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Geniales, aunque, a veces, erróneos

Augusto Monterroso, miembro de la Academia Hondureña de la Lengua, era de los escritores que amaba toda clase de juegos idiomáticos, entre ellos los palíndromos. Se cuenta que celebraba la invención de los «falsos palíndromos» de su amigo Ernesto Mejía Sánchez, como el de que Alfonso Reyes se quedaba sin el Nobel; así decía la oración aparentemente palindrómica: Alfonso no ve el Nobel famoso. Esta, leída de derecha a izquierda, no nos vuelve a contar que Alfonso no ve el Nobel famoso, pues dice algo inentendible: osomaf  leboN le ev on osnoflA, tan absurdo como que nunca se le diera a Alfonso Reyes el Nobel merecido.

Veamos otros palíndromos que la IA atribuye a Monterroso: Adán no cede con nada;  Isaac no ronca así; Onís es asesino; Aman a Panamá; Somos seres sosos, Ada.

¡Cómo abandonar los palíndromos que Monterroso compartió con sus amigos!  Va aquí  otro muy bello,  de Juan José Arreola:  Etna da luz azul a Dante y dos, de Carlos Illescas: Amo la  paloma y Somos laicos, Adán, nada social somos.

Todo esto y muchísimo más, imagino, compartían los amigos en sus sabias reuniones llenas de gracia… Y acabemos este capítulo con el que Monterroso llamó su «palíndromo político»: Tío Sam más OIT, con el cual respondía a la pregunta de qué es la Organización Internacional del Trabajo, respuesta nunca tan veraz como hoy si, Trump mediante,  sigue existiendo la OIT…, a pesar de que con él parece no haber palíndromo posible, gracia, ni simpatía, ni verdad.

Vaya, por fin, un falso palíndromo muy sugestivo, de Rubén Bonifaz Nuño, que decía:  Odio la luz al oído

Si los palíndromos resultaran de búsquedas amables e inteligentes no habría errores en ellos, pues, de haberlos, no serían tales.

Vamos ahora a los ‘errores’ que ofrece nuestro título, en ellos no hay nada que inventar, pues asoman sin ser buscados ni esperados, pero están. Normalmente, no se reconocen, pues si se reconocieran no se escribirían, o, mejor, si se hubieran reconocido no se habrían escrito.

He ido tomando nota de frases o párrafos leídos en artículos del diario El País. Aspiro a que mis observaciones no caigan en saco roto, a pesar de que van aquí a sabiendas de que la indiferencia ante el error es una actitud frecuente, porque nos impide aprender, como si prefiriésemos vivir al margen de nosotros mismos, ignorándonos tristemente e ignorando lo que los lectores esperan de nosotros.

En los párrafos que reproduzco se repite un error que se ha normalizado tanto, que no parece tal: 

Los acontecimientos que se producen en la actualidad en la política nacional quedan opacados por los que suceden al día siguiente de tener tener conocimiento de los mismos. Y, sin embargo, pese a esa interna confrontación, o quizás en razón de la misma, hay razones para considerar que la idea de la muerte voluntaria es inherente a la singularidad de la condición humana.

Es comprensible que la sociedad se pregunte hasta qué punto es legítimo que un miembro de la misma deserte… 

Las ideas expuestas en estas frases son importantes y quedan tal cual; la única corrección que piden es la eliminación de los recurrentes los mismos, la misma… Ya lo decía nuestro viejo y querido Esbozo de la nueva gramática de la lengua española, en la página 212, cuyo primer párrafo repito, aunque lo haya citado ya alguna vez. Leerlo y releerlo será útil siempre:

Conviene llamar la atención sobre el empleo abusivo que la prosa administrativa, periodística, publicitaria, forense, y algunas veces la prosa técnica hacen hoy del anafórico ‘el mismo’, ‘la misma’, por considerarlo acaso fórmula explícita y elegante. Pero no pasa de vulgar y mediocre, y cualquiera otra solución: pronombre personal, posesivo, etc., es preferible: Fue registrado el coche y sus ocupantes (no: los ocupantes del mismo);  La fecha es ilegible, pero se lee claramente su firma debajo de ella (no: debajo de la misma); Trazado y apertura de hoyos, (no: apertura de los mismos)

Y este párrafo tan claro y preciso culmina así, en referencia a una cita de Azorín que viene también en la Gramática: El pasaje que hemos citado antes de Azorín no está en esta censura: mismo tiene allí valor discriminante: precisamente por la misma calle.

Y añado:  Por la misma calle, no por otra. Como si escribiéramos: Vivo aún en la misma casa en que todos nos criamos… O: Sí, en esa misma casa grata y llena de recuerdos que recibe hoy a nuestros nietos y biznietos.

Finalmente, vamos a una palabra del párrafo ya citado de nuestra Gramática, término poco frecuente,  pero esencial:  anafórico, que significa aquí repetitivo, pues proviene de anáfora, repetición.

Vayan, a manera de alivio, dos versos de una las más bellas elegías escritas jamás en español, la que Miguel Hernández, jovencísimo aún,  escribió a la muerte de su amigo Ramón Sigé:

«Temprano levantó la muerte el vuelo, / temprano madrugó la madrugada, / temprano estás rodando por el suelo.»

Este temprano bellamente anafórico, es aquí indispensable.

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