Los seres humanos no consumimos redes sociales; son ellas las que nos consumen. Y eso está provocando un deterioro acelerado de la capacidad general de razonamiento. En las plataformas digitales resulta más fácil y efectivo sembrar odio que ideas.
El fetichismo tecnológico de la modernidad ha promovido la creencia de que a medida que desarrollamos e incorporamos más tecnología la especie humana se vuelve más inteligente. Con la intervención arrolladora de la informática, esta creencia se ha acentuado. Programadores y hackers se han convertido en los referentes globales de la genialidad, sin importar su incapacidad congénita para comprender fenómenos sociales como la exclusión, la pobreza o las desigualdades estructurales. El mundo, la vida y la sociedad caben en un software o en una pantalla digital.
Las consecuencias son devastadoras, a tal punto que hay países que están poniendo límites estrictos al uso de la tecnología informática. El retorno al libro físico y a la escritura a mano en los sistemas educativos es uno de los intentos más visibles por poner un contrapeso a la alienación tecnológica. Existe el temor bien fundado de que de aquí a poco la gente no tenga la capacidad para entender los procesos de razonamiento más elementales. Todo se reduciría a una digitación mecánica de los instrumentos informáticos. Varios estudios demuestran que, en las últimas décadas, el coeficiente intelectual global está disminuyendo en varios países. Áreas como la lógica, el vocabulario o la capacidad analógica se han visto seriamente afectadas.
El debate se torna impostergable si extrapolamos el problema a un ámbito tan decisivo y trascendental como la política. Y no porque esa actividad requiera de una mayor capacitad intelectual de sus protagonistas, sino porque ahí se juega gran parte del destino de la humanidad. El peso de las redes sociales en la disputa por el poder (que a eso se refiere en última instancia la política) está perjudicando agendas milenarias como la libertad, la democracia o la paz. En efecto, si la mayoría de la información que circula en las redes sociales son fake-news y mensajes emocionales, es imposible lograr un análisis profundo de los problemas y las eventuales soluciones que necesita la sociedad. Del mundo líquido retratado por Zygmund Bauman estamos transitando a un mundo gaseoso, etéreo, impalpable y volátil. La información se diluye con la velocidad de un pedo, porque no se refiera a ideas sino a ilusiones.
En la práctica, el escenario está perfectamente diseñado para la irrupción de proyectos autoritarios, elitistas y excluyentes. La posibilidad de que el control global estreche cada vez más las argollas del poder es una realidad. Silicon Valley es una ameba al lado de Palantir. Para Peter Thiel, cofundador es esta empresa, la democracia y la libertad son incompatibles. Los liderazgos fuertes (léase Donald Trump) serían la mejor alternativa para mejorar la eficacia empresarial y asegurar un buen funcionamiento del capitalismo salvaje.
Octubre 8, 2026

