La última vez que nos sentamos a conversar fue poco antes de la pandemia. Ya estaba enferma, pero Gilda Holst no mencionó su enfermedad. Yo tampoco se lo pregunté. No hablamos de literatura, pero sí de la universidad. Fue el lugar donde nos conocimos. Ese lugar ya no existía. O existía, pero era otra cosa. La carrera de letras llevaba casi veinte años cerrada. De eso hablamos ese día: de la desaparición de la escuela.
Cuando la conocí, ella era la directora. No recuerdo si fue mi profesora desde el primer o segundo semestre. Recuerdo que sus clases eran en un cubículo mínimo donde apenas entraban los pupitres. No se podía fumar dentro y eso representaba para ella una incomodidad, un malestar. Para poder fumar hacía una pausa a media clase. “A partir de cierto momento mi historia se confunde con la historia de mis cigarrillos”, me dijo en alguna de esas primeras sesiones. Me pareció una frase ingeniosa. “No es mía. Es de Julio Ramón Ribeyro”, dijo sonriendo.
Hablaba de forma entrecortada. Sus clases parecían divagaciones, ideas sueltas que se le iban ocurriendo sobre lo que estaba leyendo por esos días. Su manera de hablar estaba relacionada con esa forma de pensar o, más bien, de desarrollar su pensamiento. Cada vez que expresaba alguna idea la terminaba con un “no sé”, que era una muletilla, pero también una manera de dejar claro que lo que estaba diciendo no era definitivo. Siempre podía aparecerse a la clase siguiente y decir que se lo había pensado bien, que estaba equivocada y que lo mejor era rehacer todos sus argumentos de la última vez.
Había compañeros que sospechaban de aquella falta de seguridad. A mí, en cambio, me gustaban mucho sus clases. En ellas uno tenía la sensación de que algo estaba haciéndose, desarrollándose allí, en ese momento. Gilda rara vez venía con una interpretación fija de un texto. Lo suyo era buscar los vacíos, los intersticios de un libro, todo aquello que pudiera movilizar la creatividad y la lectura.
Buscar vacíos no significa llenarlos. Los buenos profesores no colman carencias: las abren. El conocimiento no es algo que pueda transferirse. Lo que se transfiere, dice Massimo Recalcati, es el deseo, aquella necesidad de convertir el objeto de conocimiento en un “cuerpo erótico”, un elemento capaz de estimular, atraer, poner en movimiento al que aprende. Es la lectura que hace Lacan de Sócrates: el tipo para el que la educación no es una didáctica, sino la transferencia del “arrebato amoroso”. Cuando de estudiante das con alguien así, alguien que vive sus propias búsquedas con esa intensidad irrenunciable, algo de ese brillo queda en ti.
La literatura de Gilda continuará entre nosotros, pero su partida deja un vacío enorme entre todos los que la conocimos y quisimos.
Echaremos de menos su generosidad, su sentido del humor, su risa abierta y hospitalaria que siempre sentí como un antídoto contra el dogmatismo que acechaba y continúa acechando la vida cultural del Ecuador.

