Resulta complicado hablar de unidad de las izquierdas, sobre todo cuando los propios promotores de la iniciativa no explican qué mismo entienden por izquierda. No se puede unir lo que no se conoce.
La definición de los conceptos es fundamental para conectarse con la realidad. Eso evita, por ejemplo, que el arquitecto al que le pedimos que nos construya una vivienda termine construyendo una bodega. Este requisito lógico es aún más importante cuando se trata de ideas o de abstracciones. La filosofía, y luego la ciencia, se han ocupado de esto desde hace varios milenios.
En el tema que nos ocupa, los espectadores podríamos empezar exigiendo definiciones más simples e inmediatas. ¿Qué piensan las organizaciones y grupos reunidos en la casa de las Culturas respecto del fraude chavista en Venezuela y la brutal represión en contra de los opositores al régimen? ¿Cómo se posicionan frente al desconocimiento de las consultas populares por parte de las empresas mineras nacionales y transnacionales?
Ahora bien, si los contenidos políticos e ideológicos se complejizan todavía más, las interrogantes terminan siendo más difíciles. ¿Qué piensan de la plurinacionalidad y los derechos a la autonomía de los pueblos indígenas? ¿Van a luchar por la legalización del aborto sin restricciones? ¿Sanearán la administración de justicia para convertirla en una función del Estado independiente y proba? ¿Sancionarán a los funcionarios corruptos? ¿Pondrán un freno al modelo extractivista, en sintonía con los principios de protección de la naturaleza y lucha conta el cambio climático?
En estos puntos las definiciones son harto peliagudas, porque las visiones y agendas de los distintos protagonistas de la reunión de marras, al menos en el discurso, son incompatibles… y hasta contradictorias. Solo por citar un caso polémico: ¿cómo empatar las propuestas del movimiento feminista con las posturas abiertamente provida de la jerarquía correísta?
Si los convocantes hubieran hablado de una unidad del centro las cosas estarían más claras. Al menos, se podría entender la presencia de partidos de centroderecha como Centro Democrático y RETO. El propio correísmo, que en estricto rigor jamás fue un proyecto de izquierda, y que con los años ha ido escorando hacia posiciones más cercanas a la derecha, tendría justificada su asistencia. Es más, mostraría coherencia con las últimas declaraciones de Rafael Correa a propósito de su mayor empatía con la derecha que con la izquierda.
Además, un acuerdo de centro permitiría formular esas tibias coincidencia que tanto agradan a los devotos defensores del sistema. Y, obviamente, soslayaría el tratamiento de temas realmente espinosos, porque son parte fundamental de la izquierda desde sus orígenes. En concreto, qué hacer con el capitalismo y con el agotado sistema político liberal. Ahí es cuando la puerca tuerce el rabo, como dice la gente de a pie.

