las redes de vida de las que formamos parte.
Los buenos vivires expresan, desde distintas culturas y territorios, una misma preocupación de fondo: que el futuro no sea simplemente la prolongación del presente, sino la posibilidad de construir sociedades donde la vida pueda florecer.
El desafío está en convertir esa diversidad de saberes en diálogo, aprendizaje y acción colectiva.
[1] Reflexiones post evento sobre “Modelos de vida alternativos y enfoques de bienestar en el mundo” en el foro virtual organizado por el Gobierno de Canarias el 29 de septiembre del 2026. Participaron como expositores: Micke Larsson (Finlandia), Claudia Morales (Indochina), Patricio Carpio B. (Ecuador) Jhoner Perdomo (Venezuela) y del equipo organizador, Adriana Regidor y Sylvia Beltran como moderadora y traductora respectivamente.
[2] El concepto de “límites planetarios” fue propuesto desde el Stockholm Resilience Centre en el 2009 bajo el liderazgo de Johan Rockström; la afirmación de que de los nueve limites o umbrales han sido superados siete, corresponde a varios centros de investigación científicos y ratificados en septiembre del 2026 por el Planetary Health Check 2026.

