Seguramente, pocos se habrán enterado que hace unas semanas, en la OEA asumieron funciones un nuevo secretario general y secretaria general adjunta y se posesionó la representante del Ecuador. Por coincidencia se sabe que el 25 de junio será la próxima Asamblea General de esta organización que, conviene recordar, es la de mayor significación regional, y que tendrá lugar en un país casi desconocido: Antigua y Barbuda.
A pesar de la escasa importancia que se otorga en estos días a este ente hemisférico, la nominación de sus más altos directivos fue un hecho destacado, al menos en términos formales. Era la primera vez que quien ocupa el cargo de secretario general proviene de un Estado vinculado a la subregión del Caribe: el Estado sudamericano de Surinam, de habla neerlandesa; que la secretaria adjunta era la primera mujer en ocupar ese puesto, y fue auspiciada por Colombia, país con litoral caribeño.
El nuevo secretario general de la OEA es Albert R. Ramdin. Asumió el cargo el 27 de mayo pasado. Previamente fue secretario general adjunto y ministro de Relaciones Exteriores de su país. Reemplazó a Luis Almagro, uruguayo que ocupó la Secretaría General desde 2015.
El Gobierno colombiano promovió la candidatura de Laura Gil a la que dedicó gran publicidad; mucho más que la que tuvo la del mismo secretario general. Subrayó el carácter “progresista” de la candidata en línea con el Gobierno del “Pacto Histórico”. Destacó que estaba respaldada por gobiernos de la misma tendencia, entre ellos Uruguay, país de origen de la nominada, a pesar de que sus vínculos siempre han sido con Colombia.
Esa votación, separada, no resultó tan sencilla como la del surinamés, pues, tuvo que disputar con una candidata de Perú, gobierno de tendencia política diferente. Esta designación revela las diferencias regionales en más de un aspecto.
El discurso del nuevo secretario general, el día de inicio de sus funciones estuvo cargado de lugares comunes: la diversidad de la región; la responsabilidad de sus funciones; un llamado a la “unidad de nuestros pueblos”; y, voluntad para reinventar los objetivos y “liderar una OEA más receptiva, inclusiva y eficaz”. En tanto que la propuesta de la secretaria adjunta, aunque llegó con mensajes conciliadores, ante lo dividido de su elección, fue más clara en destacar su adhesión al “feminismo”, al “pacifismo”, a la acción “participativa”, mediante la creación de espacios de diálogo en escenarios bilaterales y multilaterales y las “intersecciones incluyentes, para garantizar la promoción y garantía de los derechos humanos de todas las poblaciones: mujeres; jóvenes, comunidades, LGTBIQ+, los pueblos indígenas y demás”.
De lo anterior, lo más revelador es que la designación de los dos es resultado del respaldo del conjunto de países del Caribe. La única diferencia es que la votación de Ramdin fue unánime, en cambio en la de Gil, sus auspiciantes, gobiernos “progresistas”, y las organizaciones de los caribeños tuvieron que realizar especiales esfuerzos en la negociación de los votos. La candidata colombo uruguaya tuvo a su favor el hecho de que a esa fecha Colombia tenía la presidencia de la Asociación de Estados del Caribe (AEC), mandato que pocos días después entregó a Panamá.
El mar Caribe cubre inmensas áreas del continente: el sector noreste de América del Sur, en donde se ubican países como Surinam, Guyana y la región ultraperiférica de la Unión Europea, el departamento de ultramar de Francia: la Guyana vecina de Brasil. Son una parte de la Sudamérica desconocida para el resto del subcontinente.
En el amplio arco de las Antillas están los Estados de habla castellana: Cuba y República Dominicana, de lengua francesa y creole: Haití, y los países de lengua inglesa, la gran mayoría del Caribe: Antigua y Barbuda; Bahamas; Barbados; Dominica; Granada; Jamaica; Santa Lucía; San Cristobal y Nieves; San Vicente y las Granadinas; Trinidad y Tobago.
En Centroamérica asimismo hay países que pertenecen al área caribe, como Belice, también de lengua inglesa, y los demás Estados de ese sector que tienen costas bañadas por aguas caribes.
Hay que reconocer que ese espacio caribe, excepto los países iberoamericanos, los demás, son un mundo prácticamente desconocido. Pero, con algunas excepciones, todos son socios y miembros de la OEA.
Por su actuación unitaria en el organismo regional los países del Caribe han adquirido una gran importancia. Es un grupo de Estados que tiene organizaciones propias: el CARICOM (Comunidad Caribe) y la AEC (Asociación de Estados del Caribe). Los países anglófonos pertenecen a la “mancomunidad británica” (Commonwealth) que, en su mayoría, reconocen como jefe de Estado al Rey de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.
Contar con el apoyo del “bloque del Caribe”, por tanto, no es nada despreciable en cualquier votación en los organismos internacionales, especialmente en las Naciones Unidas y en la OEA, como lo muestra la designación reciente de sus dignatarios.
Si bien esta nueva dirección de la OEA prueba la significación y trascendencia de un grupo de países de la región que estuvo apartado e invisibilizado, también es una expresión sintomática y válvula de las tensiones existentes en el organismo.
Un diagnóstico apropiado debe partir de la nueva situación en la que se desenvuelven las relaciones globales. Las actuales vicisitudes de la OEA son la manifestación de las contradicciones y el deterioro creciente de las relaciones al interior de América Latina y el Caribe, Canadá y los Estados Unidos, pero, sobre todo, es parte de la crisis estructural que atraviesa el mundo y la región.
Las tensiones regionales son de la más diversa índole y constituyen una realidad que se manifiesta palpablemente. Tres países con relaciones caribeñas están fuera de la organización; al menos otros dos entran dentro del concepto iliberal radical; los de izquierda tienen toda una gama: desde progresistas hasta populistas y totalitarios. En el continente más desigual del mundo, lo único que no aparece es una fórmula que al menos de luces sino resuelva los profundos problemas de pobreza e inequidad social que están en el fondo de todas las dificultades.
El Ecuador, en este contexto, colocó su grano de arena en esta institución cargada de divisiones, controversia y polarizaciones. A través de un decreto firmado en Roma, el Presidente Noboa reemplazó a un ex canciller de carrera por una funcionaria que tuvo el ingrato papel de hacer añicos al derecho internacional al disponer invadir la sede diplomática del país de la que es originaria. A la representante le corresponderá estar en la nada fácil postura de defender, en ese ambiente, a dos señores, pues la organización en donde le corresponde actuar condenó el asalto de forma contundente y mayoritaria.
Con este panorama conflictivo, de irrelevancia de la organización y de una etapa de dicotomías y antagonismos, el nuevo secretario general Albert Ramdim, considera que la institución “no solo es necesaria sino indispensable” y que debe marcar una diferencia a fin de promover la paz y la democracia en el hemisferio para prosperidad de todos.
Ante esas palabras y la realidad, el relacionamiento interamericano pasa por repensar a una institución que a escala continental mire las prioridades latinoamericanas y caribeñas, sus finalidades y necesidades, como sus relaciones con Estados Unidos. Es por ello fundamental recrear un debate crítico al interior de las sociedades nacionales y regionales en lo que tiene relación con el futuro de la OEA. Ese diálogo, evidentemente complejo y difícil, constituye un enorme desafío político; pero no hacerlo o entrar en una etapa de inmovilidad o inercia solo perjudicará a los propios integrantes de este sector del mundo.
(*) Ex Vice Canciller

