Estados Unidos de América vive uno de los momentos más opacos de su historia, esto como resultado de una gestión errática del presidente Donald Trump, cuyo accionar, desde el primer día de gobierno, ha sido fuente de permanente tensión no solo en el ámbito doméstico, sino también en el entorno global, generando resistencias y problemas que amenazan con ralentizar la economía estadounidense y, en muchos casos, echar gasolina en un mundo ciertamente convulsionado por las guerras y conflictos que se han desatado, avivando, en muchos casos, un sentimiento antiamericanista como respuesta a una política exterior en la que el hegemón pretende convertirse en el guapo del barrio, jugando a ser el árbitro del planeta, imponiendo reglas y sancionando a todos los Estados que se muestren reticentes a aceptar sus mandatos.
Esta vez la inconformidad viene desde el interior de los EE.UU. El pasado 14 de junio, nutridas movilizaciones ciudadanas fueron convocadas en varias ciudades de ese país y bajo la proclama ‘No kings’, protestaron frente a la inhumana política de deportaciones que se vienen realizando, ejecutadas por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), incluso con el apoyo de la Guardia Nacional, como lo sucedido, penosamente, en Los Ángeles, en la que a decir –en la mente afiebrada- del presidente Trump, los inmigrantes son turbas violentas y criminales.
Sin duda, los Estados Unidos, para algunos referente de los ideales liberales tanto en lo económico y político, hoy como resultado del trumpismo, está envuelto en una espiral de autoritarismo que rompe toda idealización de modelo de democracia, cuando se tiene a un ejecutivo que cada vez más concentra poder y desprecia de manera abierta la Constitución y las leyes a fin de imponer una agenda de derecha radical con peligrosos ribetes fascistas en el que la palabra de su líder tiene la categoría de sentencia bíblica y que, por lo mismo, debe ser acatada sin discusión ni análisis, concentrando masas de fanáticos que aplauden y respaldan a su ‘Mesías’.
Aquello de ‘Make América Great Again (MAGA)’ si bien responde a una legítima decisión soberana de un estado de trabajar en función de sus intereses nacionales, empero, el movimiento MAGA contiene peligrosos elementos que, bajo la idea de colocar a Estados Unidos primero, promueven el proteccionismo económico (lo cual aleja a esa nación del discurso liberal del dejar hacer, dejar pasar y entrar en una guerra arancelaria con enormes costes económicos y sociales para todos los involucrados); endurecimiento contra la inmigración, desconociendo que la fuerza que mueve a la economía doméstica proviene, en buena medida, de hombres y mujeres que debieron abandonar sus países para vivir el sueño americano, hoy convertido en una gran pesadilla. Lamentablemente, el enfoque nacionalista introduce penosamente una visión de superioridad, altamente excluyente y hasta racista.
Los ciudadanos americanos han salido a las calles para exigir rectificaciones y que la Casa Blanca no es lugar para reyes, ni dictadores, sino para dar cabida a un estadista, capaz de dirigir a una nación e identificar el bien común y, desde luego, respetar el marco legal en el que se desenvuelve al interior de sus fronteras como en sus relaciones internacionales.
Es claro que el presidente Donald Trump, al decidir realizar un desfile militar en Washington, para conmemorar el 250 aniversario de las Fuerzas Armadas, coincidentemente el mismo día en que cumplió 79 años de edad, habla de un gobernante consumido por el ego que lo desconecta de la realidad en que vive su país.

