Ciento veinte minutos de cadena nacional poco productivos y hasta aburridos, que no esclarecieron las dudas de los ecuatorianos que todavía no saben por quién votar en la elección del próximo 13 de abril. ¿Los culpables? El Consejo Nacional Electoral, por aprobar esa letanía de dos horas con odiosas interrupciones entre los 20 minutos de cada uno de los cinco ejes temáticos, distribuidos en: Pregunta General con Respuesta – 2:30, Primera interpelación – 1:00, Respuesta – 1:30, Segunda interpelación – 0:30, Respuesta – 1:00. Pregunta Cerrada: Pregunta – 0:25, Respuesta – 0:05, Argumentación – 1:00, Interpelación – 0:45, Respuesta – 1:00. Pero también, este desastre es responsabilidad de los propios candidatos que, en varios tramos del debate electoral parecieron competir por ver cuál de ellos era el menos malo ante las cámaras y los millones de espectadores.
En eso quedó el debate presidencial de segunda vuelta, en un pugilato televisivo de pésima calidad destinado a: 1) la teatralidad barata representada en un violento lenguaje verbal y no verbal; 2) las acusaciones revanchistas y el uso de frases recicladas; 3) las frases trilladas y poco ingeniosas; y, 4) el egoísmo intelectual de los candidatos Daniel Noboa (ADN, lista 7) y Luisa González (RC, lista 5) quienes no pudieron apuntalar sus propios planes de gobierno por sobre las bajas pasiones populistas y las promesas sin garantía de cumplimiento, como la de eliminar la prueba de ingreso a las universidades o, peor aún, crear dos millones de empleos en los cuatro años de gobierno.
El resultado de esta costosa, pero obligatoria exposición mediática fue más que evidente. Ninguno de los dos candidatos ganó el debate presidencial, pese a la construcción escénica de sus personajes (Luisa, la madre protectora y Daniel, el joven exitoso) y las múltiples publicaciones que hicieron en las redes sociales varios periodistas militantes y políticos enmohecidos, con intereses en ambos candidatos, que intentaron marcar el compás de la discusión digital y la opinión pública en las horas y días posteriores a este evento.
Y claro, esto trajo repercusiones, pues el triste papel de perdedor lo llevaron consigo los ciudadanos, no solo por la arrogancia de los candidatos, la falta de propuestas y la frivolidad que expusieron en la mayoría de sus preguntas y respuestas, sino porque esta es la primera vez en la historia de los debates electorales ecuatorianos, y en 47 años de democracia, que dos candidatos presidenciales utilizaron buena parte de su tiempo para desmentir cualquier vínculo directo o indirecto con el narcotráfico. Síntoma que evidencia la descomposición ética e institucional del Estado, al calor de la convivencia entre política y mafia.
¿Sirvió de algo el debate presidencial? Aunque parezca mentira, este debate presidencial sirvió -al menos- para darnos cuenta que los ecuatorianos nos merecemos candidatos de mejor calidad, menos demagógicos y más preparados. Quizá, ese fue su único aporte a la democracia, el mostrarnos a candidatos que aspiran al poder sin entender todavía lo que implica gobernar una nación, entendida como la multiplicidad de diversos y sus voluntades, más no como la central política de sus partidos.
Con este ambiente, de ineficaz dialogo y confrontación de ideas, inició una campaña electoral de segunda vuelta presidencial caracterizada por: 1) la marcada promoción del miedo antes que de las propuestas; 2) la desinformación, publicada en portales digitales que, disfrazados de medios de comunicación, calumnian a todo de ciudadanos; y, junto a ellos, una gran camada de periodistas militantes que, de uno u otra lado, hacen cachiporras por sus candidatos; y, 3) la espectacularización de la disputa electoral, en donde los candidatos asumen la política como un reality show plagado de denuncias, acuerdos y fotografías en donde la desesperación por llegar a Carondelet habla por sí sola.
* Magíster en Estudios Latinoamericanos, mención Política y Cultura. Licenciado en Comunicación Social. Analista político, experto electoral.

