Son célebres en los mundiales de fútbol las imágenes de los hinchas japoneses recogiendo la basura de los graderíos al final de los partidos de su equipo. No fallan. Cada cuatro años, desde 1998 —cuando llegaron por primera vez a un Mundial— sorprenden con ese hábito que no puede sino generar admiración. Y no son solo los hinchas, los jugadores de la selección nipona hacen lo propio; ganen o pierdan dejan los vestidores impolutos, con una nota de agradecimiento en el idioma de la sede.
Pero ¿de dónde viene esta conducta tan ajena al resto del mundo? Este hábito, de raigambre cultural, es algo aprendido e interiorizado desde la cuna y se perfecciona en la escuela. Desde pequeños, los estudiantes japoneses participan diariamente en la limpieza de sus aulas y de los espacios comunes. Esto les toma entre 10 y 20 minutos. Solo luego de ello termina la jornada. La lección es sencilla, quien usa un lugar debe dejarlo limpio.
Esto tiene que ver con tradiciones fusionadas durante siglos. En Japón han confluido los valores de al menos dos tradiciones determinantes: el confucianismo y el sintoísmo. El primero hace énfasis en el valor del grupo por sobre el individuo; aquí es primordial el respeto a los demás y, para ello, la disciplina, el deber y el cumplimiento irrestricto de las normas, escritas o no, lo que implica un respeto irrestricto a las jerarquías, incluida la edad (el mayor tiene autoridad sobre el menor). Todo ello para lograr la armonía social. Y es que los japoneses tienen como máxima no causar molestias a los demás. Cuando dos personas se rozan en la calle se ofrecen inmediatamente disculpas mutuas. Pensar en el bien común está por sobre la comodidad individual. Por ello, dejar basura para que otros la recojan se siente como no asumir las propias responsabilidades, dejando la carga a terceros. Algo impensable.
El sintoísmo, por su parte, considera la pureza como una virtud fundamental; por tanto, la suciedad es una anomalía pues, de por sí, es impureza.
Existe un proverbio nipón que lo dice todo: “El ave que emprende el vuelo no enturbia las aguas que deja atrás”. Es decir, se debe dejar un lugar público exactamente igual o más limpio de cómo se encontró. Cuando alguna vez les han preguntado sobre por qué lo hacen, los entrevistados responden que se trata sencillamente de atarimae. Este es un concepto que, pese a que se traduce de manera simple como lo obvio, encierra una profunda norma cultural, pues significa lo natural, lo común, que debe darse por sentado. Así, cuando los niños japoneses, que limpian cada día su escuela, llegan a la adultez y asisten a un Mundial, limpiar el estadio no es algo extraordinario; es una expresión natural de lo que han hecho toda su vida.
Pero la actitud hacia la limpieza y prolijidad no está solo las infraestructuras; está también en el juego. En un partido de cualquier disciplina, un deportista japonés buscará, ante todo, respetar las normas y respetar a sus contrincantes. Es decir, un nipón no buscará hacer un foul deliberadamente aunque sea el último hombre tras un delantero que va solo frente al arco. Y de meter un gol un gol de manera agazapada con la mano, ni hablar… Y es que la idiosincrasia japonesa exige un “fair play”. Y esto no es solo retórica.
Hace unos años, los directivos del JEF United Ichihara Chiba, uno de los fundadores de la Japan Soccer League, se dieron cuenta de que esta actitud cultural les estaba jugando en contra en un deporte como el fútbol, que requiere astucia, muchas veces individualismo y hasta dramatización. De eso saben mucho los latinoamericanos, así que decidieron contratar como segundo entrenador a un argentino: Guillermo Samso. Entre otras anécdotas, Samso cuenta: “Una vez yo les enseñaba a preparar la barrera, diciéndoles que dieran pasitos en punta de pie para achicar la bisectriz de la pelota, sin que el árbitro lo viera. Ese día se me plantó el arquero y dijo <eso es malísimo, no lo vamos a hacer, no nos vamos a adelantar>” …
Otro argentino, Julio Lamas, director técnico de la selección japonesa de básquet en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (que se celebraron en julio-agosto de 2021, debido a la pandemia del Covid-19), explica que cuando estaba empezando en esta labor surgió una dificultad que nunca había siquiera imaginado: el inescrutable rostro de los jugadores. Y es que los japoneses tienen normalmente un gesto amable pero inexpresivo. Lo contrario, mostrar visiblemente las emociones, es para ellos incorrecto, conflictivo, y, por ello, fastidioso para el resto. Decía Lamas: “En Argentina me doy cuenta si un jugador está enojado, pero en Japón no se le mueve un músculo de la cara. Con los jóvenes eso está cambiando; pude darles confianza para que se expresen más. Pero con el resto, a simple vista no hay signos. Ahora aprendí. Si alguno no tiene la menor sonrisa por largo tiempo —o hace mucho silencio— algo pasa. Pero no sé qué es. Entonces debo abrir una conversación”.
Y en el campo de juego la cultura no queda fuera. Como manda la tradición, un jugador de 30 años tiene más jerarquía que uno de 20. Relata Lamas que en los partidos el más joven grita al mayor respetuosamente, “Akira san —señor Akira— páseme la pelota” … Cuando Lamas convocó a la selección a un talentoso jugador de 19 años, tuvo resistencia, todos eran mayores… También explica que el profundo sentido del deber les genera una conflictiva relación con el error, que les hace perder confianza en sí mismos.
Y es que, por regla general, un japonés se responsabiliza de sus errores. En un espacio institucional, si alguien comete un error siente bochorno y una culpa que lo supera, de manera que se responsabiliza y prefiere muchas veces renunciar directamente (antes que le despidan). Esto sí que podría aprenderse en América Latina, donde lo usual es exactamente lo contrario.

