La esposa de Leopoldo López, Lilian Tintori, denunció el saqueo y la destrucción de su casa en Caracas por una orden de la dictadora encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez. “Entraron en la casa, se robaron todo, la vaciaron completamente y tumbaron la casa”. Tintori exigió la devolución de su propiedad y el cese de la persecución contra su familia.
Javier Moro en su libro Nos quieren muertos relata el ejercicio de la maquinaria del poder en contra de la libertad de pensamiento. En el juicio arbitrario que se le siguió Leopoldo López sostuvo: “Ustedes me acusan de haber incitado a la violencia con mis palabras. Condenar la palabra no es nuevo en la historia, se vio en los juicios de los romanos, en los juicios del nazismo, en los juicios de la Rusia de Stalin”. El control de las palabras apunta a eliminar las ideas que cuestionan al régimen.
López argumentó: “El disparador de esa violencia fueron las muertes ocurridas el 12 de febrero”. El lenguaje se convierte en un campo de batalla. El régimen construye su propia narrativa, pero esta es desmentida por la realidad. Las palabras de López mostraban una realidad que todos, chavistas o no, la viven. “Nadie escapaba a la escasez, a la falta de medicinas en las farmacias, al descalabro de la economía y al deterioro de la vida en general” que la revolución pretendía ocultar. Y sobre todo, a la falta de libertad.
El régimen de Maduro tramó una emboscada en la marcha multitudinaria convocada por López. Encubiertos, “los colectivos” de Maduro perpetraron crímenes de los que inculparon a los manifestantes movidos por el discurso enardecido de Leopoldo López. Un estado que utiliza todo su poder para acallar la voz de un pueblo que comienza a despertar solo puede suceder en una dictadura. Es lo que Leopoldo —así lo llaman— quería poner al descubierto y lo logró. El régimen de Maduro se quitó la máscara: estaba lejos de ser una democracia.
“Todo el peso de la ley debe caerle a los responsables” —entre los que ubicaba a Leopoldo López y María Corina Machado— sentenció Diosdado Cabello. “Ellos solo tienen un objetivo: apoderarse de la patria y de sus recursos naturales para entregárselos al imperio estadounidense. El pueblo les queda grande y nunca, nunca van a gobernar este país, se lo juramos”. Esta era su obsesión.
Diosdado, el hombre duro del régimen, se valió de los crímenes ordenados por él y ejecutados por los colectivos del aparato de seguridad venezolano para endilgar estos asesinatos a los dirigentes de la marcha popular y acusarlos de fascismo.
Leopoldo López fue acusado de ser el autor intelectual de esos asesinatos. Cercado por los cuerpos de seguridad del estado y con una orden de captura, Leopoldo se vio ante la dura disyuntiva de fugar o entregarse. Decidió dar la cara, pese a todos los riesgos. Lilian le advirtió: ¿Te vas a entregar a una justicia que es falsa? Leopoldo respondió: “¿Qué tipo de persona sería si eligiese la huida? La gente que resolvió enfrentar a la dictadura, consideraría que les abandoné y les traicioné”. Le dolía separarse de su familia, de Lilian y de sus hijos. En diálogo con su madre, Leopoldo le dijo que estaba siguiendo los pasos de su bisabuelo y de su abuelo. Su madre recordó cómo influyeron en su hijo las historias de la familia, como ese bisabuelo heroico que había conocido la prisión y luego el exilio. Entonces Leopoldo le recordó a su madre cómo no podía entender que se pudiera ir a la cárcel por defender unas ideas, cuando era niño.
El maquiavelismo de Diosdado tenía muchas caretas. Por la televisión y las redes sociales profería contra Leopoldo los más burdos insultos. Pero conocedor del alma humana sorprendió a los padres del fugitivo y a su esposa Lilian ofreciéndoles una fácil y segura escapatoria al exilio. Con ello Diosdado estaba dando marcha atrás en su acusación a Leopoldo por los supuestos crímenes a él adjudicados. Por cierto, para Diosdado no era ningún problema caer en una contradicción. Así consiguió sembrar la duda en los seres íntimos de Leopoldo. El “demonio” estaba planteando una salida con la que Lilian y los padres de Leopoldo coincidían. Leopoldo tendría que volver a convencerles del acierto político de su decisión para contar con su apoyo.
