¿Se puede decir que la alegría aqueja, si la composición del verbo aquejar incluye queja como parte central de su estructura, es decir lamentación, ‘expresión de pena o de dolor’? Vamos al sentido de su opuesto, la alegría: ‘sentimiento grato y vivo que suele manifestarse con signos exteriores’… La alegría no puede aquejarnos, sí invadirnos y regocijarnos.
En el artículo al que me refiero también hablé sobre el Diccionario ideológico de don Julio Casares, antiguo y presente… Téngalo en mente, lector pues seguimos con las onomatopeyas, palabras que imitan el sonido de lo que designan.
Veíamos que el becerro berreaba. El buey mugía y bramaba, —hablo en pasado porque me referí ya al becerro y al buey. No sé si ya dije que el caballo, además de relinchar, bufaba si estaba impaciente; que al mascar el alimento, roznaba, de roznar; al morder el freno, tascaba; (se oye mucho en el ámbito popular tascar por morder aplicado a un ser humano, lo cual resulta inapropiado, pues comemos, mascamos o masticamos, no tascamos, aunque traguemos cuando comemos vorazmente. Por su parte, el caballo piafa si alza alternadamente las manos y las deja caer con fuerza en el mismo sitio. El canario canta y gorgea al hacer quiebros al cantar; trina, si sus quiebros son de duración igual. Y quiebro, aplicado al canto del canario significa que hace gorgoritos al cantar. ¡Cuanto debemos repetir si buscamos definir!
Después del suave canario, el orden alfabético nos lleva al cerdo, que gruñe; su voz es el gruñido o bramido; cerdo y cerda hozan cuando mueven y levantan la tierra con el hocico. La chicharra chirría; el chirrido es su canto y también el de los pájaros, si carece de armonía. Chirriar puede aplicarse, igualmente, al ruido agudo, continuado y desagradable que produce una cosa al rozar con otra: Esta puerta chirría al cerrarse, hay que ver con qué roza…
Las cigüeñas crotoran cuando producen un ruido peculiar, al chocar la parte superior de su pico con la inferior. ¡Encantadoras cigüeñas, las evocadas por Machado en su hermoso poema escrito a José María Palacio, luego de hacer abandonado Soria, la ciudad de su dicha y su desdicha, en la que conoció, amó y perdió a Leonor, su jovencísima y bella esposa de dieciocho años.
Es inevitable que aquí, habiendo nombrado a las cigüeñas, leamos el hermoso y dolido poema machadiano enviado a su amigo Palacio desde Baeza, la ciudad que acogió su viudez. Leonor murió en Soria, el 1 de agosto de 1912, Machado envió su poema a Palacio, su amigo soriano, pocos meses después de la muerte de Leonor, en abril de 1913…
A JOSÉ MARÍA PALACIO
Palacio, buen amigo, /¿está la primavera, /
vistiendo ya las ramas de los chopos, / del río y los caminos? En la estepa, / del alto Duero, Primavera tarda, / ¡pero es tan bella y dulce cuando llega,!… //
¿Tienen los viejos olmos, / algunas hojas nuevas? /
Aún las acacias estarán desnudas, / y nevados los montes de las sierras. // ¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa, / allá en el cielo de Aragón, tan bella! // ¿Hay zarzas florecidas / entre las grises peñas, / y blancas margaritas / entre la fina hierba? // Por esos campanarios / ya habrán ido llegando las cigüeñas. //
Habrá trigales verdes, / y mulas pardas en las sementeras, // y labriegos que siembran los tardíos / con las lluvias de abril. Ya las abejas / libarán del tomillo y el romero. // ¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas? // Furtivos cazadores, los reclamos / de la perdiz bajo las capas luengas, / no faltarán. // Palacio, buen amigo, / ¿tienen ya ruiseñores las riberas? //
Con los primeros lirios / y las primeras rosas de las huertas, / en una tarde azul, sube al Espino, / al alto Espino donde está su tierra…
Recordemos que El Espino es el nombre del viejo cementerio de Soria, el que queda cerca del también antiguo y gastado castillo.
Sigamos con nuestras onomatopeyas luego de este bello, melancólico paréntesis, porque todo tiene su tiempo.
En mi Diccionario del uso correcto del español en el Ecuador, donde incluí las voces animales, luego de la cigüeña viene el conejo, cuya voz es el chillido, porque el conejo chilla, de chillar; y como cordero remite a oveja, esperemos a la O… La cotorra grita: gritar, el grito, y el cuclillo hace cucú; el cucú es el nombre de su canto…
Y no puedo dejar de recordar al cucú comprado en algún viaje remoto, que trajimos de Europa con mucha ilusión. La puertecita alta del reloj se abría, el cuclillo salía para hacer cucú las veces que correspondiera por cada hora del día… Un día Bernardo, nuestro tercer hijo, entonces de unos tres años, esperaba a que saliera el cucú, y al ver que no asomaba le gritó indignado: ¡Sal, pájaro estúpido!, pero el cucú, sin hacerle caso, no le respondió.
Hoy les adelanto que añadiré a estas novedades, no, novelerías, la preciosa noticia de la existencia de los palíndromos, palabras o frases dispuestas de tal manera, que se leen de la misma forma de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. ¿Es esto posible? Sí, lo es. Y hay dos ejemplos que nuestro diccionario general repite sin mucha imaginación, al menos desde su edición del año setenta: el primero, anilina; el segundo, dábale arroz a la zorra el abad.
Luego de haberlas leído como siempre lo hacemos, probemos a leerlas de derecha a izquierda y veremos que, así, leídas las palabras al revés, la frase se mantiene idéntica a ella misma, pues se respetan y conservan las letras del original.
¿Lo probó? Me alegro por usted, pues este es un pasatiempo idiomático simpático y exigente.

