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Cosas que apestan

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Las denuncias del profesor Albericio sobre el desperdicio de recursos en Yachay no son sino una mancha más al tigre. El gigantesco despilfarro que implica ese proyecto (ciudad y universidad) comienza por la expropiación de 4000 hectáreas que estaban en plena producción para hoy tener abandonada esa tierra, de la cual solo una mínima parte, el núcleo de la hacienda de San José de Urcuquí, está reciclada como local de la universidad. Y los planes de crear allí una ciudad del conocimiento van contra toda lógica: hacer una ciudad en uno de los pocos valles de la Sierra ecuatoriana que no están urbanizados, echándolo a perder para su vocación natural, la agricultura de valle templado. La única esperanza es que seguramente estos planes no se van a cumplir, porque, entre otras cosas, se acabaron la abundancia de recursos y la omnipotencia de un régimen, que debe empezar a contar los días que le quedan en el poder.

Que Albericio no se haya dado cuenta de eso y que solo ahora, dos años después de ser rector denuncie el desperdicio del dinero ––en especial, la contratación de una firma caza talentos por US$ 1’700.000 y el insólito modelo de gestión por el que sus tres compañeros de la comisión rectora (Ares Rosakis, Guruswami Ravichandran y José Andrade) viven en California y ganan US$ 40.000 o US$ 35.000 mensuales sumando  los sueldos de la universidad Caltec en la que trabajan y los US$ 16.300 del Yachay (una sinvergüencería como pocas), y además reciban viáticos por US$ 300 diarios cuando están en el país––, muestra la ninguna conciencia que existe respecto a los recursos botados en este proyecto, uno de los mayores elefantes blancos de la historia ecuatoriana.

Tan nula es la conciencia que el señor Andrade, en la rueda de prensa que dio, dijo que había que “ponerse serios” cuando le preguntaron sobre los viáticos, los que consideró poca cosa. Claro que con un sueldo de US$ 40.000 o US$ 30.000 mensuales, “solo” 300 son una puchuela. Pero 300 dólares, doctor Andrade, es lo que ganan al mes miles de ecuatorianos, y el salario básico unificado es de US$ 354 solo “un poco más” que ese monto que usted desprecia (pero que no deja de cobrar junto con su sueldo de US$ 16.300 mensuales).

Con solo esa actitud, por más que la jefa de comunicación le haya sacado de la sala para que no siga metiendo la pata, Andrade demostró que Albericio está en lo correcto (más vale tarde que nunca): la visión de estos bien enaceitados profesores de Caltec, cuyo denodado esfuerzo consiste en sesionar cada dos meses por Skype para ver qué pasa en Urcuquí, es de gasto y más gasto (por ejemplo, dijo Albericio, querían pagar un millón de dólares para que cinco estudiantes vayan a la universidad Carnegie Mellon en vez de formar a más gente en universidades regionales; por ejemplo, en el presupuesto del próximo año está prevista una consultoría para rediseñar el campus, que acaba de inaugurarse y que ya está rediseñado; y en el de este año estaba otra consultoría, por US$ 450.000, para identificar cuáles son los doctorados que necesita el Ecuador. “Eso ya lo sé”, dijo Albericio a Marlon Puertas de Focus, “no necesito que venga un extranjero” sin experiencia en el Ecuador a indicármelo).

Y las denuncias, fíjese bien,  son del ex rector, alguien que conoce bien, desde adentro, lo que pasa, a quien finalmente le dolió que se bote la plata como se la bota. Cuenta que lo dijo a las autoridades de educación superior en febrero y en abril. Pero no le hicieron caso, y los tres de California le ganaron la pelea. Porque esos tres tienen una misma visión (la extranjera) y un interés vital en continuar con sus canonjías (al fin y al cabo, son 16.300 al mes y viáticos diarios de 300 cada vez que vienen) por lo que votan en bloque. Y Correa, incomprensiblemente, se inclinó a ellos y decretó la salida de Albericio. Así como así.

No le quito al Gobierno, y digamos, al país, el derecho de soñar. Pero mucho más importante que soñar es trazar planes bien pensados, que comiencen por lo pequeño para que luego puedan crecer y desarrollarse, y contar con gente comprometida y seria . Si lo que se quería es hacer un parque tecnológico o, más ambiciosamente aún, una ciudad tecnológica, había terrenos en propiedad del Estado sin tener que expropiar nada: una parte de las 1.500 hectáreas del aeropuerto de Quito, por ejemplo donde ya había una zona franca en desarrollo, y donde, de cajón, habría costado mucho menos llevar los servicios de agua, luz, teléfonos y fibra óptica, y no habría habido que pagar viáticos por estar fuera de casa a los docentes, personal administrativo y técnico.

Si lo que se quería era potenciar la investigación en ciencias, está claro que el proyecto podía haberse encargado a una red de universidades o, si se quería formar una nueva universidad, tomar lo mejor de las existentes, como, en efecto, se pensó al inicio.

Pero triunfó la ambición desmedida: se aceptó que los coreanos escogieran esa tierra de Urcuquí y empezaran el proyecto para luego irse. Y vino esta locura del consejo gubernativo (caso único en la historia de las universidades del planeta) con tres miembros viviendo afuera, trabajando a la vez para otra universidad y ganando sueldos locales mayores que los del presidente de la República. Y, encima de todo, el desprecio por nuestras universidades, nuestros científicos, nuestras potencialidades. A lo que se añade esa vocación por los megaproyectos faraónicos, prez y gloria de este gobierno. Como dos más dos son cuatro, allí está la fórmula para el desastre que ahora tenemos.

Por supuesto que no es solo el Yachay. El desperdicio de esos proyectos faraónicos se muestra, en otras obras inmensas e inútiles: la explanada vacía en tierras manabitas del proyecto no concretado de la Refinería del Pacífico en donde ya se llevan gastados US$ 1.200 millones para hacer una carretera a ninguna parte y desbrozar el terreno. O la torre de perforación petrolera sin estudios en la isla Puná. O el gigantesco edificio semivacío de la Secretaría General de Unasur. Y cuántas cosas más  que una inútil Contraloría y una adocenada Asamblea Nacional ni ven ni huelen, y eso que apestan.

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