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Descifrando a Daniel

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Hace poco más de seis meses escribí una columna acerca de la deriva de la derecha ecuatoriana en general y de la quiteña en particular, al calor de la consulta popular del 5F. Hoy una vez más escribo en caliente, porque a muchos el fenómeno Daniel Noboa nos ha dejado más preguntas que respuestas. Por supuesto, con tanta premura es imposible hacer una radiografía precisa de lo que ha sucedido el día de ayer, pero trataré de plantear una serie de ideas que, con más calma y datos, permitan entender qué es lo que la mayoría de analistas no vimos en Daniel pero evidentemente un gran segmento de la población, sí.

Lo primero es aceptar que es la hora dorada del candidato millenial. La llegada al poder de Nayib Bukele o Gabriel Boric demuestran un cambio generacional, sí, pero es algo que va más allá de buscar caras nuevas en la política: son los millennials y el segmento superior de los centennials quienes ahora componen al grueso del electorado y eso significa comprender mejor su visión del mundo, no solamente en lo político.

Y es aquí cuando conceptos como la modernidad líquida de Bauman adquieren relevancia más allá de las publicaciones académicas. Inmediatez, volubilidad, búsqueda del placer o libertad para no comprometerse con ideales o situaciones a largo plazo son cuestiones que deben ser analizadas con mayor profundidad.

El tiempo de las grandes luchas ideológicas parece haber terminado: trabajo (en la medida en que no lesione la búsqueda de la realización personal) y entretenimiento (a más compartido en redes, mejor), son anhelos que superan ideales como el compromiso de por vida con la empresa, la pareja, o la ideología política. Son tiempos del nómada digital, de vuelos de bajo costo e historias de Instagram que desaparecen y se actualizan cada 24 horas.

Y no, no pretendo aquí establecer juicios de valor o categorías morales. Es la simple constatación de una realidad medida por múltiples estudios en el mundo occidental (otros espacios civilizatorios merecen consideraciones aparte). La inmediatez y el carácter profundamente visual de las nuevas relaciones humanas (se usan más filtros de fotografía que palabras en una publicación) responden a algo más profundo: es otra concepción de la vida. No se puede pretender que los mensajes políticos que encendían a un Boomer o a un miembro de la generación X funcionen con una población más joven para la cual la polarización de la Guerra Fría o las luchas revolucionarias de la vieja izquierda ya no representan nada. Por supuesto que siempre habrá quienes vean en ese pasado una justificación para mantener vivas ciertas luchas o ideales, pero no es el común denominador. Y pensar que una militancia joven es la proyección de toda una generación es un error de peso al momento de plantear estrategias políticas.

Esto me lleva al siguiente punto: las redes sociales son mucho más relevantes de lo que suponíamos hasta hace muy poco. Y lo serán cada día más.

Dudosamente el grueso de la población vio el debate del domingo pasado (en lo personal, creo que se lo está sobredimensionando), pero casi con total seguridad todos vimos los memes que salieron casi al instante. Y no, no son solamente una muestra de ingenio y humor: son un resumen, un documento visual de qué impresión (a veces llevada al paroxismo, pero impresión al fin y al cabo), dejaron los candidatos.

Hablemos ahora del legado familiar: Daniel no es Alvarito, pero mantiene su legado. Poco se ha reparado en la genialidad detrás de un mensaje tan sencillo como breve: “mi padre empezó esta carrera, y yo la voy a terminar”, dice su voz mientras se los ve trotando a ambos, en diferentes momentos, mientras de fondo suena el viejo jingle que acompañó a las innumerables campañas de su padre. O imitar la célebre escena del huracán, en una plácida playa ecuatoriana. La imagen de su madre refuerza ese ideal del legado: estratégicamente situada a su derecha en sus primeras declaraciones luego del anuncio de resultados, nos recuerda que esas brigadas médicas que sembraron con fuerza un sentimiento de gratitud en amplísimas capas de la población más necesitada de este país, también son parte de su historia personal.

Ahora, juntemos las piezas de este rompecabezas: Daniel es el ideal del millenial exitoso (educado afuera, hombre de mundo y empresario, con tiempo para ir al gimnasio y divertirse, casado con una exitosa modelo e influencer con 207.000 seguidores en Instagram); pero a la vez, respetuoso del legado familiar, dispuesto a llegar donde su padre no pudo.

¡Qué idea para poderosa, que llega a lo más profundo de nuestra psique! ¿Quién no quiere honrar al buen padre y culminar su senda? Y esa imagen, cuidadosamente lograda, es expuesta con los códigos correctos en Tik Tok e Instagram (que los neuróticos se maten en Twitter, ahora X, mientras él sube un vídeo a lo Barbie y Ken con su esposa en Tik Tok; vamos, un gol de taco). Si tuviera los tatuajes y la barba de Topic, esto terminaba en una sola vuelta.

Bromas aparte, Daniel no solo es un candidato millenial: habla a los millenials y centennials en sus propios códigos, refleja sus anhelos y proyecta un ideal de éxito con el que fácilmente se pueden sentir identificados.

A eso, ha sabido sumar lo más inteligente del legado paterno: un toque de populismo empresarial que le asegura, vía el apoyo privado donde el Estado ha brillado por su ausencia, una imagen redentora que a lo largo de los años ha consolidado una masa electoral que, si bien parecía dormida, no había desaparecido, como quedó ayer demostrado (basta ver sus números en provincias).

Hace seis meses escribía sobre la renovación de la centro derecha y la derecha en el Ecuador. Daniel Noboa acaba de patear el tablero y pasó de ser el candidato sorpresa del debate, poco atacado por sus rivales que no lo percibían como una amenaza real, a ser la carta ganadora de la derecha millenial ecuatoriana. Si hace bien las cosas, ya puede sacarse la selfie en el Salón Amarillo.

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