Las recientes desavenencias comerciales sinoestadounidenses demuestran la existencia de una soterrada competencia y hasta podría decirse que confrontación entre las dos grandes potencias mundiales del siglo XXI: EEUU y China. Esta conflictiva relación bilateral pienso que se irá agudizando con el correr de los años -no pocos- al tiempo que, me temo, conducirá a una lenta pero sólida ventaja del gigante asiático, por diversas razones.
¿Y por qué digo que China tomará ventaja? Son muchos y relevantes lo motivos. Tras la administración de Barack Obama, el liderazgo de Estados Unidos se debilitó notablemente bajo las presidencias de Donald Trump, Joe Biden y ahora, nuevamente Trump. Por el contrario, China con Xi Jinping con el poder total, ha mantenido una serena, autoritaria, firme consolidación y multifacética presencia de su país a nivel global. Parecería que China, salvo el caso de Taiwan, no busca grandes conflictos, por el contrario, quiere consolidar relaciones productivas y beneficiosas para sus intereses y para sus contrapartes en un ambiente constructivo y pacífico. Lo más reciente: la llegada al poder de Trump por segunda vez, en enero de este año, ha introducido un elemento altamente perturbador en el orden internacional global, en las relaciones internacionales y, por qué no decirlo, de regresión del liderazgo de su país en el mundo.
Al contrario de lo que muchos analistas sostienen, sus propuestas y decisiones, por descabelladas que pudieran parecer, no serán posibles de cumplir en su gran mayoría. Dejar de lado el multilateralismo y emprender un relacionamiento bilateral aislacionista, debilitan considerablemente a los EEUU, y abren espacios que pueden ser aprovechados por otras potencias pero en especial China. Todo esto en un mundo de creciente e inevitable interdependencia.
Las fanfarronadas de Trump sobre Groenlandia, el Canal de Panamá, Canadá, Gaza, entre otras le quitan credibilidad a su país porque son inalcanzables. Por lo demás, existen tentativas muy peligrosas de crear un grupo como el que lidera el presidente estadounidense, de ultraderecha global, con Argentina, Italia, Hungría, Polonia, Bielorrusia, El Salvador, entre otros. Esto suena altamente peligroso en el contexto internacional actual.
Han transcurrido 80 años desde que se estableció un orden internacional que, aunque con deficiencias e imperfecciones, ha logrado modular las relaciones internacionales en distintos ámbitos.
Estas descabelladas y riesgosas propuestas sacuden el orden mundial y llevan a un escenario de alta inestabilidad que no descarta el uso de la fuerza. Daría la impresión de que la gestión de un solo hombre, líder de la todavía primera potencia mundial, es capaz de alterar el orden mundial que se estableció precisamente bajo el paraguas de varios países, entre los cuales, principalmente EEUU desde 1945 al término de la Segunda Guerra Mundial.
Y mientras todas estas atrabiliarias decisiones políticas que el presidente estadounidense trata de aplicar, el mismo Trump se empeña en imponer, sin éxito, tarifas arancelarias a países amigos y adversarios con la justificación de que su país está siendo perjudicado. Por otro lado, surgen virulentas conflagraciones bélicas entre Rusia y Ucrania – que Trump ofreció resolver en 24 horas-, en Oriente Medio Israel comete una verdadera masacre en Gaza y el mismo presidente de EEUU aplica una injustificada y dolorosa política de migración de hispano americanos desde los EEUU; mientras todo esto sucede, repito, China sigue su lento pero firme camino para copar los espacios dejados por su rival, por su errática política exterior. China está empeñada en un ambicioso y gigantesco proyecto de la Ruta de la Seda con la que ya está muy presente en sus países cercanos, en África con el Ferrocarril Mombasa-Nairobi, y porque no decirlo, en América Latina con el tren bioceánico y el puerto de Chancay.
Han transcurrido 80 años desde que se estableció un orden internacional que, aunque con deficiencias e imperfecciones, ha logrado modular las relaciones internacionales en distintos ámbitos. En primer lugar, se ha evitado una tercera guerra mundial, reduciéndose a conflagraciones focalizadas, graves pero focalizadas; ha mejorado relativamente, según los organismos financieros internacionales, el nivel de vida de la población mundial. También ha predominado el diálogo y la negociación en desencuentros internacionales, ha crecido la economía global de manera significativa, promoviendo un desarrollo en varias regiones del planeta. Y ahora, de pronto, a comienzos de 2025, llega Trump al poder en los EEUU y los avances alcanzados comienzan a venirse abajo.
China a su manera, ha reaccionado con inteligencia y sagacidad con su gran poderío económico, industrial y comercial. Estamos a la espera de que el otro actor fundamental en este escenario, que es Europa, asuma una posición más proactiva y definida. Estados Unidos ha despreciado fehacientemente a sus antiguos aliados y amigos, incluyendo al Reino Unido, Francia y Alemania. Europa está en la obligación de jugar un rol más trascedente; caso contrario, su tradicional e indudable influencia global dejará de prevalecer.
Por último, un actor venido a menos pero que tiene gran fuerza militar y sobre todo un importante arsenal nuclear, como la Federación Rusa, ha perdido la relevancia geopolítica de décadas pasadas. Este panorama complejo nos confronta con un horizonte de incertidumbre que podría traducirse probablemente de pobreza generalizada e incluso de violencia global. De ahí la importancia de que el pulso entre Estados Unidos y China, que sin duda existe, se implemente y desarrolle dentro de la paz y el diálogo.

