Hay factores que están aniquilando a la política, y que amenazan con convertir al planeta en un video juego.
Empecemos por la caricaturización, un recurso que ha sido convertido por Donald Trump en catecismo global. Hasta ahora le da réditos, aun a costa del descalabro institucional generalizado. Acaba de anunciar, en tono de broma, su intención de lanzarse por un tercer período en 2028, una opción que está radicalmente prohibida en la constitución de los Estados Unidos. Pero, conociendo su estilo y su talante, toca darle algún crédito. Si en 2020 promovió un intento de golpe de Estado para desconocer su derrota electoral, siempre hay la posibilidad de que se juegue por alguna otra irregularidad.
Otro elemento que está colapsando el equilibrio ecológico mundial es el fundamentalismo tecnológico-industrial, una concepción de la economía y de la vida que se basa en el desarrollo descontrolado de un modelo productivo que supuestamente garantiza la felicidad humana, pero que niega las graves consecuencias que provoca. El sur de Europa arde a causa de incendios jamás registrados en su historia; lo polos se derriten aceleradamente, provocando fenómenos inmanejables como sequías e inundaciones extremas; el planeta se calienta a un ritmo vertiginoso. No obstante, el negacionismo climático se impone desde la lógica de los gigantescos negocios que controlan la economía global.
La intolerancia también se está convirtiendo en una conducta cotidiana y normalizada. En Berlín, un alemán musulmán arremetió con su auto el desfile por el orgullo GLBTI. Mató a una persona, dejó herida a otras quince y al final se enfrentó a tiros con la policía. Es obvio que detrás del hecho existe una confrontación cultural que conmociona a toda la sociedad, sobre todo en Europa, un continente que hizo de la apertura migratoria una de sus políticas más avanzadas. Lamentablemente, el discurso de odio, de lado y lado, está colonizando el espacio público.
La irracionalidad, por su parte, supera a las distintas formas de autoritarismo político que conocíamos. Daniel Ortega acaba de prohibir las elecciones en Nicaragua, una medida que ni siquiera la familia Somoza se atrevió a tomar jamás. Y lo hace a nombre del sandinismo, una propuesta que impulsó una revolución democrática y que hoy ha sido pervertida por una dinastía corrupta y criminal. Lo más indecente del caso es el apoyo o la aquiescencia que recibe ese régimen desde los sectores autodenominados progresistas, que no dudan en justificar esa aberración a nombre del antimperialismo yanqui. Vomitivo.
El cuadro descrito lo completa un factor cuya novedad radica en su desenfreno. La complicidad entre corrupción y política alcanza niveles descomunales, sobre todo por la desfachatez con la que el poder posiciona una narrativa que confunde y relativiza los escándalos. Si la tecnología informática contribuye a destapar chanchullos y corruptelas oportunamente, también sirve para edulcorar responsabilidades gracias a la I.A. La imposibilidad de establecer verdades judiciales anula esas responsabilidades, tanto penales como políticas. Nunca había sido tan natural que los políticos tengan patente de corso para alzarse con los fondos públicos.
Julio 27, 2026

