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Cuando Jorge Luis Borges fue inspector de aves de corral

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El (relativamente) joven Jorge Luis Borges consultaba con su madre sobre la conveniencia de salir a tomar el té en compañía de la  misteriosa y bella Estela Canto; cenaba los sábados en casa de su amigo Bioy Casares (donde discutían empecinadamente el significado oculto de algún velado texto de Milton, o sobre alguna etimología oscura en un verso de Dante); y trabajaba archivando libros en una olvidada biblioteca municipal.

El universo del extraordinario autor de El Aleph era lógico y sistemático, como el cambio de las estaciones y los ciclos de la luna. Nada importante podía ocurrir en su cosmos fuera de la insondable permutación de letras en los estantes de las libreras.

Borges  fue sin duda uno de los autores más importantes del siglo xx  pero sus compañeros de labor no se habían percatado de ello. En una ocasión, los otros bibliotecarios encontraron  su nombre en un diccionario biográfico: ¨Mira Borgie¨ le dijeron en mofa, ¨este tipo se llama como tú y nació en tu cumpleaños¨. Por aquellos  días, el peronismo  acaparó el poder sobre todas las instituciones políticas argentinas. El tímido escritor siempre había sido crítico a los movimientos colectivistas, y  cuestionaba abiertamente la figura paternalista de Juan Domingo Perón, un líder que declaró su abierta simpatía a los fascismos europeos.

La mezquina venganza de la burocracia populista sobre Borges consistió en cambiar su nombramiento de bibliotecario por una deslumbrante posición en el mercado municipal como ¨Inspector de aves de corral¨.

Jorge Luis, probablemente, no se sintió a la altura de tan encumbrada responsabilidad en el organigrama peronista y puso su renuncia.  Durante aquella difícil etapa la hermosa Estela Canto sugirió que lo mejor sería dejar de verlo por un tiempo. Desde luego ella le explicó que este distanciamiento no tenía nada que ver con él, ¨no eres tú, soy yo¨ le dijo tiernamente mientras se alejaba por las desconsoladas calles de Buenos Aires.

Desprestigiado, desempleado, y solo Jorge Luis Borges se dio cuenta que los laberintos de la cotidianidad eran bastante más grotescos que aquellos descritos en  los libros. El peronismo tenía su arte oficial, sus propia intelectualidad justicialista, y un bizarro sistema de publicaciones diseñadas para lisonjear al líder a través de una  alegre jauría de mediocres aduladores bajo contrato. 

Fue un momento de decisiones para un hombre acostumbrado a soñar ficciones sobre monedas de hierro que caen desde barcos misteriosos, y a diseñar lenguajes inverosímiles pintados sobre el pelaje de felinos fantásticos. Borges dio un paso al vacío; decidió hablar en público sobre su vertiginoso universo interior. Daría conferencias.

El autor no tardó en convertirse en una celebridad. Sus trabajos literarios fueron considerados obras maestras por personajes de la talla de Sartré, Umberto Eco, Ortega y Gasset, Foucault, Octavio Paz, y otros. La triste zancadilla del peronismo tuvo un efecto contrario al esperado sobre aquel  gran arquitecto de tigres algebraicos, y al mismo tiempo develó una importante realidad, sobre el populismo, que puede aplicarse a ejemplos contemporáneos: los regímenes caudillistas no son simplemente procesos políticos colectivistas enfocados en maximizar la figura de un líder mesiánico autoritario,  sino que también son  desafortunados desbordes de mal gusto y estupidez instituida.

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