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Ecuador: entre listos y solidarios

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“Estoy aquí solo. Son ya seis meses desde que salí de mi país. No había trabajo ni nada que comprar en los mercados. Mi esposa y mis hijos pequeños  esperan que reúna el dinero para traerlos; trataremos de ir al Perú, donde tengo unos amigos, o quizá a España, algún día lejano. Pero lo de allá no se lo aguanta nadie. Es muy doloroso (calla), ver como esa gente que gobierna acabó con todo, destruyó nuestras vidas, nuestro futuro. Se robaron todo. Nos cayó la peste”. Es la tarde del sábado 16 de abril y quien  me lo cuenta es el mesero de la cafetería a la que suelo acudir con cierta frecuencia. Es ingeniero civil y nació en Venezuela hace aproximadamente treinta y cinco años.  “Siempre fui ‘derecho´ y me gradué con honores… allá eso no sirve de nada. Tengo compañeros que hacían trampa desde la universidad, ellos son los únicos enchufados”.  

Minutos después, ya en mi departamento, siento que todo se mueve. Es un décimo piso. Libros, adornos, cuadros ruedan por el piso. El miedo es casi incontrolable. Son segundos eternos, hasta que al fin pasa.

Transcurren casi dos horas y nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que ocurrió. Los canales del gobierno  y los privados mantienen su programación normal; la ley mordaza cumple su objetivo, silencia todo para que sólo la voz oficial prevalezca. Únicamente las redes sociales dan cuenta de la magnitud de la tragedia. Un terremoto de 7.8 grados que devastó pequeños y grandes poblados de Manabí y causó estragos en casi toda la costa. Poco a poco vamos enterándonos de la gravedad de las cosas y las imágenes son desoladoras.

Trato de ponerme en el lugar de las víctimas pero es imposible escribir sobre aquello que no se ha vivido. Imposible dar cuenta del dolor de perderlo todo, de la angustia y la desesperación de quien busca entre los escombros al hijo, al hermano, a la madre. Imposible imaginar el dolor de salir por un helado para el hijo que espera, sentir el temblor de la tierra y regresar cuando el hijo ya no está, cuando de él ya sólo queda un cuerpo destruido por la catástrofe. Cómo imaginar el miedo de aquel niño en la soledad del cuarto que se bate y luego se derrumba.  Cómo saber de la angustia de quien bajo los escombros sobrevive algunos días; cómo intuir siquiera su miedo, la desesperación por ser escuchado, porque sus gritos o susurros, su llanto o sus quejidos le traigan al fin la ayuda que lo salva. Y el miedo al futuro, y, al mismo tiempo,  la voluntad de vivir y reponerse. Ese instinto feroz que nos aferra a la vida, que nos hace perseverar. Y seguir.

Pero la gente lo intuye y hace propio el dolor ajeno. El domingo 17 se produce una manifestación gigantesca de solidaridad con las víctimas de la tragedia. La sociedad civil, esa a la cual el Presidente había calificado de peligrosa, se moviliza espontáneamente. Millares de personas ponen lo poco o mucho que tienen; se hacen cadenas humanas para transportar vituallas y alimentos a los centros de acopio. Millares de personas en todo el país prestan sus manos para llevar ayuda a los damnificados. Conmueve la solidaridad de tantos. Es una fiesta de la solidaridad que conjura la muerte y el dolor;  del amor  solidario que reivindica la humanidad y la vida. Es la solidaridad de la sociedad civil que se organiza para suplir la inoperancia de un Estado hipertrófico y parasitario.

Pero las mentes totalitarias tienen miedo a la sociedad civil, a los ciudadanos y a su participación espontánea y libre. Para ellos el Estado es todo, como afirmó el Presidente, allá en el Vaticano. Habrá entonces que conmutar esa participación, o cooptarla, como lo vienen haciendo desde hace nueve años.

Hacia el final de ese domingo el Presidente, tras un apresurado regreso en su avión privado, ofrece su primera rueda de prensa sobre la catástrofe: se conduele del dolor de las víctimas, justifica la compra del avión de 50 millones pues mientras cruzaba el Atlántico recibió llamadas de un par de homólogos; menciona otras generalidades  y concluye afirmando que todo está coordinado y listo. Se despide con un su tradicional ¡Hasta la victoria siempre! Su intervención ha durado 6 minutos. Obviamente no hubo espacio para preguntas. Es la vacuidad absoluta, demostración palmaria de que no hay nada: ni información completa de lo ocurrido, ni planes de contingencia, ni recursos para afrontarlos. Pero hay algo que ha dicho y que advierte por dónde vienen los tiros: es la catástrofe más grande sufrida por el Ecuador desde hace 67 años y sus costos son gigantescos. No hay una evaluación completa pero ya se sabe que la infraestructura económica (refinerías, oleoductos, hidroeléctricas, etc) no ha sido gravemente afectada. Pero ya está, el  Presidente lo ha dicho, es la más grande y costosa, y punto.

