…traen evocaciones y recuerdos duros de asimilar, incluso a pesar del paso del tiempo. Momentos y momentos que, escritos, quizá encuentren un mejor lugar que el de la memoria personal, triste muchas veces. Nadie sabe si contarlos puede ser un lenitivo, una especie de consuelo para quien, al compartir circunstancias ásperas, confía en ser comprendido o comprendida como hay que decir ahora, en pro de la existencia femenina, aunque, de hecho, existamos. Y creo absolutamente que existimos para bien, con muchas excepciones, matices y tonos, siempre que nuestro existir se ennoblezca en un hacer humanitario, digno, ¡para qué también!…
Escribir quiere serlo. Y lo es si escribimos para un ámbito que nos exige la verdad, y si lo dicho surge de un íntimo calor y del deseo de que lleguen a los lectores acontecimientos, circunstancias, hechos y detalles que permitan la reflexión y nos ilustren positivamente. Escribir es desnudar nuestro carácter, nuestras inquietudes, experiencias y sueños y es, por esto, un riesgo que corremos en pro de nosotros mismos y de nuestros lectores.
Hoy quiero contar algo casi secreto en mi vida, porque revela ese lado de la condición humana que, simplemente, por oscuro y estúpido, no habría querido conocer, menos aún, haberlo sufrido en carne propia. Además, ocurrió en un conocido colegio técnico, de clase media y media baja de la capital, que permite a sus alumnos, ya desde los catorce años, entrenarse en los oficios aprendidos, les abre las puertas al trabajo y ¡ojalá, al bien!
Ella, madre de dos niños, Elías y Eudoxia, vivió en mi casa muchos años, en distintos períodos, pero nunca, hasta su muerte, dejamos de saber una de otra, de ayudarnos en cuanto era necesario, de estar atentas a cómo la vida nos ‘iba llevando’. Y aún…
Gracias a palancas que buscamos con palo de romero, el pequeño Elías, tímido, poco locuaz, profundamente bueno, delicado y sensible fue aceptado en el colegio técnico, tras muchas preguntas a su madre y a mí.
Pasó un mes, pasaron casi dos. Una tarde, Elías no llegó a casa. Nuestra Teresa pensó que se había quedado en el juego con algunos compañeritos —él regresaba solo a casa en el Quito tranquilo, el Quito en paz de entonces, y no faltaron días en que se atrasara, lo cual nos alegraba a su madre y a mí, porque significaba que se abría a la amistad y la comunicación, y era así: se quedaba jugando, hablando, y como casa y colegio quedaban cerca, su retraso no era motivo de preocupación—. Pero esa tarde, ya hacia las cinco, no volvió. Lo esperamos hasta bien tarde y pronto empezó la oscuridad temprana de la noche quiteña, mientras nos preguntábamos qué habría podido pasar. Caminamos casi a ciegas, sabiendo que el colegio estaría ya cerrado, sin idea alguna sobre qué hacer, adónde ir; preguntamos en la portería del colegio por si se hubiera quedado con otros niños y, sobre todo, porque era el ámbito en el que podíamos preguntar y del que esperábamos colaboración, pero el portero creía haberle visto salir como cada día, aunque eran tantos los chicos que salían que nada más concreto nos podía decir. Pero Elías no estaba; además, ya había pasado un largo mes y medio desde su ingreso y él conocía bien el camino de vuelta.
Volvimos a casa esperanzadas, pero no había llegado. Empezó a cundir el miedo entre nosotras, su hermanita lloraba y no alcanzábamos a imaginar lo que habría podido pasar. La noche se volvió eterna sin él para su madre, para mí, para la familia, en fin, y seguíamos buscándolo. Recuerdo que fuimos en carro a un terreno al cual nos había sugerido ir el guardia del edificio en que vivíamos: “allá, señora, más allá del parque, allatrás hay un sitio donde hay gente que va a conversar, acomprar platanitos asados, puede habersido con un amigo; a veces, ustésabe, hay gente pobre que se quedallí, quenciende llamitas en un reverbero de gasolina, y hasta pasa la noche, porque no tienen dóndir”…
Todo puede ser, pensamos. Lo buscamos, esperamos; recuerdo la solidaridad de las personas a las que preguntábamos: -¡Ah, se llama Elías, linduel nombre!, ¿y cómues? -¿Y por qué? -¿Y no siabrá salido del colegio con otros chicos? porquiay de todo, señora, sí hay de todo y aquiora siabrá salido, alora de siempre o no, porquiuno nunca se sabe… Yo mismo…. Y largas historias de pérdida y encuentro para darnos esperanza. Dimos las señas posibles de Elías: su estatura, su ropa, el color del carril ¿riciéncompradito, nocierto, porque riciénstamos enoviembre?…
Sí. La solidaridad y el tino de nuestro pueblo se prueba en sitios y circunstancias como estas, pero el resultado seguía siendo nefasto. Volvimos a casa. Teresa fue a su cuarto, a ver a la pequeñita que dormía y se quedó rezando a la Virgen del Quinche: “señorita a ellaay quepedirle”. Y yo le dije sí, que a ella, Teresita, a ella.
Era ya el otro día, ni señas del tímido Elías: Teresa voló a la escuela a esperarle, porsiacaso, a preguntar a los compañeros, a algún amiguito preferido. Y volvió desolada: una madre de familia había hablado con su hijo pequeño, compañero de Elías, y él le contó que ese jueves en clase, la profesora -era una mujer-, preguntó en alta voz, dirigiéndose a los más de cuarenta y un niños —“¿Cuál es el niño de la clase, cuál es su compañero quen másdiun mesymedio lleva los mismos zapatos viejos y nosiacambiado ni por equivocación?”. Y los niños gritaron unánimemente: “¡El nuevo, señorita, el Elías Gómez, el Elías Gómez!”… Y el Elías Gómez no quiso volver.
¿Preguntar a la policía? Los chapas no saben nunca nada, quiándesaber, le dijo la vecina. Y de verdad, ¿cómo pueden saber? ¡Cómo se sabe?…
Pero el Elías, el pequeño y tímido Elías había vuelto a casa, y Teresa lo encontró metido debajo de la camita que ocupaba, y ella, en medio de su desolación y su alegría, lloró, y yo lloré con ella… Y ahora que lo cuento, casi…, también.

