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El horror de ser solo espectadores

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Dos hechos recientes, protagonizado por adolescentes uno de ellos, me han dejado consternada: el ataque físico de una estudiante a otra joven, perpetrado en el parque del Itchimbía, y el arresto de 40 personas que trabajaban en un call center, para ofrecer préstamos y luego extorsionar a los clientes que lograban enganchar y endeudar.

En el primer suceso, además del horror por la violencia con la que la agresora golpea a su víctima, lo más estremecedor es que hubo quienes filmaron videos, pero no hicieron nada para evitar los ataques, menos todavía para tratar de separar a las muchachas y peor aún para defender a la joven vapuleada a discreción, con saña y hasta fruición.  Al contrario, los videos registran voces que incitan a la atacante y le recomiendan golpear a la menor abatida, en la cara y en la cabeza. Sobrecoge apreciar el rostro de satisfacción de la agresora, y su expresión casi triunfal, cuando observa a la joven en indefensión, abatida en el suelo, con heridas o magulladuras, mientras la arrastra por las escaleras.

¿Como comprender este hecho? ¿Por qué los testigos solo actuaron como espectadores, es decir pasivamente, y sin capacidad ni siquiera de reaccionar, menos de actuar? ¿Acaso solo miraron sin ver, sin conciencia del dolor que estaban presenciando y sin sentir ni una gota de compasión, por no sentirse afectados por esa violencia?

¿Qué pasó luego? De eso ya no hay ninguna imagen. ¿Luego del espectáculo de sevicia surgió algún espacio de reflexión en el colegio en el cual ambas chicas estudiaban? ¿O en los hogares de las familias de los jóvenes intervinientes? ¿Tenemos conciencia del daño social y del deterioro de los vínculos sociales que evidenciaron ese acto?

El otro hecho es también brutal, aunque su contenido divulgado contenga menos morbo. Muestra la impavidez e indiferencia de los trabajadores de esta empresa que presuntamente ejecutaban llamadas para extorsionar a sus víctimas. Los chantajes, según información difundida en medios de prensa, se ejecutaba mediante el envío de videos con un contenido de violencia extrema y hasta con montajes para menoscabar su imagen.

¿Tales tareas suscitaron algún rechazo por parte de los contratados? ¿Pensaron en el daño que sus acciones provocaban en las perjudicados de sus falsificaciones? Presumiblemente no, pues continuaron laborando. Supongo que prevalecieron la indolencia, el ensimismamiento y la amoralidad. Si, la amoralidad, es decir la carencia de sentido moral, y la ausencia de valores éticos y de capacidad de responsabilizarse, por parte de los apresados.

He leído que frente al caso de las estudiantes las voces de los responsables de la educación apenas aluden a la degradación de las relaciones sociales que este hecho sugiere. Tampoco he apreciado que el hallazgo del call center para engañar y atropellar supere el ámbito de la crónica roja y se lo muestre como otro ángulo de la anomia que parece haberse instalado en Ecuador.

¿La naturalización de la indiferencia a qué responde? ¿Se sienten concernidos los maestros, los padres de familia, los activistas en favor de la niñez y de la adolescencia, los actores de la investigación social académica, las autoridades y los dirigentes políticos y sociales?

¿Con estas insensibilidades institucionales y colectivas pensamos combatir la inseguridad y el incremento de las violencias?

 

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