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La letanía de la esperanza

juan-cuvi

La esperanza en el Ecuador se parece cada vez más a una letanía, esa oración repetida e interminable con la que los devotos invocan la intervención divina a fin de resolver los problemas terrenales. Aspiran a que la mano de dios sirva para algo más que para consagrar goles ilícitos. Pero las súplicas lucen inútiles.

Un país que compite por el podio mundial de los homicidios violentos y el tráfico de drogas necesita de algo más que de plegarias para salir del atascadero. Sobre todo, porque las élites responsables de emprender con algún cambio positivo han traicionado la fe pública. Engañan con el único propósito de conservar su poder. Y hacen gala de una insensibilidad humana digna de una película de terror.

Por eso, justamente, las expectativas ciudadanas y los discursos optimistas caen en saco roto. En la práctica, la política no tiene ninguna contemplación con las necesidades colectivas. El populismo, esa tendencia política que se sostiene en un trípode perverso (autoritarismo, nepotismo y corrupción), goza de excelente salud. Es más, se ha consolidado como la única opción viable para gobernar el país. La sombra de Velasco Ibarra, más densa y sofisticada que nunca, próximamente cumplirá un siglo de presencia.

No obstante, nunca dejamos de cumplir con el ritual que nos ilusiona con incinerar los males pasados y acoger los milagros por venir. Cada 31 de diciembre echamos mano de todas las cábalas inimaginables, para que el 1 de enero nos coja purificados. Limpios, inocentes y jubilosos, como el niño que representa el año nuevo. Pero el pañal del niño acumula las deposiciones que venimos arrastrando desde hace décadas.

La debacle del sistema judicial ilustra con absoluto desparpajo esta triste realidad. Lo peor es que con el paso de tiempo los escándalos incrementan su obscenidad. El cerco militar a la Corte Suprema de Justicia propiciado por Febres Cordero, la pichicorte de Lucio Gutiérrez, la metida de mano a la justicia de Rafel Correa y la designación de Mario Godoy a la presidencia del Consejo de la Judicatura, avalada y sacramentada por Daniel Noboa, rivalizan por su impudicia. Son actos de una misma obra de teatro: el control de la justicia como estrategia del poder político.

Que ahora aparezca un ejército de indignados rasgándose las vestiduras frente a la podredumbre institucional es parte de la liturgia nacional. Proponer soluciones que no solucionan nada se ha convertido en un hábito. ¿Qué se saca removiendo y remplazando a funcionarios ineptos y corruptos si no se atacan las causas de fondo? Mientras las mafias del narcotráfico y el crimen organizado dispongan de gigantescas sumas de dinero, la crisis solo tiene posibilidades de agravarse. ¿De qué justicia puede hablarse en zonas donde el Estado ha perdido presencia y autoridad?

En política, la esperanza no puede estar anclada a la repetición infinita de ruegos, por más fe que le ponga el pueblo, sino a decisiones reales y concretas.

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