El ruin asesinato del presidenciable Fernando Villavicencio, además de manchar el proceso electoral que se desarrolla, lacera gravemente el poco prestigio que queda de la democracia ecuatoriana.
El asalto en las afueras del colegio Anderson al finalizar un mitin político resultó, sin duda, en una tragedia, pero aun así pudo haber sido peor. De por medio estuvieron cientos de simpatizantes que acompañaban al candidato, quienes corrían alto peligro si los explosivos que también disponían los agresores se activaban o si las decenas de proyectiles percutados impactaban en alguien más.
Es indudable que se trató de un complot minuciosamente preparado por cómo se realizó el lamentable suceso. Pero más allá de eso, el mensaje político que esto deja es claro, quienes se enfrenten a la corrupción o quienes apoyen dicha lucha es un enemigo y, como tal, debe ser neutralizado.
Esto despedaza al primer imperativo de cualquier democracia, la libertad. Una sociedad no merece estar tomada por un porcentaje menor de ella por causa del miedo. Ese miedo efecto de los discursos de odio que a la final promueven acciones brutales.
Es indudable que se trató de un complot minuciosamente preparado por cómo se realizó el lamentable suceso. Pero más allá de eso, el mensaje político que esto deja es claro, quienes se enfrenten a la corrupción o quienes apoyen dicha lucha es un enemigo y, como tal, debe ser neutralizado.
Este evento se ubica en un momento previo a un ambiente propicio para la política del terror en la que el pueblo es silenciado a toda costa y en distintas formas. Si ese porcentaje residual de la sociedad ecuatoriana que aún conforma el voto duro de quienes emplean el discurso violento no se libera de sus apasionamientos y deja de asistirlos con su voto, la situación ecuatoriana estará aún más comprometida y difícilmente habrá un retorno.
A pesar de lo negativo que resulta una sociedad polarizada, seguro los extremistas que se sienten cómodos en el caos continuarán promoviendo la generación de esas condiciones violentas como pirómanos de las llamas populistas, encendiendo cualquier escenario, político o no, con discursos que motivan el enfrentamiento social para beneficiarse del desorden.
Los realmente demócratas, esos que no entienden a la democracia únicamente como medio para llegar al poder a través del engaño y manejo de las masas, comprenden bien el efecto devastador que el magnicidio de Villavicencio representa para causa nacional de la libertad. Ahora, ante esta urgencia imperativa, son todos ellos los llamados, los millones de ecuatorianos con derecho a elegir, a terminar políticamente con quienes promueven el odio, a quienes han abanderado esa política hostil que agrede y ofende a la humanidad.
Hasta el caudillo más carismático necesita de agitadores, cómplices, seguidores y electores para prevalecer. Por sí, ni él ni sus aliados, podrán continuar afectando a la libertad, ni alentando, encubriendo, tolerando, excusando o justificando acciones para subvertir la democracia, sobrepasando deliberadamente los límites de la política legítima. La decisión está en la sociedad. Bien se conoce quienes han implementado el discurso de odio como herramienta política, hagamos que este nefasto capítulo de la historia ecuatoriana termine allí. Que no se repita otro asalto a la democracia.

