A lo largo de la Historia, uno de los mayores quebraderos de cabeza de las ciencias sociales y, sobre todo, de la ciencia política ha sido el concepto de democracia. Cómo entenderla, explicarla, definirla. La propia volubilidad del concepto ha conducido a una interminable adjetivación que ha aportado al debate, pero que no ha resuelto el problema de fondo.
La lista de calificativos es extensa: democracia liberal, plebiscitaria, autoritaria, de base, híbrida, restringida, líquida, representativa, radical, plena, tutelada… Todo un léxico que, como un cajón de sastre, nos sirve para particularizar las diversas situaciones a las que nos aboca la vida política, pero que no nos da salidas consistentes.
Hoy, a la luz de lo que vive el país, podría incluirse una calificación que, aun a riesgo de confundir más a los lectores, se refiera a la democracia caótica. En palabras más simples y coloquiales, a la democracia del rebulicio. Es decir, la reunión desordenada y arbitraria de elementos políticos. Lo estamos experimentando a propósito del deterioro acelerado del sistema político y del colapso del sistema electoral.
La vieja idea de la relación entre representación política y sociedad ha ingresado en una crisis que parece irreversible. Los partidos políticos, que en algún momento fueron concebidos como correas de transmisión entre las aspiraciones ciudadanas y las decisiones pública, están desapareciendo. Mueren por inanición. Y hasta ahora no encontramos una fórmula con la cual reemplazarlos. No sabemos cómo construir un sistema de representación alternativo que posibilite que la sociedad defina su horizonte de convivencia humana.
Como forma de organización, los partidos ya no generan el más mínimo interés, especialmente entre los jóvenes. No obstante, siguen siendo las estructuras formales para la participación electoral. Aunque sean simples membretes. Ahí se origina el rebulicio que estamos padeciendo.
La próxima contienda electoral será el clímax de la informalidad electoral. Partidos en venta o en alquiler, candidatos con currículos turbios, fanescas ideológicas, pragmatismo ramplón, financiamiento ilegal de campañas. Todo un escenario para terminar de dinamitar el sistema electoral.
¿Quién medra de este caos? Pues los poderes fácticos, aquellos sectores con intereses puros y duros, legales o ilegales. Se trata de grupos con estructuras consistentes, con agendas claras, con funcionamiento eficaz, y que sacan provecho gane quien gane una elección. Son grupos que desde hace mucho tiempo han aprendido a surfear sobre las olas de la informalidad.
Julio 8, 2026

