Walter Benjamin, célebre filósofo alemán de la primera mitad del siglo XX, acuñó el concepto de violencia divina para describir una violencia social pura, fulmínea, destituyente, cuyo principal objetivo es destruir el orden legal establecido. Benjamin toma el ejemplo de la rebelión de Korah en contra de Moisés, un acto que, según la Biblia, se saldó con la intervención implacable de dios en contra de los rebeldes.
El estallido social que viven varios países europeos puede ser interpretado desde esta óptica. En efecto, las revueltas estudiantiles no parecen tener otro objetivo que el cuestionamiento radical a un sistema que niega derechos fundamentales. No se percibe un proyecto político ni una propuesta en el sentido clásico de estos conceptos. Más bien hay rabia e indignación espontáneas. Y, sobre todo, una decepción profunda con el sistema. El vandalismo, entre otras manifestaciones, es una forma extrema de expresar esta violencia incubada por décadas de frustración.
Tomemos únicamente uno de los principales elementos que está detrás de este conflicto, y que ha concitado el análisis de innumerables representantes de la intelectualidad europea: la migración. En efecto, las posiciones van desde aquellos que le atribuyen a la migración, sobre todo africana y musulmana, el origen de los disturbios, hasta aquellos que se centran en las desigualdades sociales propias de las sociedades capitalistas. Casi ninguno se atreve a plantear el problema desde una diferencia global estructural, que implica que los países ricos del norte se conviertan en un imán para millones de personas marginadas y empobrecidas del sur.
Si los países ricos tienen que lidiar con el fenómeno de la migración legal e ilegal de ciudadanos de los países pobres es porque llevan siglos beneficiándose de esta anomalía económica. Mientras el llamado mundo desarrollado garantiza bienestar para la mayor parte de su población, el llamado mundo subdesarrollado tiene que enfrentar todas las taras del atraso: pobreza, violencia criminal, falta de servicios y un largo etcétera de deficiencias crónicas que imposibilitan una vida medianamente decente.
Y en esta ecuación, hasta la izquierda europea se hace la desentendida, pues de estas desigualdades globales también saca provecho. Cualquier militante de izquierda goza de condiciones de vida abismalmente superiores a las de cualquier llamingo del tercer mundo.
En esas condiciones, los países ricos enfrentan una encrucijada tan dramática como perversa: necesitan migrantes funcionales, pero no quieren migrantes conflictivos. Funcionales son aquellos que trabajan, tributan y buscan integrarse; conflictivo son aquellos que protestan y reclaman. El problema es que no se puede disociar ambas situaciones. Por ejemplo, gran parte de los estudiantes que provocan violencia callejera son migrantes de primera generación. Es decir, son italianos, franceses o españoles, pero siguen sintiéndose marginados debido a su condición familiar. Sus padres cumplieron una misión que ellos no están dispuestos a reproducir.
Octubre 26, 2026

