Dime por quien votas y te diré que clase de persona eres. A esto se ha reducido la política y la discusión electoral en el Ecuador, a una falsa, pero a la vez peligrosa disyuntiva entre “buenos” y “malos”; producto de una irresponsable moralización de la disputa electoral por el poder, que solo alienta el espíritu confrontativo de quienes miran en la polarización su única estrategia para mostrar algo de identidad política frente a sus adversarios y, de paso, captar votos. Situación que, pese a no ser nueva, tiene un ingrediente adicional en estas Elecciones Generales de 2025. Y es que, durante la campaña electoral de primera vuelta, pero más aún, luego de que se publicaron los resultados oficiales de la elección presidencial del pasado 9 de febrero, algunos políticos, se atrevieron a definir e incluso a tipificar la condición ética y moral de cada ciudadano por su voto, con narrativas que hasta ahora estimulan estereotipos.
En efecto, los políticos, las personas menos confiables por sus múltiples contradicciones y cuestionamientos, señalaron con el dedo y se sintieron con derecho a denostar la capacidad de análisis, los argumentos y las razones de quienes no votaron por ellos, encasillándolos -sin discriminación alguna- con un grupo de electores fanáticos o, lo que es peor, asociando su decisión con la ilicitud y la criminalidad que atormenta a varias zonas del país. Es así que, políticos con liderazgos neuróticos, en ausencia de una mínima porción de inteligencia emocional y sobriedad política, para administrar con altura sus propios fracasos y temores, optaron por el camino más sencillo y cobarde al reavivar viejos prejuicios, entre ellos, una aberrante tipología del votante regional ecuatoriano: costeño (supuestamente empático con la delincuencia y el crimen organizado) y serrano (aparentemente más racional, culto e inteligente).
Por si fuera poco, la moralización de la disyuntiva político electoral por el poder, no es la única responsable del ambiente de polarización que vive hoy el Ecuador, junto a esta, se encuentran campañas con cero propuestas y un manojo de angustias y miedos, dirigidos a los votantes, como la desdolarización, la instauración de un régimen similar al chavista o, la continuación de un camino sin rumbo al amparo de un proyecto personal y familiar elevado a la institucionalidad del Estado. Pero, ¿por qué ocurre esto? Básicamente, por la falta de respeto y reconocimiento político hacia el adversario, a quien se busca no solo ganar en la elección, sino también destruir.
¿Y cuál es la reacción de los ciudadanos frente a este escenario? El miedo a expresar en público o, peor aún, murmurar por quién van votar, por temor al escarnio y al repudio de los otros, sin darse cuenta que, este mismo acto de silencio y autocensura no es propio de la democracia.
Por ello, hay un hecho que no puede quedar desapercibido, y es que, la construcción política, simbólica y narrativa que cada candidato y organización política hizo del “nosotros” y del “ellos”, sirvió para tensar la cuerda de la cohesión social al punto que, cualquiera de los dos candidatos que gane la elección presidencial el próximo 13 de abril, podría hacer que esta se rompa por completo, porque nos hemos vuelto un país hostil con la pluralidad de ideas.

