La que otrora era una institución de la democracia, la prensa independiente, ha sido en gran parte sometida al poder abusivo. Quedan el diario La Hora y algunos periódicos regionales, algunos noticieros en televisión y algunos periodistas que sobreviven al ataque; pero aquella prensa escrita, aquellos programas de opinión en radios (como alguna que se sigue apodando “democracia”) han sido rendidos para ser altavoces de un correato de peor ralea. Hay que decirlo, aunque duela a los lacayos con micrófono o seguidores, que se quejan cuando, objetivamente, denunciamos al noboísmo como más perjudicial que el correísmo. ¿Paradójico, no? Pero, en esos aciagos momentos de la revolución corrupta, con temor y todo, quedaba espacio para la refriega en portales virtuales y en las calles. En los tiempos que decurren, hasta eso se ha esfumado.
Cierto que los medios de comunicación, aparte de ser titulares de derechos fundamentales, también son un negocio. La dura lección es que esas libertades han tenido límites en los bolsillos de los dueños. Primero se rindió El Universo, en una negociación sellada en la oficina del nuevo dueño del país. Luego surgió un zombie de Diario Hoy, con la venta de la marca a desconocidos que no exhiben quienes son los responsables de la sociedad y de la línea editorial; y de pronto nos enteramos de que (tanto nadar para morir en la orilla) Expreso —que cerró su edición impresa y cuya promesa de mantener su edición digital duró tres días— habría sido vendido a los mismos testaferros campis. Estos medios, que fueron respetados y que formaban opinión pública e incidían en la toma de decisiones, se han convertido en parte del cartel de páginas y formatos en los que se publica la propaganda maquillada de noticia. Han sido degradadas al nivel de las datas, datos y otros portaluchos ejemplo indigno de amarillismo.
Perder prensa independiente y que periodistas y dueños estén en las nóminas de los gastos inconfesables, es una derrota a libertades que son consustanciales a la democracia. Así como una democracia tiene su identidad en la separación de poderes, que no hay; en la rendición de cuentas, que no hay; en el sistema de partidos políticos, que no hay; en procesos electorales transparentes, que no son; el contrapeso de periodistas que escrutan al poder es igual a democracia. Lograr desnaturalizar la democracia, al punto que vivimos en un sistema que apenas la facha de tal no se logra sino con golpes de Estado.
En 1931, un novelista italiano-alemán que testificaba el surgimiento de los totalitarismos que generaron muerte y destrucción, y que tomó el seudónimo de Curzio Malaparte, escribió un ensayo político denominado: Técnicas del golpe de Estado, en el que mostraba cómo los catilinarios de izquierda y derecha, fascistas y comunistas se apoderan de un Estado moderno y de otros que siguieron formas más tradicionales, como lo hicieron Bonaparte en el 18 Brumario y Primo de Rivera. El golpe de Estado consiste en hacerse del control, “mediante el manejo de servicios públicos (populismo) y manipulación informativa”, en “bloquear el funcionamiento del Estado, difundir noticias y versiones que buscan mantener a la mayoría de la población en perpleja neutralidad hasta hacerla aceptar la nueva situación”, reseña el prólogo a la última edición. Metodología usada para legitimar la toma del control estatal sin alternancia democrática en plena inoperancia y/o secuestro y/o sumisión de las instituciones que garantizan el equilibrio y el control del poder y de quienes lo ejercen. Los ancestros de los catilinarios de izquierda y derecha, Lenin y Mussolini, coincidían en que “allí donde hay libertad no hay Estado” y por ello “no hay nada fuera del Estado”.
El golpe de Estado es el que protagoniza el que detenta el poder para tener mayor poder, para eliminar o neutralizar oponentes: captar la prensa (pagando u hostigando); apoderarse del control del resto de funciones del Estado; eliminar la obligación de rendir cuentas. Todo eso le da más poder, que lo ejerce ilegítimamente y con aplauso de quienes subyugaron sus voces a la nómina de pagos. Lo hizo Correa, al punto que tenía la hegemonía electoral, comunicacional, administrativa. Es la forma en la que se instauraron regímenes autoritarios: a través de la legalidad tomar el control. Para ese fin es fundamental la propaganda, en control del relato en opinión pública, la manipulación de las cifras y de los hechos. Noboa lo hace cada vez que asiste a sus radios, con sus dependientes a protagonizar teatrinos, a responder nada y a inventar todo. Nunca veremos a Noboa atender una entrevista con Fernando del Rincón, quien, ejerciendo su tarea, trapeó el pavimento con la modosidad y lenguaje enlatado de Neira. Y aquí un límite a esa acumulación de poder y desvergonzado cinismo: las redes sociales. Cierto que también son balcón de parásitos subidos desde las alcantarillas; pero también son el espacio en el que con libertad se puede levantar la voz. Hace falta gente valiente que lo haga y que se enfrente a estos arribados. Y también portales decentes que requieren apoyo para sostenerse y sostener la integridad del periodismo.

