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El atávico sectarismo de las izquierdas

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El 30 de agosto se cumplió el plazo para inscribir las candidaturas presidenciales para las elecciones del 7 de febrero. Todo el mes de agosto causó expectativa el proceso de unidad de las izquierdas que vaticinaba un binomio único y potente para esta tendencia ideológica. Vinieron las conversaciones y cada día un nuevo relato se posicionaba, mientras esa posible unidad llenaba de esperanza a los militantes de los partidos participantes del diálogo, a los simpatizantes de las izquierdas a “intelectuales inorgánicos”, trabajadores y miembros de los movimientos sociales incluyendo antineoliberales y antifascistas.

Se negociaba y la candidatura a la presidencia decantaba en Luisa González (RC), representante de la organización que ha tenido más votos. Sin embargo, aparecían reticencias propias del anticorreismo en el PK y el socialismo, mientras Pedro Granja (PS) en redes sociales confrontaba con el caudillo Correa, en ese estilo particular del debate político guayaquileño, cargado de chispa y provocación.

Al final no salió humo blanco. No era difícil que esto ocurra. Desde el inicio del proceso unitario Correa descalificó a quiénes se sentaban en la mesa con sus operadores políticos y la Unidad Popular dijo “que con el correísmo no van”. Desde la primera reunión que tuvieron las izquierdas en la Casa de la Cultura su vio desunión. Lo que mal empieza mal acaba, pero la esencia de este proceso tiene un nombre: sectarismo, definido por la RAE como “fanatismo e intransigencia en la defensa de una idea o una ideología”.

Dado el atávico sectarismo de las izquierdas, lo raro era que se logre la unidad. El sectarismo ha sido una característica de las izquierdas de todos los tiempos, una identificación propia de los zurdos de todas las latitudes, una marca de nacimiento desde lejanos tiempos anteriores a la Segunda Internacional en donde “los puros” motejaban de revisionistas, renegados o socialdemócratas a los que se alejaban de la línea radical confrontadora. Desde esa intransigente defensa de principio se ubicaba en la vereda del “burgués” antagonista al diferente y desde mediados del siglo pasado, si el desviado tenía aceptación, se le aislaba acusándolo de Agente de la CIA.

El sectarismo de la izquierda en el fondo justificaba prácticas para mantener los feudos políticos, la vida de ese partido marginal y minúsculo controlado por un señor feudal llamado Secretario General en los viejos tiempos de la izquierda, ahora llamado presidente del partido, al pasar de moda lo secretarial. Pero quizás recordando a Lenin, el ruso, al pactar con los mencheviques o a la izquierda francesa que desde una posición madura se unió hace pocos meses ganando las elecciones, varios colectivos tuvieron la esperanza en un proceso de unidad. En ese imaginario zurdo, el caudillo Correa dejó actuar a Andrés y a Luisa, y Leónidas Iza aplacó los resentimientos de sus bases contra el correísmo, avalado por el acercamiento que, en diversos momentos, ha tenido el actual presidente de la CONAIE con la Revolución Ciudadana y con el negociador de esta tienda, Andrés Aráuz.

Lo lógico hubiera sido que la más grande maquinaria electoral, el progresismo (RC) se una con el brazo político (PK) del más grande movimiento social (CONAIE) en una candidatura Luisa – Iza o al revés, constituyéndose en un polo de acumulación o de atracción a los partidos más pequeños, como el Socialista, Centro Democrático y Reto, ya que la UP se desmarcó al día siguiente de la primera reunión. Pero a medida que los días pasaban, la RC quería que Leónidas Iza desista de la candidatura y le proponían que vaya a la Asamblea Nacional. Pronto se vio que la RC y Reto, el partido del alcalde de Guayaquil Aquiles Álvarez (un correismo de derechas disfrazado y con nombre propio), tenían ya un binomio cuajado, al tiempo que Iza develaba una posición purista, una agenda étnica que recordaba a ratos al “Mallku” boliviano.

Luego se dieron los acercamientos entre el PK con Centro Democrático, una vez que el PS decidió ir solo, acuerdo que se rompe cuando PK cuestiona la candidatura vicepresidencial de Gema Ormaza porque habría participado con UC Global una empresa que espió al activista Julian Assange en favor de la CIA (¿la recuerdan?).

Quedan 16 de los 17 binomios originales. La Revolución Ciudadana emula con Reto su famoso UNES del 2017, donde creía engañar al elector con una alianza inexistente. Los otros participantes del proceso de unidad van cada uno por su lado, ni siquiera repitieron la alianza clásica del 2021 y del 23: PS- UP-PK. Las pequeñas y marginales tiendas de la izquierda participarán para perder estrepitosamente. Según Omar Maluku tendrán estos números: Iza (PK): 3.2%, Granja (PS): 2.1% y Escala (UP): 1.6%. El Centro Democrático con José Serrano hubiese alcanzado el 3.2%, pero este declinó su candidatura y Ormaza en otro estudio tiene un 1.8 %. Esa izquierda atomizada sale a disputarse las curules de asambleístas nacionales y provinciales a dentelladas y desde la división es probable que tengan una ínfima representación.

Según la misma encuesta de Maluk, Luisa González tiene por ahora el 39% y Daniel Noboa el 31%. Si se mantienen, más o menos esos números se cumpliría el axioma electoral ecuatoriano reciente: la RC pasa como primera finalista a la segunda vuelta y cualquiera que pase de segundo ganará la Presidencia (en este caso Noboa). Falta mucho tiempo para las elecciones, pero como no hay un segundo finalista afín a la socialdemocracia, continuará el neoliberalismo y seguiremos en la línea los presidentes Moreno, Lasso y Noboa. Mientras tanto, Correa ya se cura en salud anunciando que habrá otros atentados como el de Villavicencio para quitarles votos.

El sectarismo es el nombre de este proceso de unidad. Los cándidos que esperaban la unidad sin duda están tristes, quienes somos más pesimistas, no. Esperemos las elecciones, tomando en cuenta que gane quien gane, lo estratégico es la organización, la educación popular y la movilización.

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