A Esteban Torres, viceministro de Gobierno, le están dando una cucharada de su propio purgante. Siendo militante de un partido político que ha hecho de la extorsión y el chantaje legislativos su modus operandi, no debería sorprenderse. Ni mucho menos quejarse. Sus coidearios socialcristianos han solicitado al Presidente de la República que lo pongan en hibernación, solamente por haber destapado una supuesta conspiración legislativa para tumbar al gobierno. Una más de las tantas que hacen de la Asamblea Nacional el motivo predilecto del escarnio público.
El episodio ratifica la profunda desintegración de nuestro sistema político. El principal problema de la política es que no es precisamente eso: política. Es decir, ese espacio público donde las distintas fuerzas de la sociedad de disputan un proyecto colectivo de país. A cambio, lo que tenemos es un pantanal donde se entretejen y confrontan intereses particulares, grupales y hasta personales.
Por eso la pugna de poderes sobre la cual el viceministro Torres enciende las alarmas, y cuya dinámica debería se considerada un proceso normal de la contienda democrática, genera tantas suspicacias. La gente se pregunta qué es lo que realmente ocurre detrás del conflicto, qué grupos de poder están presionando a fin de acorralar al gobierno.
El escenario se vuelva más turbio si partimos de la suposición de que las tres fuerzas políticas enfrentadas (socialcristianos y correístas, por un lado, y el oficialismo por el otro) tienen varios intereses estratégicos en común. Por ejemplo, el modelo de desarrollo extractivista, la articulación del país al capitalismo transnacional, el combate al crimen organizado desde estrategias autoritarias. ¿Qué explica, si no es el mal reparto, esta confrontación tan virulenta?
El panorama se enrarece aún más con los acuerdos y alianzas absolutamente utilitarios que se generan a partir de estas diputas. Ahora resulta que el mal llamado progresismo ecuatoriano se convierte en burro pie de un personaje —la vicepresidenta Verónica Abad— ubicado en las antípodas de la izquierda, con el único fin de ponerle una zancadilla a los afanes reeleccionistas de Daniel Noboa (porque lo del indulto al expresidente Correa suena a cuento chino). ¿Qué quedó del pacto por la gobernabilidad que durante tres meses permitió aprobar las leyes más reaccionarias y antipopulares de los últimos tiempos?
Lo irónico de la situación es que, en el ánimo de desacreditar a sus antiguos aliados legislativos, el viceministro Torres escupe al cielo. Porque él no solo sigue siendo socialcristiano, sino que fue asambleísta. Sabe perfectamente con quién está tratando y en qué terreno está pisando. Hoy maldice tener que pasar bajo el mismo rasero impúdico que aplicó cuando estaba del otro lado.

