En Ecuador, buena parte de los partidos políticos y sus dirigentes están acostumbrados a buscar candidatos como agencias privadas que ofertan empleo —en plataformas digitales— a una amplia fuerza laboral desocupada, sin importar el cargo de elección de popular, al punto que —en medio de esta vorágine de necesidades mutuas entre partidos y líderes (empleadores) y candidatos (empleados)— la improvisación se convierte en una bomba de tiempo, un peligro público que puede estallar en cualquier momento, incluso antes de que formalmente inicie la campaña electoral, como ocurrió con la búsqueda y polémica selección del reemplazo del precandidato presidencial del partido SUMA, Jan Topic, a quien el Tribunal Contencioso Electoral lo bajó de la papeleta 2025; hecho acompañado de la posterior renuncia de su precandidata vicepresidencial, Mishelle Calvache, quien denunció haber sido relegada de las decisiones importantes de ese partido y, particularmente, de esa fórmula electoral.
Dicho de otra manera, Calvache fue una asistente más sin voz ni voto en el partido que la auspició como candidata (SUMA), hecho grosero —por lo prematuro de su exclusión— pero no menos violento que el destierro y la anulación política de la vicepresidenta de la República que nunca ejerció su cargo en el país, Verónica Abad, víctima de un constante hostigamiento elevado a la categoría de política pública por el gobierno de Daniel Noboa. En ambos casos, el machismo y la improvisación como proyecto electoral (y de gobierno) de los partidos políticos, así como su falta de institucionalidad, terminaron soldando con babas las candidaturas de sus binomios presidenciales, las cuales presentaron fisuras profundas e irreparables, situación que seguramente repercutirá en los resultados que obtengan sus listas en las Elecciones Generales de 2025.
En medio de esta tormentosa relación, las preguntas que nos debemos hacer son, ¿por qué la mayoría de los partidos y sus dueños temporales o vitalicios les huyen a los políticos de profesión?, ¿por qué la organización informal de las candidaturas supera los mínimos estándares de calidad que deben tener quienes aspiran a un puesto en la administración pública? Básicamente, porque la supervivencia electoral de las organizaciones políticas está supeditada a la reproducción de prácticas informales, entre ellas la búsqueda indiscriminada de amigos, figuras públicas ligadas a cualquier oficio y múltiples anónimos que esgrimen como mérito su ausencia de pasado político y que —a ciencia cierta— aprovecharán esta oportunidad para exhibir como logro su selección improvisada, producto de una serie de redes informales con poder de decisión, que operan por fuera de las pocas militancias de carne y hueso.
¿Dónde queda entonces la promoción y el estímulo de los cuadros formados en las tiendas políticas para que asuman los desafíos electorales? ¿O es que acaso no hay candidatos ni políticos en sus filas? Pareciera entonces que, en lugar de invertir su tiempo, dinero y esfuerzos en prácticas programáticas y de pedagogía política; algunos partidos optaron más por desempeñar su rol como productoras audiovisuales de contenido tragicómico y hasta engañoso para publicarlo en TikTok, Instagram o YouTube a fin de ganar likes y visualizaciones.
Lo cierto es que, la débil institucionalización formal de los partidos políticos los lleva a buscar candidatos por fuera de sus filas, pisoteando a sus bases y reduciéndolas al papel de simples alza banderas de extraños y pendencieros que por necesidad propia y de quien los auspicia, comparten un espacio en la papeleta electoral.

