Tiempos felices para los abogados. Como no gobiernan los poetas ni los literatos ni mucho menos los filósofos, el metalenguaje del derecho -por definición pobreza, verdad a medias, puro y duro fárrago- contamina todos los ámbitos de la vida pública.
Si durante la «partidocracia» las demandas fueron un instrumento limitado de persecusión y lucha política, en los tiempos que corren se han convertido en todo un estilo de gobierno y una forma de «encauzar» el debate público. Gobierno y oposición hacen política en tribunales, con demandas y contrademandas. Los alegatos de prosa farragosa reemplazaron las ideas y las tesis políticas. La indigencia del lenguaje y el pensamiento notarizada y por triplicado, pues como dicen ellos «lo que abunda no hace daño».
Buenas noticias para el «profesional del derecho» promedio, a quien ahora consultan los periodistas, los políticos, los estudiantes y casi toda persona que quiere incursionar en los seudodebates plagados de categorías jurídicas pobremente utilizadas. Se notan las revisiones de los abogados en comunicados, remitidos y, en algunos tristes casos, hasta en notas de prensa, donde los periodistas e intelectuales han sido desplazados por los letrados y su inconfundible prosa de notario. La política del escritito va y escritito viene.
Los debates políticos, en los tiempos de esto que ciertos abogados han dado en llamar un «Estado de derecho y no de opinión» se limitan a la pobre prosa del jurista arquetípico, que ahora, sin saber mucho de gramática y con una temblorosa ortografía, ha pasado a censor de intelectuales y redactor de editoriales y pretende que toda prosa se ajuste a las planas oraciones de eso que llaman «escritos».
La judicialización de los debates, que se expresa en el manido «vaya y denuncie en la Fiscalía», como si en los juicios y la paupérrima visión del mundo de tal o cual abogado iniciaran y terminaran los problemas del país, ha contaminado la sociedad ecuatoriana hasta el punto de que toda persona cree su deber usar alguna leguleyada para encajar.
Umberto Eco, al hacer un análisis de los elementos fundamentales del fascismo, describe que una de sus preocupaciones es empobrecer el lenguaje lo más posible. Por ello los textos escolares de la Italia fascista y la Alemania nazi usaban el lenguaje más simplón. Quien usa un lenguaje pobre, casi siempre, termina por atrofiar su pensamiento crítico y pierde la capacidad de entender y manejar conceptos abstractos. ¿Qué mejor manera de imponer una sociedad autoritaria que promover la leguleyada pedestre y el sofisma como las formas correctas y aceptadas de razonar?
Así se explica la pobreza del léxico de ciertos políticos que, en nuestra época, promueven el empobrecimiento del lenguaje y la atrofia del pensamiento, recurriendo al consabido sofisma de que si no interviene un abogado con su pasmosa redacción la cosa no es importante.
Sólo el presidente del Uruguay, José Mujica, quien definió a los abogados como «picapleitos, formas parásitas y una de las peores patologías que tiene el país» parece haber comprendido bien que el problema no es una legión de periodistas supuesta e incorregiblemente corrupta, sino el ejército de ciertos abogados que medra de la sociedad y el Estado a punta de cabildeo y leguleyada.

