“Ahora ya no voy a tener con quién dormir, con quién jugar, a quién cuidar”, dice una niña de seis años al despedir a su hermanita de cuatro asesinada por su propia mamá. Y la historia se repite una y mil veces en nuestro país que es geográficamente tan pequeño y que, sin embargo, posee cifras inmensas de maltrato infantil, de infanticidio y de filicidio. Pero no importan las estadísticas porque, con frecuencia, solo sirven para los escándalos farisaicos que esconden segundas intenciones y para los engaños. ¡Ay del país que, ante estas realidades, tan solo se rasga las vestiduras y se llena de hueras lamentaciones!
Estas muertes de niños en manos de mamá o de papá ya no son asuntos de estadísticas sino de conciencia social, de esa ética elemental que sostiene las relaciones intrafamiliares y a la misma sociedad. Si acá se mata a los propios hijos, ¿en qué Estado vivimos? Y si no nos escandalizamos, entonces estamos legitimando todo tipo de violencia, sobre todo aquella que procede del poder que, simbólicamente, representa el orden, la legalidad, la equidad, la verdad.
No se trata del escándalo fofo y barato. Ni hace falta que alguien, sobre todo el poder, se rasgue las vestiduras y rompa en ayes de un dolor ni sentido ni vivido, dolor de plañidera alquilada. Si se declarase una semana de duelo nacional por cada niño asesinado, pasaríamos de luto el año entero. “Los niños de 9 y 10 años se quedaron como dormidos sobre la cama. Vestían pijamas. Cuando golpeó la puerta para que le abrieran, nadie respondió. En la misma cama, junto al cadáver de sus hijos, se encontró a su padre, muerto con una herida de cuchillo que él mismo se había infringido”.
Porque un asambleísta se desafilia de su partido, se enciende la llama de los grandes escándalos. Patetismo e hipocresía baratos. Pero si a una niña le asesina su madre y si la escena se repite una y otra vez, eso en esa Asamblea les importa un pelo de mujer, como diría el protagonista de El malentendido (Camus). Es que ciertamente se ha producido un malentendido pues se han perdido los verdaderos sentidos de lo que significa ser hijo y niño, mamá y papá en la economía de los afectos y valores sociales. ¿Qué queda de eso sino el cuerpo procazmente desnudo de la extrema violencia?
Pero para estas víctimas de la crueldad humana, no hay malentendidos. No los hay como para esa niña de tres años a la que su padre masacra hasta que revienten sus órganos internos y luego la arroja en la sementera de la propia casa en donde la encuentran los vecinos. O para el niño que es asfixiado con su propia almohada porque su llanto no permite dormir a mamá que debe trabajar al día siguiente.
Para dar muerte al hijo hace falta una absurda invasión de lo perverso. Porque es necesario que se hayan desvanecido e invertido los códigos más antiguos que fundamentan el sentido de la vida humana, de la maternidad y la paternidad. A lo incomprensible del acto se junta el horror de que estos casos pasen casi desapercibidos por una sociedad que se escandaliza hasta no poder más por cosas casi baladíes como por un poco de mariguana en la mochila de un muchacho o una irreverencia al poder. Estas macabras noticias, en efecto, no causan el terremoto social y moral que deberían producir. A los poderes políticos, por ejemplo, este exceso de crueldad les resbala casi como agua en pluma de pato lo cual daría cuenta de un serio deterioro de los sistemas de significación ética que sostienen la vida cotidiana. La muerte de uno de estos niños es tanto más horrorosa cuanto menos conmueve al sistema político del país.
Además, cuando se debilitan los valores sociales, el escándalo por lo insignificante ocupa el lugar de la necesidad. Es imperativo hacer mucha bulla, lanzar todos los petardos de los jolgorios para que nadie tenga remordimientos de conciencia. Para que nadie, de manera especial el poder, se sienta aludido. Porque si en realidad se sintiese aludido, ya no tendría cara ni lenguajes para hablar de su propia legitimidad.
Él le dijo mirándola a los ojos y con ira de volcán: tu hija me estorba, me fastidia, si no te deshaces de ella, me largo de aquí. Esa noche ella asfixió a su niña de dos años.
Estas muertes no conmueven al poder, no lo escandalizan ni le quitan el sueño. Se reúnen los presidentes de nuestra América latina. Discursos van y vienen, sólidos unos y fofos otros. Se habla de los grandes problemas, del desarrollo, de la economía. Se gasta el tiempo hablando de ideologías y de ideales, algunos obviamente fatuos, y hasta de ética. Pero no se toca el tema del hambre, de la miseria, de la falta de trabajo, de la falta de vivienda. No se dice nada sobre la existencia de un excedente absurdo de violencia en el poder político. No se dice nada sobre el deterioro de los lenguajes de la maternidad, de la paternidad. Tampoco se hace referencia a los deterioros del poder expresados en la corrupción, en la ignominia, en las violencias asesinas que sirven de modelo para la violencia intrafamiliar.
Ya nadie quiere recordar que es absolutamente cierto que mientras haya un niño asesinado en casa o fuera de ella, ningún poder se halla suficientemente legitimado para afirmar que en su país se respetan los derechos y la vida.

