Un debate aterra a la clase política ecuatoriana: el descalabro de la representación. La delegación de funciones por vía electoral, ese invento de la Modernidad que se convirtió en uno de los pilares de la democracia liberal, da graves muestras de agotamiento. Por todos lados los pueblos se sienten defraudados. Cualquier candidato que llega a un cargo público tiene las condiciones, los recursos y las leguleyadas para desentenderse de los mandatos ciudadanos.
Parafraseando a Carlos Marx a propósito de la función de la lucha de clases, podría decirse que el motor de la Historia ha terminado siendo la lucha entre la clase representante y la clase representada. Los desbordes populares son cada vez mas frecuentes. Frente a la inconsecuencia y la corrupción de los representantes políticos, las masas tienden a saltarse la institucionalidad formal. Aquí no más tuvimos dos levantamientosmultitudinarios que forzaron una negociación entre lasorganizaciones sociales y el gobierno, al margen de la clase política. El Quinto Río, esa manifestación masiva e inédita del pueblo Azuayo en contra de la minería, fue la expresión más sublime de una democracia directa: sin autoridades, sin políticos, sin dirigentes.
Este fenómeno también se ha dado en otras latitudes. Las primaveras árabes removieron el piso de todo el sistema político convencional. Los indignados españoles arrinconaron, aunque solo fuera de manera transitoria, a todas las estructuras políticas formales. Lamentablemente, esta última experiencia terminó diluida en el momento en que fue encauzada dentro de las mismas formas de representación de los partidos tradicionales.
En el Ecuador se ha impuesto una inercia perversa que únicamente agrava el problema. Todas las medidas aplicadas no han sido más que cantos de sirena. Aprobamos una Ley de Partidos y un Código de la Democracia que cada interesado interpreta a su antojo. La participación ciudadana quedó empeñada en un espurio Consejo de Participación. Las revocatorias del mandato no son más que un ejercicio inútil y agotador. Todos estos recursos terminan atrapados en la maraña burocrática de operadores políticos cínicos y fraudulentos.
Hoy nos aprestamos a vivir la expresión más descarada de reciclaje electoral que hayamos conocido. Con las decisiones arbitrarias y anticonstitucionales del Consejo Nacional Electoral (CNE), candidatos y partidos destinados a perecer sufrirán una metamorfosis que les devolverá a la vida momentáneamente. Al menos, para una campaña. Porque un candidato sin partido y un partido sin candidato se necesitan y se complementan. Poco importa que la izquierda ponga candidatos de derecha y viceversa. La clave está en reciclarse.
La consecuencia no puede ser otra que la debacletotal de la representación. Quienes resulten elegidos tendrán razones de sobra para darles la espalda a sus electores. Porque no representan a nadie.

