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Debates electorales televisados: poco show y pocas nueces

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Los candidatos a la Presidencia de Ecuador, Luisa González, de la Revolución Ciudadana, y Daniel Noboa, de la Alianza Democrática Nacional, debatieron la noche del 1 de octubre de este año, durante dos horas, en el balotaje de la campaña presidencial más atípica que ha vivido el país desde el retorno a la democracia; cumplieron así lo dispuesto por la legislación electoral vigente, que obliga a los aspirantes a dignidades de representación popular, a confrontar públicamente sus propuestas de campaña, lo que idealmente aporta a promover el voto informado de la ciudadanía.

Es evidente que ninguno de los dos debates, cumplió con esa finalidad.

Desde la perspectiva política y electoral, el debate en televisión es uno de los géneros más importantes de la comunicación política en campaña, ya que obtienen una masiva cobertura mediática que concita la atención de la ciudadanía, todo lo cual, promueve el interés en la política.

Sin embargo, como sostiene Alan Schoeder uno de los más destacados investigadores de este género en el mundo “un debate no es, como suele escribirse, un combate dialéctico sino una selección de personal”. En otras palabras, la ciudadanía que sigue los debates políticos en TV y/o radio, valora cuál de los candidatos les ofrece más confianza para dirigir sus intereses y los de su comunidad, y con su voto “contrata” a quien considera más idóneo para manejar los asuntos de interés público.

Los debates televisados, son ante todo, un programa de televisión, un show que pone en escena a dos personajes que siguen un guión propio, en el marco de un pacto previamente acordado entre ellos y los organizadores del evento.

El guión de ese programa se construye con argumentos políticos seleccionados: piezas argumentales, que combinan investigación, análisis de data, capacidad de síntesis, ingenio, espontaneidad, dominio del escenario, vestuario… todo fina y exhaustivamente definido por equipos especializados de consultores políticos y asesores de imagen, que tienen la responsabilidad de definir y afinar el estilo narrativo a ser representado por el candidato o candidata.

En el Ecuador, en los debates de los últimos años, se ha escamoteado la exposición de enfoques y posturas ideológicas claves para definir el voto ciudadano, bajo argumentos que barren bajo la alfombra de formatos surrealistas, que entre otras afirman que “las ideologías no existen”, que “los jóvenes no tienen ideología”, que “la mayoría de gente es apolítica”, entre otros desatinos.

En Ecuador últimamente estos formatos, definen los tiempos en los que los candidatos deben exponer sus propuestas y remitirse a ellas lo que, precisamente, facilita evadir el debate -el cual confunden con el ataque entre adversarios, dándole más protagonismo a las o los moderadores y haciendo gala de la aleve ignorancia política de los organizadores, sobre la importancia de que el ciudadano pueda distinguir las diferencias entre un gobierno que maneje el país bajo la hegemonía de la empresa privada, o lo haga mediante la hegemonía extrema del Estado.

Al debate del 1 de octubre en nuestro país, Daniel Noboa y Luisa Gonzáles llegaron en condiciones distintas: Noboa fue la sorpresa del primer debate en el que exhibió su estilo técnico y plano, en medio de 7 oponentes. Su juventud y manejo de datos desde una perspectiva técnica, esquiva con la costumbre del cacareo demagógico y la agresión procaz de los políticos tradicionales, le facilitó ser percibido por la ciudadanía, como el más sensato del ramillete de aspirantes.

Luisa González, en cambio, tuvo una primera puesta en escena, deslucida, redundante, vacía, cargada de consignas vacuas y el altisonante pasado de abusos y corrupción que caracterizó la administración pública durante el correato, el mismo que la candidata blandió como una consigna grandilocuente, que más sonaba como amenaza: “nosotros ya lo hicimos y lo volveremos a hacer”.

Sin embargo, la tortilla escénica se dio la vuelta en el segundo debate, donde Noboa repitió el libreto y en el cara a cara no conectó con los votantes indecisos o blandos, se dejó arrebatar el discurso ambientalista y el discurso social, por una candidata forjada en la barricada de la propaganda y el manejo de la emotividad, bastante bien conocidos por los fanáticos de Correa.

Noboa ni siquiera aprovechó el minuto final del debate, para emitir un mensaje contundente que cierre su participación; parecía que ni siquiera lo tenía preparado. Luisa González, fue mucho más enfática, clara y terminante de principio a fin: “Queridos ecuatorianos… “yo, como presidenta”… Incluso cerró su intervención visibilizando a las mujeres!; cosa que no hizo en la primera etapa de su campaña ni en el primer debate.

González, tuvo el aplomo de convocar a la unidad y a trabajar por el país, despojándose precisamente de los “odios personales”, y todo ello lo puso en escena, pese a ser representante de la agrupación política que promovió la polarización, el odio y la división entre ecuatorianos, liderada por su jefe, Rafael Correa.

Noboa, consciente de que las encuestas lo favorecen como potencial ganador, apenas si intentó agradecer por el apoyo a su candidatura y por el triunfo que dijo, se avecina.

Podríamos analizar un minuto a minuto de la participación de ambos candidatos en cada uno de los cuatro componentes del formato del debate, pero sería un ejercicio inútil. Con un margen de indecisos del 14% al 29 de septiembre, entre la opacidad y la linealidad técnica de uno, y la desmemoria llena de desparpajo de otra, median varios puntos porcentuales que aún podrían sorprender al electorado, aunque se antoje más fácil anticipar que se acortarán las distancias, pero no será suficiente para cambiar radicalmente el escenario.

Además, de discursos y ofertas electorales incumplidas, está empedrado el camino que ha conducido a millones de ecuatorianos al infierno. Está por verse si quien resulta ganador, cumple con sus ofertas en el año y medio que estaría a cargo de la democracia percudida que rige la vida política de lo que llamamos Ecuador.

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