Ha muerto Iván Carvajal. Y con él, una forma de mirar el mundo que ya no volverá a repetirse. No porque otros no intenten ocupar su sitio —eso es vano— sino porque el lenguaje ha perdido a uno de sus vigilantes más lúcidos. El que sabía que la ironía no era un adorno sino un modo de pensamiento. El que escribía con la certeza de que las preguntas decisivas no tienen respuesta, y aun así las formulaba, una y otra vez, como quien siembra en tierra seca.
Era un desterrado en Guayaquil, nos dijo a otros autoexiliados en la urbe porteña. Pero también era un desterrado en el tiempo, como todos, aunque él lo supo antes que nadie. Por eso pudo mirar los esqueletos abrazados de Sumpa y entender que el amor y la muerte son la misma cosa: un abrazo que dura siglos y termina en polvo. Por eso pudo escribir sobre la flor del cerezo con la convicción que su belleza existe precisamente porque desaparece.
El domingo 6 de septiembre de 2026, la literatura ecuatoriana quedó huérfana de una voz que no se entregaba a la solemnidad ni a la gravedad fácil. Porque Iván Carvajal escribió sobre lo más alto —el amor, la muerte, el tiempo— pero siempre con la sospecha de que las certezas son trampas. «Para escribir hay que tener el lápiz y el papel a la mano, y no olvidar un gran tacho de basura», decía. Y en esa frase cabe toda su poética: el oficio como humildad y la creación como edición permanente, desecho y milagro.
Ahora sus preguntas quedan suspendidas en el aire. ¿Qué es la muerte? ¿Qué es el amor? ¿Qué es la eternidad? No obtendremos respuestas, porque él mismo nos enseñó que conocer no es encontrar certezas sino sostener preguntas abiertas. Y qué mejor legado que ese: la valentía de no cerrar lo que duele, la integridad de no resolver lo que no tiene solución.
Ha muerto Iván Carvajal. Pero el poema —ese artefacto frágil y poderoso— sigue aquí, entre nosotros, como un hueso milenario que se niega a soltar su abrazo. Los amantes de Sumpa ya no son solo un hallazgo arqueológico. Son una profecía: todos amamos sabiendo que seremos restos. Todos escribimos sabiendo que el papel se deshace. Todos vivimos sabiendo que el tiempo no perdona.
Sin embargo, Carvajal nos dejó algo más que preguntas. Nos dejó la belleza de sostenerlas. Nos dejó la ironía como resistencia. Nos dejó la certeza de que afirmar la vida implica aceptar el sufrimiento, la pérdida, la adversidad. Y, sobre todo, nos dejó la evidencia de que la poesía, esa forma de conocimiento sin certezas, sigue siendo lo único que puede nombrar el abismo sin caer en él.
Cuando muere un poeta, el mundo no se detiene. Pero algo se rompe para siempre en el tejido universal del lenguaje. Un tono se apaga. Una mirada se cierra. Una posibilidad de nombrar lo innombrable se extingue.
Iván Carvajal se ha ido. Pero sus versos —esos que comenzaron a revolotear en las imprentas en 1970 y llegaron en una antología hasta 2022— se quedan como los esqueletos abrazados de Sumpa: testigos de que el amor y la muerte, el tiempo y la finitud, merecen ser cantados, aunque no tengan respuesta.
Porque al final, como él sabía, no hay mejor manera de enfrentar el silencio que con una pregunta abierta. Y no hay mejor homenaje que seguir haciéndolas.
Descansa en paz poeta. Tu tacho de basura está lleno de versos inacabados y preguntas sin respuesta, que jamás se descompondrán.
(Nota del editor: Iván Carvajal nació en San Gabriel, en 1948. Poeta y ensayista. Estudió filosofía en la Universidad Central del Ecuador y en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, donde se doctoró. En 1983 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit, por su libro Parajes. En 2013 recibió el Premio a las Libertades Juan Montalvo, entregado por la Asociación Ecuatoriana de Editores de Periódicos, AEDEP. A más de sus libros de poesía, es autor de A la zaga del animal imposible. Ensayos sobre poesía ecuatoriana en el siglo XX (2005) y coautor de La cuadratura del círculo (2006). Fue catedrático universitario. Fue miembro del Frente Cultural y participó en la revista La bufanda del sol. Fundó y dirigió País secreto, revista de ensayo y poesía, y la editorial Orogenia. En 2015, la editorial Caracola editores publicó Iván Carvajal. Poesía reunida 1970 – 2004, de donde hemos tomado esta corta biografía. Aquella selección recopiló poemas de sus libros Del avatar, Poemas de un mal tiempo para la lírica, Parajes, Los amantes de Sumpa, En los labios / La celada, Ópera, Inventando a Lenon, La ofrenda del cerezo y La casa del furor. Paz en su tumba).

