Donald Trump tiene razón: él podría decir las mayores estupideces, y sus seguidores igual lo aplaudirían. Acaba de afirmarlo casi textualmente en un mitin electoral llevado a cabo en una ciudad de Tennessee. Ergo, el problema no es él sino los ciudadanos fanatizados que, sin importar lo que diga o haga, lo eligen. Como borregos.
En política el fanatismo tiene elementos religiosos, aunque no sean necesariamente obvios. Se trata de un asunto de fe: la gente cree a ciegas en un caudillo y está dispuesta a tergiversarlo todo con tal de sostener su creencia. Y aquello que siembra dudas es rechazado como una maniobra de sus detractores.
El fanatismo se caracteriza por una adhesión dogmática e irracional a ideas u opiniones, anula el pensamiento crítico y rechaza cualquier punto de vista diferente. El fundamentalismo, por su parte, es el sometimiento absoluto a una doctrina que combina elementos religiosos y políticos. Ambos conceptos van de la mano.
Karen Armstrong, quizás la mayor historiadora viva del planeta, sostiene que el concepto de fundamentalismo fue desarrollado en Estados Unidos a comienzos del siglo XX, como una respuesta de los protestantes más conservadores frente al avance de la modernidad. Era inexistente en la cultura islámica, hasta que se lo empezó a utilizar como estrategia política para estigmatizar a los grupos radicales. Según ella, ni siquiera existe una traducción exacta del término al idioma árabe.
Fue la arremetida de las potencias imperiales occidentales en contra del mundo islámico la que terminó provocando el surgimiento de movimientos radicales que echaron mano del terrorismo como forma de resistencia. Durante los últimos 50 años, el agravamiento de la intransigencia político-religiosa no ha hecho más que profundizarse.
George W. Bush, presidente republicano, fue el primero en estructurar un discurso religioso para justificar las invasiones de Irak y Afganistán. Desde el argumento de la justicia divina, sostenía que Dios le había encargado terminar con las tiranías en esos países. Y contó con la venia de toda la sociedad gringa para llevar a cabo su sacrosanta misión.
Esta idea de emprender cruzadas contra el mundo islámico ha sido retomada por Donald Trump. La única diferencia con las cruzadas de hace un milenio es que entonces se intervenía a nombre de la cristiandad, y ahora se lo hace a nombre de la democracia, aunque ninguno de los dos principios justifique su aplicación a sangre y fuego. No obstante, la apelación a una fe colectiva en la palabra de Trump pretende borrar la bestialidad de la guerra. Y lo más escalofriante es que funciona.
Acá en el Ecuador tenemos un presidente profundamente creyente (basta señalar sus nombres de pila para confirmarlo) que ha decidido alinearse con esta visión fundamentalista impuesta desde Washington. El gobierno apela a la confianza ciudadana como un recurso imprescindible para ganar la guerra contra el crimen organizado. Un acto de fe general a pesar de las evidencias en contra. Quien duda es un enemigo de la patria.
Octubre 17, 2026