A partir de allí vendrá lo que para el gobierno ha sido siempre su tarea más importante: poner en funcionamiento el aparato de propaganda y construir nuevamente un gigantesco simulacro; falsear la realidad para que la ineptitud, el escandaloso despilfarro de los años pasados, la profunda crisis económica y nula preparación para las contingencias, desaparezcan tras el manto opaco  de la propaganda y el eslogan. Ecuador listo y solidario, es el nombre que le dieron al enorme montaje publicitario con el que se pretenderá que olvidemos que  se gastaron todo, que el fondo para emergencias desapareció en medio de la vorágine del despilfarro, que desaparecieron la Defensa Civil y crearon una institución con el ampuloso nombre de Secretaria de Gestión de Riesgos, tan inoperante que ni siquiera maneja los protocolos básicos para la gestión de una catástrofe natural.     

El Presidente de los aviones privados, el que días antes estuvo paseando su ego por los Estados Unidos y el Vaticano acompañado de una enorme comitiva de aplaudidores y corifeos; el de los grandes banquetes y el chef belga; el que creó una burocracia de altos funcionarios con chofer a la puerta y guardaespaldas; el que gastó enormes cantidades de dinero en edificios tan presuntuosos y vacuos como su ego; ese, ese Presidente que no demostró ningún rasgo de solidaridad con los ecuatorianos que afrontábamos la crisis económica y el desempleo, es ahora fotografiado recorriendo las zonas de desastre, consternado y lloroso ante las víctimas; trapeando pisos ante las cámaras para completar el show propagandístico de la ayuda humanitaria.  Claro, cuando él piensa que las cámaras no lo graban, amenaza con mandar a  detener a quien grite o llore, porque estamos en emergencia, y él también es juez y convierte en delito cualquier cosa que le fastidie.  

Luego, el intento de centralizarlo todo, para que las donaciones privadas pasen como donativos de la Revolución Ciudadana. Posteriormente el paquetazo solidario con impuestos para cubrir unos costos aparentemente sobredimensionados y que muy probablemente servirán para apalancar una nueva campaña electoral con fondos públicos y cubrir el enorme déficit presupuestario. Nuevamente la sociedad civil y los ciudadanos asumiendo los costos de la tragedia, cubriendo la bancarrota a la que nos condujeron este grupo de irresponsables. Nos queda claro,  la sociedad es la solidaria y otros son los listos.

Las tragedias o las guerras suelen ser utilizadas por el poder, y especialmente por las dictaduras, para enmascarar sus errores y convocar a la unidad tras la figura del déspota de turno. Eso sucedió, por ejemplo, con la Guerra de las Malvinas. Y Chernóbil es quizá uno de los casos más dramáticos. Nos lo cuentan dos de los entrevistados por Svetlana Alexiévich: “Pero lo que les preocupaba no era la gente, sino su poder. En un país donde lo importante no son los hombres sino el poder, la prioridad del Estado está fuera de toda duda. Y el valor de la gente se reduce a cero.”  Y el otro;  “Chernóbil representó un respiro  para nuestro sistema, un poder que se diría agonizante. De nuevo vino la época de las medidas extremas. La redistribución. El racionamiento. Como antes, que nos metían en la cabeza eso de «si no hubiera habido guerra», entonces también surgió la posibilidad de achacarlo todo a Chernóbil.”

Por esto último, y  para que tratemos de romper el simulacro del aparato de propaganda, es que empecé refiriéndome al relato del amigo venezolano. La crisis ya estaba instalada en el país antes del terremoto. La crisis es producto del mismo modelo inescrupuloso, despilfarrador y torpe que llevó a muchos venezolanos a tratar de encontrar un mejor futuro en otras tierras. La crisis es el producto de esa peste que asola los países cuyos gobiernos se autodenominan socialistas del siglo XXI.    

“Sé únicamente que hay en este mundo plagas y víctimas y que hay que negarse tanto como le sea a uno posible a estar con las plagas”, Albert Camus, La peste.
 

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