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Iluminar la mirada

—¡Abuelita, tienes ojos nuevos!, exclamaba mi nieto pequeño, al felicitarme cuando supo que me operé de cataratas:  —No hijito,  le dije,  son los mismos ojos de toda mi vida, pero me quitaron las cataratas que me impedían ver bien. —Pero ¿dónde estaban las cataratas, por dónde te brotaban?; de algún modo, sabía de cataratas, pero para explicarle que me impedían ver, tomé mi celular y le mostré lo que el diccionario dice de catarata: 1. Cascada o salto grande de agua. Sin.: cascada, salto, torrente;  2. Opacidad del cristalino del ojo que al impedir el paso de los rayos luminosos dificulta la visión. Sin.: telilla, opacidad,  enturbiamiento. Le traduje  lo necesario, le expliqué cada una de las acepciones y le hablé del uso de abreviaturas, por ejemplo el de Sin., por ‘sinónimos’ y él me creyó.

Sin duda, entendió, bien lo de ‘telilla’, diminutivo de tela, que opaca el cristalino del ojo, el cual, como su nombre lo indica, es como ‘una lente flexible y transparente que contribuye a enfocar la luz sobre la retina y permite ver nítida y claramente’. Por esto se dice que las personas que tienen cataratas ven como si miraran a través de una ventana turbia, y es cierto, aunque nunca me resultó imposible leer. Veía con menos precisión los rostros de las amigas y su expresión alegre o desanimada, pero las veía y conversábamos y reíamos también…

¡Cuánto nos ayuda que, tanto en la computadora como en el teléfono celular, además de las definiciones de que nos provee el diccionario, vengan los sinónimos de las palabras que buscamos!;  así que después leímos para él y para mí las acepciones sinonímicas de ‘telilla’, ‘opacidad’, ‘enturbamiento’  que iluminan la de las  ‘cataratas’ y nos entregan hasta la visión interior de nuestra propia vida…

Me doy cuenta de que estrené  mi nueva mirada, es decir, mis ojos más atentos, como más abiertos, al notar, a través de la ventana del pequeño estudio desde el que escribo, cómo brillan las ramas y los frutos que cuelgan del granado que está en el patiecito derecho de la entrada de casa, exactamente frente a mi ventana, y algo más allá, la enorme buganvilla cuyas ramas cuelgan de uno de los altos molles de la acera.

Esta mañana salí a caminar. Llegué a la avenida que lleva a la urbanización Jacarandá y leí el letrero que casi en la esquina, enuncia el nombre de la calle: ‘José Vargas’.

Me pareció vergonzosa tal falta de minuciosidad. ¿Basta que en la placa medio oscura de la esquina de una larga calle se lea  José Vargas, para situar en ella al caminante, al chofer, al ciclista, como referencia clara y contundente del lugar al que llegamos?

¿Acaso basta la mención ‘José Vargas’ como un nombre más de la larga lista de clase a cuya llamada había que responder en la escuela? ¿Se nombra de este modo a una de las pocas calles de buenas aceras de Cumbayá ¡y de Quito!, que cuenta, a la derecha mano,   ladeando en parte el reservorio de Cumbayá, con un parque donde cholanes, jacarandás y buganvillas, entre tantos otros árboles y flores, brillan y florecen  bellamente cuando la lluvia deja de ser avara por estas calles de Dios? (Hablaban así nuestros mayores y lo encuentro muy bello).

Porque no se trata de cualquier José Vargas; si así fuera, no estaría en una placa señalando el nombre de una calle. Ciertamente, José y Vargas son nombre y apellido frecuentísimos en el español de toda la hispanidad, pero duele la torpeza municipal de nominar una calle sin alusión alguna que nos permita responder a innumerables preguntas, empezando con los inevitables ¿quiénpor qué, para qué? 

El letrero en cuestión ni siquiera cuenta con un dato crucial en la vida del nombrado, un exsacerdote dominicano mil veces merecedor de ser honrado con la nominación de una calle, una plaza, un parterre, un busto, pero en la esquina en que está colocada la placa con este  nombre escueto, solo suena a anonimato. Debió escribirse Padre José María Vargas, o Fray José María, o Sacerdote, o dominico, en fin.

El padre José María Vargas fue un sacerdote de la orden religiosa dominicana llamada también ‘Orden de Predicadores’. Como el insigne historiador que fue, nutrió con sus conocimientos, con su obra singular, con su bondad, humildad y sabiduría, la presencia y amistad de miles de ecuatorianos.

Para contar parte fundamental de su historia no basta con mencionar que fue ‘escritor e historiador’. Fue mucho más: desde su condición de maestro, excatedrático de la Pontificia Universidad Católica de Quito, fue hombre sabio, fiel y lleno de caridad, es decir, de amor. En la PUCE tuve la suerte de conocerlo y ser su alumna, y  cuando él supo mi nombre y  conoció mi procedencia cuencana,  me llamó para contarme  que ‘debía su vocación’   al canónigo Nicanor Aguilar Maldonado -hermano de mi abuela Amelia Aguilar-; dicho eminente sacerdote  hacía, entonces, muchos años,  viajó  a Chordeleg,  la tierra de Celso Vargas, cuando su hijo Celso Vargas Arévalo era niño de apenas catorce años,  y sugirió a su padre que para educar al pequeño,  entonces ya alumno brillante, lo mandara al seminario de Cuenca para que estudiara en la ciudad y  se hiciera sacerdote.

Tal fue el inicio de la vocación del padre cuyo nombre sacerdotal sería José María Vargas. Su entrega estuvo marcada por su entrega a la evangelización, especialmente entre los indígenas de la región oriental de Ecuador. Simultáneamente, desarrolló un profundo interés por la historia. Más tarde recibió cursos de dicha disciplina en el Archivo de Indias en SevillaEspaña, y se doctoró en Historia en Madrid,  en septiembre de 1947. Entre sus publicaciones se encuentran estudios sobre la historia colonial de Quito y la labor de las misiones en la Amazonía ecuatoriana. Obras suyas como ‘La Cultura del Quito colonial’ y ‘Arte quiteño Colonial’   son valiosas contribuciones a nuestro patrimonio intelectual, histórico y cultural.

En su  tiempo fue reconocido como historiador, escritor y crítico prestigioso e influyente, tanto por su conocimiento del arte colonial,  como por sus publicaciones de numerosos libros y estudios que abarcaban temas históricos y análisis culturales.

Reconocido como uno de los principales críticos de arte del país, y Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia de Ecuador, recibió el Premio Nacional Eugenio Espejo en 1984.

Tras estos pocos datos de una vida fructífera y noble, vuelvo a la calle en la cual camino casi a diario y pienso, y sé, que debió llamarse, al menos, «Padre José María Vargas”, de modo que su nombre oriente a quienes se interesan por conocer mejor el sentido de dicha designación,  su origen, sus porqués…

Qué importante es caminar preguntándonos por qué esta calle con parques que con la lluvia se volverán más bellos, se llama de este modo; como en este caso, las respuestas nos asombrarán.

Preguntar, decían los griegos, es el inicio de la sabiduría.

 

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