Hay versiones que, si no fueran tan ruines y peligrosas, provocarían risa. O, al menos, vergüenza. Por ejemplo, aquella que quiere posicionar la idea de que el asesinato de Fernando Villavicencio corresponde al ámbito de la delincuencia común. Como si lo hubieran asesinado por robarle la billetera.
Ya sea por ignorancia o por mala fe, hay personas que siguen tergiversando el sentido de la política. Confunden estructuras con funciones. Omiten reconocer que la política concierne fundamentalmente al espacio de lo público y no a quienes de manera formal desempeñan algún rol: funcionarios, autoridades, candidatos, asambleístas, alcaldes, dirigentes de partidos, etcétera.
La política está relacionada con todas aquellas acciones o decisiones que repercuten positiva o negativamente en los asuntos públicos; es decir, en ese espacio de la convivencia social que nos pertenece a todos los ciudadanos. Quienes intervengan no requieren de ningún membrete ni certificado.
Tomemos un caso reciente. La empresa Odebrecht no es un partido político, ni tiene personería jurídica ecuatoriana. Sin embargo, todas las irregularidades que cometió o fomentó para asegurarse sus negocios han tenido un impacto político absoluto en la vida nacional. Las coimas que repartió sirvieron para que el Estado destinara fondos del erario para determinadas obras y no para otras. En otras palabras, para beneficiar a ciertos intereses particulares en desmedro de otros intereses colectivos.
Además, sus actos de corrupción derivaron en el enjuiciamiento penal y en la prisión de varios altos funcionarios del Estado, incluyendo un expresidente, un exvicepresidente, un excontralor y varios exministros. Los sobreprecios que encubrieron sus proyectos representan dineros que pudieron servir para construir escuelas, viviendas populares o centro de salud, pero que al final terminaron en bolsillos privados.
Que a Fernando Villavicencio lo haya mandado a matar la mafia del narcotráfico no hace mayor diferencia con el ejemplo anterior. Quien siga pensando que los carteles de la droga o las bandas criminales son parte de la delincuencia común peca de ingenuo o de perverso. Desde hace mucho tiempo se convirtieron en actores políticos, por la simple y sencilla razón de que están arrinconando y desplazando al Estado.
No solo eso: ya se están apropiando del espacio público, ese recurso privilegiado para que la sociedad ponga en práctica sus derechos democráticos, para que cultive la esencia de la política. Que en muchas zonas y barrios del país la gente no pueda salir por las noches a la calle, al parque o a la cancha de fútbol por temor a la inseguridad significa que el crimen organizado está imponiendo las normas de convivencia por encima de la voluntad ciudadana. Y el Estado no hace nada al respecto.
No es difícil suponer cuál fue el motivo detrás del asesinato de Fernando Villavicencio. Ahora toca ubicar a los autores intelectuales y proceder a aplicarles la justicia. Que ellos sean capos del narcotráfico, jefes de los grupos de delincuencia organizada o políticos de saco y corbata no altera la naturaleza política del hecho.

