Todo mandatario megalómano sueña con quedar inmortalizado en piedra (no en bronce, porque ese se lo roban para hacer pailas de fritada). Y Donald Trump no es la excepción. Su teatralidad, su gestualidad, su verborrea elemental pero hábilmente amplificada por las redes sociales, evidencian un delirio de grandeza difícil de procesar dentro de un sistema democrático convencional. Trump necesita dinamitar las instituciones democráticas para sobresalir.
Dentro del imaginario triunfal elaborado desde la visión imperial de los Estados Unidos, existen objetivos que merecen un capítulo aparte. Únicamente así un presidente podrá ingresar al panteón de los políticos ilustres. En el fondo de sus delirios, Trump seguramente aspira a un monumento de las dimensiones del Mount Rushmore, esa gigantesca escultura tallada en una montaña de granito que inmortalizó a Lincoln, Washington, Jefferson y Roosevelt. Rostros de veinte metros de alto esculpidos en piedra seguramente satisfagan sus aspiraciones de grandeza.
¿Qué trofeo puede justificar un reconocimiento histórico de esas proporciones? Durante las últimas seis décadas, Cuba ha sido la piedra en el zapato de la hegemonía de los Estados Unidos, no solo en la región americana, sino en lo que ese país ambiguamente designa como hemisferio occidental. Y durante todo este tiempo le ha resultado imposible sacarse la piedra. Hasta ahora, todas las estrategias desplegadas desde los distintos gobiernos, ya sean diplomáticas o militares, han fracasado en su intento por doblegar la resistencia del régimen cubano. Cuba se ha convertido en una suerte de obsesión, tanto para los políticos gringos como para una sociedad que terminó absorbiendo un discurso anticomunista manipulado desde el poder. Un discurso fundamentalista desde donde se lo mire.
Desde este fundamentalismo político, terminar con un régimen que supuestamente atenta contra la seguridad interna de los Estados Unidos bien vale la destrucción de un país, la demolición institucional, la devastación de la sociedad. Es lo que propone y pone en práctica el gobierno de Donald Trump. Ni siquiera saben qué hacer frente a un eventual colapso de la isla. Basta con forzarla con regresar al redil, aunque sea en condiciones catastróficas, para justificar un triunfo que calificarán de histórico.
En política, hilar fino es un recurso indispensable, siempre y cuando no se caiga en visiones fantasiosas. En ese sentido, considerar la agresión a Venezuela como un tambo antes de llegar al destino final no luce descabellado. Para la política internacional gringa, Venezuela era un problema menor. Tanto, que bastó un operativo espectacular para torcerle el brazo al chavismo. Cuba, en cambio, sigue siendo un dilema complejo, un hueso duro de roer, un trofeo invaluable. Y Trump se está jugando todo para obtenerlo. Inclusive recurriendo a iniciativas irresponsables y atrabiliarias.
Febrero 6, 2025

