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Incertidumbre, desinformación y desconfianza social

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La conquista de espacios estatales y de gobierno nacionales y locales por parte de elementos del crimen organizado crea un clima de preocupación, de desconfianza y de incertidumbre. La penetración de las organizaciones políticas por un alto número de personas no calificadas, y quien sabe descalificadas, instituye un espacio público político repleto de suspicacias, con alta incompetencia, y poca respetabilidad. En ambos ámbitos el país ha sido testigo de hechos preocupantes y bochornosos.

En este entramado, la invasión de múltiples versiones, incluso desde los ámbitos oficiales, desconcierta a los ciudadanos pues produce un ambiente de opacidad, escepticismo y menoscabo frente a dignatarios, autoridades y funcionarios de todos los niveles.

Este es el panorama para millones de ecuatorianos. Interactuar en los espacios públicos y sociales resulta complejo y demandante. Estamos siendo obligados a escrudiñar para reconocer y discernir de entre la diversidad de posiciones que prevalecen, entre aquello que es información de calidad, con fundamentos, y lo que proviene de narrativas hábilmente dispuestas pero que terminan siendo un engaño, una patraña. El riesgo de equivocarnos es enorme.

Intentar recurrir a datos y estadísticas de acceso público, supuestamente, es otra odisea. Esta información no siempre está actualizada, tampoco es accesible, o sus contenidos se contraponen con los de otras fuente oficiales. Y, como el periodismo de investigación lo ha revelado, también existen datos trucados y hasta falsos. El entorno que ello crea es el de un ecosistema opaco, y lleno de restricciones para acceder a la información pública.

¿A quiénes nomás afecta esto?  ¿Solo a quien pretende comprender y examinar la realidad o también a quienes deben tomar decisiones y elecciones sobre los más diversos temas?  Afecta a todos los segmentos sociales, incluso a quienes no tengan conciencia de ello. ¿Y a quien le importa más allá de a un pequeño grupo?

El ejercicio se dificulta todavía más cuando en lo que leemos, escuchamos, miramos o conocemos encontramos ingredientes en los que percibimos la mano de la inteligencia artificial, aunque estén plenos de verosimilitud. ¿Existen voces autorizadas? ¿En qué información confiamos? ¿Qué versión es la que aceptamos como la más valedera?  ¿Qué papel tiene la duda? ¿Aporta a la desconfianza social?

Leonardo Padura escribió hace pocos días en El País un artículo<https://elpais.com/opinion/2025-07-06/incertidumbre.html&gt; en el que reflexiona sobre el peso que implica la incertidumbre en una sociedad. Y sobre la generalización de la desinformación, sobre todo la que es urdida por quienes se califican y son vistos como los líderes del mundo. Fernando Vallespín vuelve a referirse en El País a este asunto<https://elpais.com/opinion/2025-07-13/trump-principe-del-caos.html&gt;.

¿Cómo enfrentar la incertidumbre, no la que proviene del desconocimiento y de ignorar qué nos depara el futuro, sino la que nace de la dificultad, casi imposibilidad, de desentrañar entre lo que es real o evidente; entre lo ficticio y lo facticio; entre lo que nos muestran y lo que nos ocultan?

Hace un siglo y más, el pensador, periodista e investigador Walter Lippmann, se preguntaba sobre lo que el periodismo puede entregar a sus audiencias. No ponía en duda el valor del periodismo sino advertía las “lentes subjetivas” que acompañan las visiones del mundo que entregan los reporteros. Lippmann estaba interesado en estudiar la fragilidad de la prensa que no puede “traducir toda la vida pública de la humanidad”. Frente a ello añadía que las cuestiones privados de los individuos ricos, famosos, exitosos y cosmopolitas del mundo son los asuntos públicos de la humanidad, los que influencian en su devenir histórico. Su afirmación indicaba que la distinción entre los asuntos públicos y los privados prácticamente desaparecía en función del punto de vista de aquellos poderosos. Ahora, en la segunda década del siglo XXI, además de concordar con tal caracterización, podemos agregar que las conversaciones de quienes se sienten y son vistos como omnipotentes contienen también toda clase de desinformación. Estos ingredientes parecerían dirigidos a debilitar el lazo social, a volverlo inviable. Si fuera así, nuestro reto es persistir en la necesidad de fortalecer los espacios sociales, ciudadanos, y no dejarnos arrastrar por la desconfianza y el ensimismamiento. ¿De quién depende esto?  Mucho de nosotros, por supuesto.

 

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