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El rostro de la dignidad versus la máscara de la vergüenza

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“En realidad, no es que sus bromas sean conocidas alrededor del mundo. Es que cada vez más usted se hace conocer en el mundo como una broma”, es esta la frase más áspera con la cual el comediante inglés John Oliver se refirió a Rafael Correa.

Al parecer, en la mirada de muchos ciudadanos ecuatorianos y extranjeros, no son  las declaraciones poco delicadas del Presidente, ni sus insultos de todos los sábados, ni las grotescas alusiones con las que desacredita a los adversarios políticos, ni la prepotencia con que trata a quién opina diferente, menos aún, lo que él considera sus chistes lo que el mundo conoce como graciosos, es él mismo quién se ha convertido en una broma o quizás, deberíamos decir, en un mal “payaso”. 

Parece que el Presidente ecuatoriano se asemeja más a Nicolás Maduro (conocido, el sí, mundialmente por tantos obscenos absurdos) que a un José Mujica. Queda claro que el delirio presidencial de acercarse, aunque sea de lejos, a la  talla revolucionaria de Ernesto Guevara es, por supuesto, otro grotesco mal chiste. 

En la década de los 60s, 70s,  80s y 90s del siglo pasado, América Latina interpeló al mundo con su épica revolucionaria, que contenía desde los procesos políticos de liberación hasta las formas simbólico-estéticas que los acompañaban. El rostro del subcontinente que el planeta conoció fue el rostro de la dignidad y grandeza de sus pueblos, el mismo que al tiempo que hacía visible la máscara de la ignominia, tanto de las dictaduras militares cuanto de los gobiernos neoliberales, marcaba con ésta su abismal diferencia. Así, no por sus gobernantes sino por  sus pueblos, América Latina era querida, respetada y admirada por la humanidad decente que habita en los distintos territorios del planeta.

En el caso particular de este país, del extremo Occidente, no muy presente en la conciencia del subcontinente, menos del planeta, fue la lucha de descolonización de los pueblos indígenas, que como en otras épocas de la historia colonial se mostró en el levantamiento del 90, la que procuró un rostro digno a toda la sociedad ecuatoriana, con el cual nuestra frágil identidad se fortalecía. 

La sociedad ecuatoriana, dignificada por la lucha indígena, no permitió que los gobiernos serviles al capitalismo denigraran su vida presente y futura.  Así, tres gobiernos indecentes fueron depuestos de manera consecutiva por la voluntad de un pueblo soberano, que se hizo conocer y respetar en América Latina y el mundo.  Ese pequeño país perdido en los Andes, del que muy pocos sabían, había mostrado ante el planeta todo su inmensa dignidad.   

En apenas ocho años de gobierno de Alianza PAIS, el rostro de la dignidad que construimos en décadas de lucha se desdibuja con el surgimiento del simulacro progresista, con el cual el actual gobierno, otro más de los serviles al capitalismo, intenta por un lado, disimular nuestro anclaje cultural ancestral y campesino y, por otro, simular un desarrollo moderno que lejos está de ser periférico y colonial. 

La dignidad que conquistamos y con la cual podíamos haber construido una sociedad fundada en la riqueza  cultural de los distintos pueblos que cohabitan el Ecuador, está siendo arrasada por las mentes colonizadas y enajenadas que una vez más nos gobiernan. Estos revolucionarios de caricatura tanto deliran con ser los herederos del Che Guevara, ¡cómo envidian la vida suntuosa de los centros capitalistas! Es esta aparente contradicción, entre creerse revolucionarios y anhelar vivir como los dominadores coloniales, lo que los convierte en un mal chiste, que lamentablemente hace reír a muchos ciudadanos extranjeros como John Oliver y tantos otros porque ven a los payasos desde lejos: para los que tenemos que convivir con ellos y sufrir sus malos chistes, la cosa no es tan graciosa.

Entre broma y mala broma, se ha firmado el TLC con la Comunidad Europea; se ha dado paso a la explotación petrolera en el Yasuní, se ha emprendido la explotación minera a gran escala, es decir se ha profundizado el extractivismo; se ha extendido y casi institucionalizado la corrupción, se criminaliza la lucha social y la libertad de expresión y opinión; se ha instaurado un poder autoritario concentrado; se humilla permanentemente la dignidad de quienes disienten del proyecto gubernamental; se persigue a periodistas; se maltrata los derechos de las mujeres, de las diversidades sexuales, de los trabajadores, de las comunidades indígenas; se persigue, enjuicia y encarcela a estudiantes, dirigentes sindicales, dirigentes anti-mineros, ecologistas, etc.     

Retornando a los comentarios del cómico inglés sobre la actitud del primer mandatario, personalmente,  después de la risa que sus buenas bromas produjeron en muchos, me invadió la vergüenza, no la ajena que debía provocarle al aludido, sino la que estamos obligados a sentir por haber permitido que un grupo de sujetos delirantes desdibuje nuestra dignidad imponiéndonos su desvergüenza.

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