Como supongo —es un suponer, como tanto se dice en las Españas— que ninguno de ellos me leerá, aunque yo lea cotidianamente cuanto ellos ‘nos lanzan’, replico aquí partes de algunos párrafos que se profieren desde diario El País, en distintos artículos y mucho más a menudo de lo que sus lectores de por aquí desearíamos leer. Esgrimo así mi crítica y, a la vez, muestro mi indignación que no quiere ni puede abandonar la delicadeza, pero que no resiste la urgencia de decir.
Si su autora, esa ‘ella’, me lee, ¡tanto mejor para todos! Si no lo hace o si, de leerlo, le resulta indiferente, creo, en su honor, que tal quemeimportismo no será mejor para ella. Nada más.
Vamos a estos párrafos de Diario El País, al cual estoy suscrita y que leo años ha… como habrían dicho mis abuelos: No fue, sin embargo, hasta las 16.41, […] cuando su rostro nimbado por su lacia cabellera y su preclara frente brillando cual faro de Alejandría apareció en pantalla, […], el youtuber Sergio Alberto Candanedo, conocido en redes como Un Tío Blanco Hetero, un machista de libro, en plan duelo de berrea entre ultramachos ibéricos chorreando esmegma.
Soto jugó al despiste un buen rato para, al final, negarlo todo “encantadísimo con toda esta mierda”, y se presentó como víctima.
La verdad es que no entiendo nada, porque no quiero entender, porque no es lo mío, no es mi lengua ni refleja mi modo de pensar ni el de soñar, menos, aún, el de ser. Y por si hubiese parecido poco, todo, con gran profusión de piruetas verbales como “follar”, “tío”, “subnormal” o “pollas”, [lo cual, entre comillas, resulta peor]: Al final es lo de siempre. Un señor presumiendo de pichabrava, aunque sea por omisión.
No. No queremos entender este español ofensivo, a cuestas del c. y de la m. que yo, felizmente, nunca he escrito… ¡Curioso, pero es así! Bien sé lo que significan, ¡no faltaría más!, pero no están en mi vocabulario ni me sirven de nada, felizmente, mientras los escritores españoles de El País los lucen de modo abrupto, muy a menudo y torpemente.
Si podemos encontrar palabras que los reemplacen o poner la inicial de la palabreja evitada y punto ¿por qué llenarnos de basura, sugiriendo y usando términos que brotan de esa, por sí abundante mugre interior y exterior?
¿Por qué? ¿Es esto, acaso, ‘comunicar mejor’? He de decir, además, que lo transcrito aquí por mí lo creó una mujer para lucirlo en uno de sus artículos. Y aunque esta realidad no aumente, de por sí, el demérito de la expresión, es fuerza preguntarse: ¿será por ser mujer que nos ha lanzado tal desfile abundante en ‘apertura’, para que los ‘machos’ sepan que las mujeres también somos atrevidas, arrojadas, resueltas, decididas, audaces, osadas, valientes, intrépidas, impetuosas? … (Tomé los sinónimos de lanzadas de nuestro rico DLE, pues van muy bien aquí, como una muestra más de la abundancia de nuestra lengua, para, sin insultar ni ofender, ni vejar, nombrar inevitables realidades, con el infinito poder estético y humano que trasciende nuestra palabra.
Por contraste, y porque hoy quise, mucho antes de leer El País y de empezar esta denuncia, hablar de nuestro irrepetible poeta César Vallejo (americano tenía que ser, peruano de plena sierra, para habernos dado esta poesía, inconmensurable expresión de belleza, de comprensión y de ira. Hijo de padres pobres y buenos, hermano de sus hermanos y de todos nosotros, traigo aquí su palabra para redimirnos de tanto bochorno).
Y porque al ir a empezar este artículo quise repetir, con cualquier pretexto, o más bien sin ninguno más que el inmenso valor de nuestra ‘Cena miserable’, a manera de comentario del corazón ante la tristeza en que nos sume el mundo, al topar con lo ya largamente dicho sobre mi lectura de El País, he optado por denunciarlo.
Ahora, sintamos cómo la poesía nos redime:
La cena miserable
Por César Vallejo
Hasta cuándo estaremos esperando lo que
no se nos debe… Y en qué recodo estiraremos
nuestra pobre rodilla para siempre! Hasta cuándo
la cruz que nos alienta no detendrá sus remos.
Hasta cuándo la Duda nos brindará blasones
por haber padecido!…
Ya nos hemos sentado
mucho a la mesa, con la amargura de un niño
que a media noche, llora de hambre, desvelado…
Y cuándo nos veremos con los demás, al borde
de una mañana eterna, desayunados todos!
Hasta cuándo este valle de lágrimas, a donde
yo nunca dije que me trajeran.
De codos
todo bañado en llanto, repito cabizbajo
y vencido: hasta cuándo la cena durará.
Hay alguien que ha bebido mucho, y se burla,
y acerca y aleja de nosotros, como negra cuchara
de amarga esencia humana, la tumba…
Y menos sabe
ese oscuro hasta cuándo la cena durará!
(1918)

