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Empatía, que le llaman

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“-Dile que me escriba, le ayudo con Avianca y con la autorización de salida del país (sin costo por el trámite, pero sí tiene que pagar la factura notarial, cuyo valor es el mismo en el ámbito nacional). Te mando mi número por interno”.

Entonces, Aracelly había perdido el vuelo, el sueño —las ganas de dormir, pero también y sobre todo la fantasía—, y toda esperanza de ver a su esposo, a su hijo y a su nuera, y con ella la habían perdido su nieto de tres años, que no vive con sus padres desde hace dos, y sus hijos de diez y quince. Ni hablar de los cientos de dólares invertidos que ha pagado religiosamente al banco desde febrero, cuando obtuvo el préstamo para el viaje. Así, sin más, por falta de tramitación de la autorización de salida del país de menores de edad.

Así, porque sí, porque el artículo cualquiera, del Código cualquiera, exige que sepamos de memoria que lxs niñxs y adolescentes ecuatorianxs y extranjerxs residentes en Ecuador, que viajen fuera del país con uno de sus progenitores o terceros, deben contar con la autorización del otro o de ambos, según fuere el caso: el calvario de nuestra legislación y burocracia y de nuestros servicios, que se ofertan a discreción sin rostro, sin asesoría, sin acompañamiento…

“—No se preocupe, mi señora: verá, váyase este mismo rato a la Notaría XXL, ahí le van a estar esperando y le van a ayudar, y me regresa con los documentos y yo le subo al avión”, se vanagloriaba el agente de migración.

Su familia no se demoró en conseguir los 250  dólares que el agilísimo notario cobraría por el trámite y, por supuesto, si Aracelly no sabía del requisito previo, probablemente tampoco conocía la Resolución 005/2023 que fija el valor de la bendita autorización en 5% del salario básico. De hecho, me pregunto si hoy, y como cabeza de familia, sus ingresos bordean siquiera la remuneración mínima. Aracelly es parte de un negocio familiar de peluquería de mascotas a domicilio; #petmotitas, válgame el hashtag.

No contento, el señor notario decidió, por obra y gracia de la hora, que el valor ascendía a 400 dólares. No sé si para entonces Aracelly ya se había desmayado o si el desmayo fue en el aeropuerto, al volver a recoger a los niños, sin autorizaciones notariales, con la puerta del avión cerrada y el llanto de su hija a borbotones: “—Por tu culpa no le voy a ver a mi papito”.

“—Buenos días, señorita, soy Aracelly Conde”.

No hicieron falta rituales, yo esperaba su mensaje y había adelantado gestiones para ayudarla.

“—Te van a llamar de Avianca, es probable que la señora tenga que acercarse a hacer el cambio de boletos personalmente. Si no te ayudan, diles que el proceso fue autorizado por…”. Se cuenta el milagro, pero no el santo.

A la mañana siguiente, sin darle vueltas a las tareas pendientes, me arreglé y pedí un taxi para encontrarme con Aracelly afuera de las oficinas de la aerolínea, en la nunca mejor nombrada avenida República de El Salvador.

Pasamos de la fila a la oficina contigua, nos sentamos y la atención fue impecable, porque en este país lo que ocurre con palancas pasa de primera marcha en subida a quinta en bajada. Finalmente, la penalidad de 112 dólares lo valió todo, porque, aprovechando el anclaje, hice todas las preguntas de rigor:

“-¿Qué pasa si los boletos que compró ayer en el caunter (¡más de 600 dólares!) -para los niños que se quedan con sus padres- tienen una fecha anterior a la del regreso de Aracelly? (tuvo que comprarlos porque los turistas no pueden viajar sin billete de retorno); ¿los agentes de migración nacionales o argentinos podrían negarles la salida o entrada respectivas…?

[…] —Claro, mejor hagamos así, porque si no, tendría que pagar 400 dólares por cambio de tarifa de los boletos que compró en el aeropuerto, y cuyo valor no puede recuperar. En cambio, si usted viene después de que la señora viaje y me trae una carta firmada en la que ella le autorice a modificar la fecha de retorno de su boleto y del de su hijo menor de edad, y puesto que esta tarifa sí se lo permite, yo puedo retrasar el regreso para que esté con su familia los dos meses previstos, y evitar cualquier mal rato con las autoridades…”

Al salir nos abrazamos y lloramos juntas. Me dijo que a ellos —como si fuera cierto que son otros— nadie les explica nada, que en el aeropuerto no le dieron información, que, salvo una empleada de Avianca que le sugirió llamar al 1800-AYUDA y le aseguró que el percance formal del papeleo jurídico notarial era una «contingencia superable», la respuesta fue contundente: había perdido todo.

Me dijo que el día anterior estuvo en la misma calle y en la misma fila (quizás no estuviera el salvador en su república), y que la respuesta fue igual: “—Nada. No tiene derecho a nada”.

Caminamos juntas hasta una cafetería cercana, nos sentamos a respirar e intenté poner en blanco y negro la situación. Revisamos los poderes notariados que le dejaron su esposo, su hijo y su nuera para gestionar cualquier cuestión atinente a sus guaguas, y me aseguré de que fueran suficientes para tramitar las autorizaciones necesarias —sin abogado freelance de por medio que, seguramente aliado con el notario, sea quien emita la facturita por el saldo restante de la Resolución 005/2023—.

Me quedé con los tickets impresos y con los poderes, y estoy preparando la documentación necesaria para que la próxima ida al aeropuerto esté llena de sorpresas, pero de las buenas.

“—Gracias por tu inmensa ayuda. ¿Te parece si pagamos la penalidad a medias y depositamos los 112 dólares en la cuenta de Aracelly antes del viaje?

—Sabía que esto no me iba a salir gratis… ¿Por qué eres así, pelusa?

—Porque este país está escrito en un idioma que muy pocos hablamos, y nadie se ha preocupado por ponerle subtítulos para que el 80% de su población lo entienda”.

Aracelly, Abigail, Ángel y Eliel volarán a Buenos Aires el 9 de agosto.

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