Fiel a sus convicciones Leopoldo se entregó a la injusta justicia, contrariando la voluntad de Diosdado y los anhelos de su familia íntima. Fue aclamado por una multitud que vio en este sacrificio la prueba de que en Venezuela no todo estaba perdido. Su prisión no duró ni tres días ni tres años, la sentencia determinó 13 años. No hubo un debido proceso. Se vulneraron todas las reglas. La cárcel fue otro campo de lucha.
Desde la cárcel Leopoldo siguió vivo políticamente. El régimen fracasó en quererlos muertos, como reza el título del libro de Moro. Pese a los atropellos a sus derechos, Leopoldo no se doblegó. En medio de un confinamiento absoluto, el preso escribió notas que se convirtieron en un libro publicado en 2016 y que se tituló Preso pero libre que contó su experiencia en la prisión. Su resistencia buscaba preservar una interioridad mínima.
El aislamiento en la cárcel le colocaba bajo una maquinaria diseñada para anular su intimidad. Sabía que su peor enemigo no era la cárcel. Su peor enemigo era la desesperanza que se infiltraba por las rendijas de su mente. Aunque se repetía que estaba preso pero que era libre, la realidad de su celda, con sus candados y otras restricciones ponían dudas en su mente.
Muchas fueron las acciones de resistencia que Leopoldo y sus compañeros realizaron desde la prisión. La más audaz fue la huelga de hambre que emprendieron. Ésta definió objetivos concretos. Uno de ellos fue el de exigir que el Tribunal Electoral fije la fecha de las elecciones legislativas. Lilian se lanzó en cuerpo y alma a la campaña para las elecciones del 6 de diciembre de 2015, en las que el chavismo fue derrotado. La sentencia contra Leopoldo y la presión de las elecciones parlamentarias marcaron la transformación de Lilian en líder política. La derrota electoral del chavismo les enervó a los custodios de la cárcel y cuando Lilian fue a visitar a su marido en la cárcel fue objeto del más morboso registro corporal. “Tengo el período”, les informó. El coronel no le contestó y ordenó a los guardias que le quiten la pantaleta y la toalla sanitaria. Abra las piernas para seguir con la revisión”.
Cuando finalmente le permitieron a Lilian llegar donde Leo, no le contó esos detalles escabrosos de su llegada. Él le dijo “Lilian quiero que tengamos otro hijo”. Era reafirmarse ante la vida. “Lo perdimos Leo”. “Lo intentaremos otra vez”.
A esta tragedia que sufrió esta pareja, se sumó otra: un ataque inesperado de Diosdado Cabello. En su programa de televisión soltó una vil calumnia: “Lilian estaba en la clínica abortando el bebé de otro”.
La celda en la que permanecieron Lilian y Leopoldo no llamaba al disfrute. Pero ellos no se dejaron vencer. Lo intentarían nuevamente. Lilian miró a su alrededor, el agua estaba cortada, el inodoro mugriento. No hablaron, “parecían una pareja de mimos haciendo contorsiones. Pero qué sabrosos los mordiscos, las caricias, los besos, se dijo Lilian.” Éste iba a ser el tercer hijo de Leo y Lilian: una niña, Federica.
Los guardias no pudieron vencer en la represión, el deseo y el derecho a la vida. El placer, pese a las restricciones, se manifestó airoso. El cuerpo no pudo ser neutralizado. La ilusión de la esperanza se mantuvo viva. El amor fue un refugio clandestino de felicidad y de lealtad a sus sentimientos. En esta batalla derrotaron a la dictadura. Esta victoria simbólica presagia el alumbramiento de una nueva Venezuela.

